Un mal día lo tiene cualquiera…

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Un mal día lo tiene cualquiera…

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Un mal día lo tiene cualquiera, es verdad, pero hay maneras y maneras de tomárselo. Suele pasar que somos más o menos amables a pesar de nuestro enfado según el grado de confianza de la persona con la interactuemos. Pobre mamá… las veces que le he gritado que es una pesada sin serl… espera no. Sí es pesada. (Pero la quiero, qué vamos a hacerle)

El estrés, la primavera, que la edad cerebral de cierta gente se haya quedado en el patio de colegio, que me estoy quedando calva, que voy al probador de H&M y lo que me devuelve el espejo es un orco de Mordor preparado para talar árboles… llámalo x. El caso es que últimamente tengo facilidad para poner el pie izquierdo primero cuando salgo de la cama. Es lo que mi amiga Alba llama: “estar de nones”. Pues sí, llevo una semana de nones que te cagas.

Pero eso no es importante (por más que me joda en el momento). Lo importante es que he aprendido que hay un montón de cosas con las que podemos premiarnos para convertir un mal día de los cojones en un día… bueno, con sus más y con sus menos. Que sí, que estoy de acuerdo en que ya estamos en plena operación bikini, que no sobra el tiempo y que tenemos dos mil obligaciones que en nuestra lista constan antes de darnos un mimo a nosotras mismas, pero es que quizá ahí está el error. Lo primero en la lista es nuestro bienestar (con control, que es muy fácil acabar siendo la princesa del guisante y esperar que todo el mundo la adore a una). Lo que quiero decir es que estar bien pasa primero por nosotras mismas y aunque la autoexigencia, la disciplina y la responsabilidad para con los demás y para con nosotras está muy bien, si nunca abrimos la mano para darnos un achuchón moral (como el que daba yo a los sujetos masculinos de las fotos de este post) lo que conseguimos es coquetas frustradas y mucho más cabreadas. Y la vida ya es suficientemente puta por sí sola como para encima cabrearla más.

Premios para un día de mierda.

Fotos

Parece una tontería pero no lo es. En mi corcho del trabajo tengo unas cuantas fotos. De mis gatos, de mi sobrino, de Mr.Coqueto y yo y de Bianca sosteniendo mis libros por delante de su cara. Qué tendrá esta niña tierna que me hace sonreír. En fin. Estas fotos no están ahí para adornar, si no para recordarme lo que tengo fuera de la oficina y para enseñarme a relativizar las cosas que me pasan. Porque un fin de semana de estos cogeré el tren, me iré a Valencia y al achuchar a mi sobrino y jugar con él se me olvidará hasta que trabajo y comprenderé por qué tenemos que ser siempre la mejor versión de nosotros mismos. Tenemos que ser buenos ejemplos para que las siguientes generaciones aprendan salud emocional y sean felices. Otra de las fotos somos Mr.Coqueto y yo sentados en una escalera de piedra en la playa de Ao Nang, en Tailandia. No se ve nada más que nuestras caras de felicidad supina y cierta luz anaranjada que me recuerda que se estaba poniendo el sol cuando la hicimos. ¿Y de qué sirve? Sirve para que, cuando me cabreo, no se me olvide que el trabajo es solo el medio para un fin, que es vivir. No vivimos para trabajar. Y la cara de felicidad que tengo en esa foto vale los 11 meses restantes pelándome los codos en Mordor. S.A.

Y si con esto no sirve, porque a veces estás tan encabronada que los recuerdos no bastan… no problemo… Google… Imágenes… Milo Ventimiglia (y quien dice Milo dice Matt Bomer, Andrés Velencoso, Henry Cavill…) A vuestra elección! J

Esta foto me da tanto confort.... como gustirrinín.
Esta foto me da tanto confort…. como gustirrinín.

Un buen libro

Un buen libro obra milagros. Eso sí, cuesta meterse en la historia cuando estás muy enfadada, porque tienes la cabeza en su punto de ebullición y es difícil concentrarse en algo que no sea nuestro propio ruido mental. Pero inténtalo; inténtalo cinco minutos más… porque al final te zambulles en el propio mundo de la novela, con sus personajes y el mundo se desdibuja hasta convertir tu alrededor en el escenario en el que transcurre lo que lees – por no decir que del subnormal que te ha amargado la mañana ni te acuerdas.

Lo mejor son esos que te arrancan una carcajada. El lunes por la mañana fui en el metro de camino al trabajo leyendo “Los lunes me odian”, de Laura Santolaya. Tronchante y canalla es lo que una necesita para empezar bien un día que, de primeras, no es amable. Y si no, Cuatro esquinitas tiene mi cama, de Fernando Mendez que te saca una de esas sonrisas plácidas que da gusto.

Gracias, Laura Santolaya, por descubrirme que yo en mallas también soy una superheroína!
Gracias, Laura Santolaya, por descubrirme que yo en mallas también soy una superheroína!

Un capricho

Cuidado con esto porque en nombre de “un capricho porque he tenido un mal día” se han cometido las mayores atrocidades contra mi cuenta bancaria o mi báscula.

Los hay de varios tipos. Está esa visita a Zara a ver si encuentras algo bonito y colorido que te ponga de buen humor y puedas estrenar el día siguiente. Estrenar ropa mola (menos cuando son unos pantalones pitillo de esos que se convierten en pantalones violadores de sashimis) y nos vemos guapas y nos sube la moral y el gilipollas de mierda que viene dispuesto a hacerte la vida imposible importa lo mismo que un mojón, porque tu blusa es nueva. Es así. Pero cuidado, porque lo que no mola nada es comprarse algo por tener el momento de subidón consumista y darse cuenta el día siguiente, cuando ya estás en el trabajo con ello puesto, que te sienta tan bien como una patada en la raja del culo. Así tengo yo un par de prendas que se han convertido en el uniforme para ir por casa… donde nadie puede verme como una croqueta vestida de algodón.

Aquí estoy yo con uno de los modelitos primavera verano 2013...
Aquí estoy yo con uno de los modelitos primavera verano 2013…

Luego está el capricho alimenticio. Yo soy muy de esos, como se puede deducir de mi lamentable forma física. De todas formas os diré que cuidado también con estos. No es sano basar nuestra relación con la comida en un toma y daca de premios y castigos. Lo mejor es saber gestionar nuestras alegrías y decepciones de otra manera. Sin embargo… a nadie le amarga un dulce de vez en cuando. Yo en realidad, he pasado muchísimo tiempo negándome a mí misma este tipo de cosas. Y al final, ni fú ni fá, porque sigo siendo Fatman, pero me da mucha salud mental concederme de vez en cuando algo así. Así fue mi domingo. Después de un fin de semana de trabajar a destajo y de dormir casi lo mismo que entresemana, mi señor coqueto y yo nos metimos entre pecho y espalda unos pastelitos de Mamá Framboise y una botella de Moët Chandon. Porque yo lo valgo (y la celulitis no se hace sola, oiga)

Un baño

Una vez tuve un muy mal día en el trabajo. Y yo, que soy muy a lo Rocío Jurado, iba pensando en el tren de vuelta a casa que iba a coger un cuchillo jamonero y a apuñalar cojines. Le mandé un mensaje a mi marido y le dije que había sido el peor día de la historia y que no me apetecía tener que interactuar con el género humano en una buena temporada. Al llegar, tenía la bañera llena de agua calentita y espuma, un par de velas encendidas en el baño y una Vogue que aún no había tenido tiempo de ojear. Me dijo: “Tómate tu tiempo” y me dejó allí sola. Fue una de las cosas más bonitas que nadie ha hecho por mí nunca. Darme un momento para mí de total hedonismo.

Desde entonces, pocas cosas hay que no logren arreglarse con un baño o una ducha caliente, de esas que, lo sientes mucho por las reservas de agua del país, pero duran media hora. Y a veces, cuando estoy allí dentro hasta me río de lo que me ha hecho enfadar porque total, mira que agustico estoy yo aquí con todo el vaho y qué bueno estaba Velencoso en las fotos para Dolce&Gabanna…

Laralalalaaaaa
Laralalalaaaaa

Dale a tu cuerpo alegría macarena

A ver… voy a ser concisa y no demasiado clara, porque temo que un día de estos mis padres me lean y les dé un ictus. Pero a un día de mierda le metes alegría macarena en partes donde no suele dar el sol… y mejora.

Hay varios tipos. Las alegrías manuales (abanicarse), las mecánicas (sacar al paquito del cajón, ponerlo en la mesita de noche y hacerle guiñitos de ojos) o en pareja. Y jodo… lo que mejora el día después de un orgasmo.

Gabinete de crisis

Si algo me ha enseñado Valeria, la protagonista de En los zapatos de Valeria y los siguientes libros de la saga, es que a veces las amigas son capaces de salvarnos hasta de nosotras mismas. Y no hay nada mejor que sentarnos en cualquier sitio con esa(s) persona(s) con la que nos confesamos las miserias y las alegrías. A veces vale con sentarse en el escalón de tu portal con un paquete de pipas y un par de cigarrillos. Un bar mugriento o la terraza del local de moda para el afterworking… da igual donde, porque lo que realmente te reconforta es que, esa que te está hablando tan vehementemente de la colección en tonos pastel de Zara esta temporada, es una de las personas más importantes de tu vida, que está diciendo una tontería tras otra para que te rías y te olvides de que a veces hay gente más tonta que un pedo hacia dentro. ¿Hay algo mejor?
Yo hoy he tenido un día regulero y voy a hacer uso de esta última opción. Me voy a dormir con mi mejor mejor amiga, a ver algo deleznable en la tele, a ojear la Cuore Stilo y a mordisquear un sándwich con ella, mientras hablamos sobre las próximas vacaciones. Y cuando me duerma, se me habrá olvidado todo.

Y es que, cuando he tenido un día horrible de verdad, de los que pueden conmigo, suelo concederme muchos de estos caprichos a la vez. Un baño, una copa de vino, música feliz y después, con el pijama limpito, relajada y oliendo a persona, me fumo un pitillo y ojeo una revista sintiendo que, qué más dará el mundo si algo tan fácil como el silencio es suficiente a veces para devolvernos la sonrisa. ¿O no?

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