Despedida de Pablo

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Despedida de Pablo

[¿Qué me pasó? No lo sé. Pero el final de “Martina en tierra firme” me persiguió como si estuviera preparándome para decir adiós a personas reales, a gente que formaba parte activa de mi vida. Supongo que, bueno, de alguna forma fue así. Escribir es un proceso en parte solitario y en parte muy social porque si es verdad que abandonas por unas horas el mundo que te rodea para zambullirte en otro de tu invención, todos los espacios están llenos de gente. Y ellos, Martina, Pablo, Amaia y Javi sobre todo, fueron mi gente durante dieciocho meses.

Mis amigos me conocen y saben que soy más bien blandita, muy sentida. Por eso no les extrañó verme triste cuando les confesaba que terminar el libro estaba siendo duro. Pero el tiempo pasó e incluso yo me sorprendí cuando, un mes después, seguía teniendo la sensación de haber perdido algo importante.

¿Estoy chalada? Probablemente. En el proceso de escribir Martina puse tanto de mí que creo que no volví entera. O quizá siempre me faltó una hervidita. 0 quizá es que este trabajo es así… un viaje donde vas dando parte de tu vida a otros para que puedan respirar mientras las páginas del libro se mantienen abiertas. Me sentí, no obstante, comprendida. La persona que había ejercido de lectora cero del proyecto, mi marido, mis amigos más cercanos e incluso mi familia me entendían y no dejaban de decirme que me diera tiempo, que no lo forzara.

El caso es que, bueno, llegó el momento de plantear nuevos proyectos, de programar gira de firmas, eventos… y aunque todos se habían ido despidiendo de forma gradual, Pablo, Pablo Ruiz Problemas, seguía ahí, como una especie de acompañante fantasmal o parte “esquizo” activa, no sabría decirte. Me acordaba de él todos los días; era imposible revisar los textos de Mi isla sin terminar con la cabeza metida en “El Mar”, no dejaba que los siguientes personajes tocaran tierra. Como me dijo mi amiga Bea, era como si tuviera que salir de mi zona de confort para ir, pongamos, a una fiesta en la que no conocía a nadie pero de la que tenía que salir dejando amigos. Esa fiesta eran los nuevos proyectos y los desconocidos, los personajes que empezaba a desarrollar. Así que yo entraba en el salón y sonreía, pero iba constantemente acompañada de Pablo que, mirando alrededor,  terminaba diciéndome que… que él era mejor, que ya lo conocía, que teníamos nuestras bromas, nuestro idioma y que me quedara con él. Así que entré y salí de esa fiesta a diario durante más de un mes sin “cruzar” una palabra con nadie. Hasta que decidí que tenía que acabar… que nunca me gustaron las despedidas pero que lo que estaba haciendo con Pablo era malo para los dos.

Lo que voy a compartir con vosotras ahora son dos textos de dos puntos diferentes de lo que os acabo de contar. Uno no lo he escrito yo, sino esa lectora cero que durante meses vivió muy cerca a Pablo y Martina. Sabiendo la sensación de pérdida que sentí cuando puse el punto y final a la historia, decidió regalarme esto. Un mail que, sin más, llegó un día a mi cuenta de correo procedente de un tal “Pablo Ruiz Rico”. Pensé que me había vuelto loca del todo. En ese mail, Pablo me daba las gracias por el tiempo que habíamos pasado juntos y yo lloré como una tonta porque tenía la sensación de que de un momento a otro podía sonarme el teléfono y que fuera él. En el mail mi amiga, que me quiere mucho, probablemente me echó demasiadas flores y en el fondo me da un poco de vergüenza compartir esto pero, es de ley. Vosotras me acompañasteis a mí y a cada uno de los personajes y vuestra es también esta despedida.

La segunda parte es mi respuesta. Tardé meses en escribirla porque, como os comentaba, no me sentía preparada. ¿Qué chorrada, verdad? Pero una noche me senté y pensé que se tenía que acabar, que tenía que dejar de sentirme de esa manera. Fue mi forma de cortar los hilos que me unían a Pablo y con él, a su historia.

A día de hoy me sigo acordando a menudo de él. DE ÉL. Pero ya lo añoro menos. Creo que es como si me hubiera acompañado a esa fiesta llena de desconocidos pero, por fin, se hubiera quedado en un rincón, vigilando que todo fuera bien, para salir disimuladamente cuando no pudiera verlo. Me ha dejado entre amigos y ahora yo comparto esto en familia.

Gracias, coquetas. Aquí… mi despedida a Pablo Ruiz y su mar.

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