Vacaciones zen (o algo así)

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Vacaciones zen (o algo así)

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Una vez leí que la vida es un empedrado de días por el que caminamos. A veces nos tropezamos y otras veces paseamos tranquilamente. Estoy de acuerdo. Pero siempre me ha dado la sensación de que se nos olvida pararnos a pensar en todas esas veces que corremos por encima de esos adoquines llamados días sin darnos tiempo a ver lo que pasa a nuestro alrededor. El paisaje, la brisa o la gente que camina a nuestro lado y a la que, en muchas ocasiones, acabamos obligando a correr también sin aliento para que pueda seguirnos el paso. Y yo digo… ¿por qué tanta prisa?

Los años tienen 365 días. Los meses 30 o 31. Las semanas 7. Eso es inmutable. ¿Tenemos mucha prisa por que pasen a nuestro alrededor? Pensadlo, a veces la vida transcurre a nuestro lado como si fuese una película a doble velocidad; el viaje alucinado de un adicto a las anfetaminas que se ha pasado de vueltas. Y no entendemos nada. Y no nos gusta. Y lo más importante… no nos hace felices.

Las rutinas tienen mucho que ver con ello. Sin darnos cuenta, vamos instaurando esos actos rutinarios que ordenan el día a día, pero pocas veces nos paramos a pensar en si nos hacen realmente felices. Por ser un acto instaurado en el tiempo, repitiéndose como el día de la marmota en aquella película de Billy Murray, no tiene por qué estar bien. Algunas rutinas nos amargan la existencia y otras, sencillamente, ni dan ni restan, pero molestan.

Y ¿a qué viene este rollazo? Pues mira, no sé. Me ha dado el momento zen de la semana. Viéndome venir, creo que dentro de un rato llevaré una toga naranja e iré con dos platillos pequeñitos cantando “hare hare, hare Krishna”. Bueno, también es porque creo a pies juntillas que con un poco de esfuerzo (porque siempre implica un trabajo acostumbrarnos a las cosas nuevas) podemos ir sembrando cositas que terminen por hacernos personas mucho más felices y por lo tanto más cuerdas. Ya sé que yo no demuestro mucha cordura en el día a día, pero es que me caí en la marmita de la estupidez supina de pequeña y… qué a gustito estoy yo aquí dentro, nadando en mis chorradas diarias.

El caso es que, aquí tenemos al verano. Sí, ese temido ami-enemigo que me obliga a dejarme ver con menos ropa de la que me gustaría. Y con él los bikinis, los helados (nunca he entendido que vayan juntos, ¡¡si son totalmente contrarios los unos a los otros!!), los hombros a lo cangrejo, el tinto de verano y… las vacaciones. ¡Qué bien!, dirán algunos. Pues resulta que durante las vacaciones hay muchas más separaciones y discusiones de pareja que el resto del año. Lo he leído no sé dónde; seguro que es el resultado del estudio de alguna universidad americana de nombre impronunciable. Pero tampoco estoy segura.

¿Y por qué? Pues es fácil. Durante el año, ese camino empedrado que caminamos junto a nuestras parejas, nos obliga a ir concentrándonos en otras cosas. Llegar a casa es algo así como una parada en boxes y estamos tan cansados que no nos apetece ni discutir. Eso y que como nos vemos menos, nos queremos más. A mí eso me pasa con mucha gente. Mi cariño hacia ellos crece exponencialmente cuanto más se alejan. En fin, a lo que iba.

Llegan las vacaciones y planeamos con el churri un viajecito, una escapada o quedarnos en casa chingando con el aire acondicionado a tope y la nevera llena de birra. Da igual, para el caso es lo mismo, porque de pronto, nos encontramos 24 horas al día con la otra persona. A veces es duro, más que nada porque estamos acostumbrados a compartir la jornada con mucha gente diferente y unas pocas horas con nuestra pareja. Y nos convertimos en gente sumamente irascibles, no lo neguéis. No digo que sea siempre, que conste, hablo de cosas más o menos (menos) puntuales.

Pues se me ha ocurrido que quizá haya algún truco para discutir menos esos días de asueto. ¿Cuáles?, se preguntarán algunos. Ahora os los digo. ¿Quién te crees tú para ir dando consejos?, se indignarán otros. Pues mira, no soy nadie, pero como me río mucho haciendo estas listas, aquí estoy.

1. Más música. Menos tele

Sin ir más lejos, me pasó el otro día. Mr. Coqueto volvió de trabajar y yo estaba en el salón haciendo unas cosas, con la tele apagada y música puesta. Sonaba Etta James, por cierto, que siempre me recuerda a Víctor y Valeria; la mayoría de vosotras a estas alturas ya sabrá por qué. Dejamos sonar la lista de Spotify hasta el final y volvimos a ponerla desde el principio mientras cenábamos. No hubo nada especial. Yo cené sandía fresquita y él verduritas, humus y algo de pan. Sin velas, sin vino. Pero nos reímos tantísimo juntos que a la hora de dormir, estábamos más enamorados que antes.

Dios, matadme, pronto vomitaré gatitos disfrazados de unicornio.

Pobre gato, por el amor de Dios. No debería reírme pero... Tenía que compartirlo con vosotr@s.
Pobre gato, por el amor de Dios. No debería reírme pero… Tenía que compartirlo con vosotr@s.

2. Perderse no es tan malo. Déjale con el mapa y sed felices

Si vais a ir de viaje a algún sitio que no conocéis y a él/ella le entra el ataquito de “quita, que yo sé” con el mapa… keep calm. No pasa nada. No tenéis horarios. Y si os termináis perdiendo (porque, seamos realistas, siempre terminamos perdiéndonos lleve quien lleve el puñetero mapa de los cojones al que odio con todo lo visceral que hay en mí) seguro que acabamos descubriendo algún rincón precioso que no esperábamos y donde podemos sentarnos a reponer fuerzas después de las quince círculos concéntricos que hemos caminado tratando de ir “un poquito más al norte”. Hacedme caso. Sé de lo que hablo. Así que… calma y buen humor. Es mejor reírse toda la vida de que se equivocó de calle al girar a la derecha, que pasarse dos horas caminando enfurruñados en una ciudad que no conoces.

“Venga, Elísabet, mi amor, que te llevo en moto, que sé el camino.” Y oye, casi mejor que se pierda.
“Venga, Elísabet, mi amor, que te llevo en moto, que sé el camino.” Y oye, casi mejor que se pierda.

3. Hacer más el amor (y follar más, ya que estamos)

No creo que haga falta más explicación, pero bueno, allá voy, que soy muy de decir obviedades. El caso es que… no hay que madrugar para ir a trabajar (madrugar para ir a un sitio chulo o para desayunar en la terraza cuando aún no haga calor, no, no es lo mismo que Mordor), se tiene tiempo y aunque haga calor y a ratos de pereza… es una de esas cosas que:

a)      Nos ponen de buen humor, seguramente porque te hace segregar endorfinas y todas esas cosas que suenan súper bien pero que nunca sé qué narices significan.
b)      Es una manera de puta madre de hacer algo de deporte entre helado y helado.
c)       Da gustito.
d)      Une lazos con tu pareja.
e)      Pene.

Eso último supongo que ya lo esperabais. No puedo luchar contra el pene. Es superior a mis fuerzas.

4. No es una carrera

Yo quiero con toda mi alma a Mr. Coqueto, pero casi todas las broncas que tenemos durante los viajes que hacemos son porque se hace dueño y señor del mapa va como si estuviéramos en Pekin Express y tuviéramos que superar una etapa o nos deportan atados como cochinillos. No sé. Va corriendo, agobiado porque “aún nos quedan por ver un montón de cosas”. Y no es que esté mal, que tengo que agradecerle haberme arrastrado (literalmente) por Tailandia (mientras yo lloriqueaba sin parar) para ver cosas a pesar del calor y la humedad. El viaje a Tailandia creo que merece un post entero para él; solo diré que lloré mucho. Y que estuve a punto de quemar unos leggins. Y que los elefantes tienen moquillo en las trompas.

Al grano, que me enrollo.

Yo creo que se puede (y se debe) llegar a un punto intermedio entre ver un montón de cosas y vivir las ciudades que se visitan. Porque da igual si dejas por ver un templo, una catedral o una puñetera calle, si al final te lo perdiste porque las horas volaron en aquella terraza tan cuca, en la que corría una brisa de muerte y donde os reísteis tanto. Voy a ponerme moñas, seguro que me perdonáis… pero los recuerdos al final se construyen con esos ingredientes: con olores, sabores, sonidos y unas buenas carcajadas, de las que te dejan agotado y feliz.

Veis... aquí me hubiera perdido (Milo, quedamos aquí, yo voy a buscarte en un rato)
Veis… aquí me hubiera perdido (Milo, quedamos aquí, yo voy a buscarte en un rato)

5. Leer

No es por decir, tiene su sentido. Leer, además de ser una actividad sanísima (yo me convenzo de que es un ejercicio mental y que, por lo tanto, cuenta como gimnasia) nos deja un momento de intimidad. Es relax, viajas sin moverte, te zambulles en la historia, vives las sensaciones de sus personajes y… estás contigo mismo. Creo que me repito, pero es sumamente importante dedicarse un momento a uno, sobre todo en vacaciones, respirando a fondo, sonriendo, encontrándonos con esas cositas que en el día a día no podemos hacer pero que nos hacen sumamente felices. Y da igual que sea el tercer tomo de En busca del tiempo perdido de Proust, un periódico, una revista o una novela gráfica. Lo que más rabia nos dé. Lo importante es ese acto casi onanista de sumergirse en algo con la única compañía de las palabras que resuenan en tu cabeza al leer.

Y viendo acercarse mis vacaciones, ya os diré. Voy a poner en práctica estos puntos… al menos tantos como pueda. ¡Igual a la vuelta se me ocurren más!

Enjoy, coquet@s!

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