Querido verano: TE ODIO

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Querido verano: TE ODIO

 

A lo largo de mi vida he ido comprobando que hay muchas cuestiones que no está bien visto verbalizar, muchos temas políticamente incorrectos. Hablar de penes, por ejemplo. O más que de penes, de chochos. Si dices que te duele la fifi, todo el mundo te mira mal. Si dices que te duele el codo, no. Estoy confusa. O la regla. Ojito con mencionar que tienes la regla en determinados círculos porque puedes provocar una estampida como la que (CUIDADO SPOILER DISNEY) mató a Mufasa.

Así con todo, el mundo nos vende la idea de que debemos ser sinceros con nuestros sentimientos, compartir con honestidad (y educación) aquello que pensamos pero luego… ahí está el postureo, lo más “insincero” (tomándole prestada la palabra a Pocholo) del mundo. Lo que queda feo en una foto de Instagram queda fuera de nuestras vidas. Pues oigan, señores, tengo celulitis y tengo que depilarme las cejas y el bigote si no quiero parecer el padre de Shin Chan.

No suelo tener reparos en admitir rasgos humanos porque a estas alturas de la vida ya imagino que nadie es tan divino como para no tener ano y vivir escenas prosaicas como sufrir una colitis de vez en cuando (colitis, qué hermosa palabra). Sin embargo, lo admito: soy muy de ir contracorriente porque, como dice mi hermana pequeña, “tiendo a odiar a aquello donde se congrega una masa de gente”. De modo que no me gusta ir de concierto porque se me cansan las piernas, me duele la espalda, siempre me toca un tonto del culo detrás y después de una hora y media mis tobillos se van a casa por su parte y quedó yo sostenida por dos columnas con capiteles dóricos por piernas. No me gustan los festivales de música porque me siento vieja; no me gusta dormir en tiendas de campaña, ni los baños públicos… sé que se puede ir a un festival sin acampar pero… ¿qué es un festival si no muchos conciertos juntos? De vuelta al punto número uno. Y así con todo: no me gusta el sol, el tinto de verano me da retortijones, soy alérgica al ron, las discotecas me parecen la puerta del infierno, no me gustan las excursiones por el campo (soy alérgica y me cuelgan los mocos, lo siento, seguid sin mí) y… ODIO EL VERANO. Aquí ya es cuando la gente se vuelve y me señala con el dedo, se escuchan murmullos y me miran mal. Pues lo siento, debo decirlo: ODIO EL VERANO. He constatado que está mal visto pero hoy voy a aprovechar el renacimiento de esta web (que nos hemos cargado tantas veces por eso de “pincha ahí, a ver qué pasa”) para explicar las absurdas razones por las que el verano apesta. Entenderé que no estéis de acuerdo, pero seré sumamente más feliz cuando pueda escribir estos post con medias tupidas y manga larga.

  1. Antes muerta que sudada. Odio sudar. Tengo amigas que dicen que, después de una clase de spinning, cuando va hacia el vestuario empapadas, se sienten más vivas. Yo no sé qué mierdas desayunan pero… creo que es droga dura. Sudar no mola. Se te pega la ropa. Estás incómodo. Manchas la ropa. Joder… a mí me suda el bigote, por el amor de Dios, que femenino no es. Es verdad que llevo muchísimo mejor el calor madrileño que el de mi tierra natal pero aquí he descubierto partes del cuerpo que no sabía que tenía porque… ¡SUDAN! Ojito al color del que te vistes porque en menos de dos minutos puedes parecer Camacho.
  1. Muslitos de pavo. Soy gordita desde que mi madre me trajo al mundo así que para mí el verano es SIEMPRE sinónimo de que me rocen los muslitos de pavo. Se tienen mucho aprecio entre ellos y conforme van andando en pantalón corto o falda van haciéndose cada vez más amigos… y no sabes lo que escuece su amor. Y cuando vas a la playa… fiesta en el infierno.

 

  1. Operación “¿por qué no traje de buzo?”. De los creadores de “Viernes 13” y “Pesadilla en Elm Street” llega: “ponerse un bikini en público”. En realidad ni siquiera me gusta el bañador. Como decía una compañera de curro en “Mordor”, es como pasearte en ropa interior delante de gente desconocida. En lugar de “operación bikini” yo lo llamaría “matadme, por piedad”. No es una cuestión de complejo, que conste: me meto en la ducha todos los días y paso por delante del espejo. Sé lo que tengo, cómo lo tengo y hasta dónde lo tengo y hace tiempo que eso ya no supone latigazos mentales. Lo que pasa es que no me gusta salir del agua con los pezones como nueces de macadamia y que me los vea todo el mundo. Ni que se me marque todo el ADN debajo de la lycra mojada. Ni tener que tomar el sol toda espatarrada para que no se me quede el bañador mojado en zonas sensibles. Ni tener que ir cambiándome cada dos por tres para no coger infección de orina. En serio, tener fifi a veces es un coñazo. Coñazo… ¿lo pillas? Vale, matadme.
  1. Qué rica estás nena. En el mes de mayo se celebra una convención mundial de mosquitos donde ponen en común sus estrategias veraniegas para alimentarse y cómo sobrevivir a los repelentes. Una de las conferencias más esperadas es en la que se habla de los humanos más interesantes para ir a cenar. Yo debo estar todos los años en el segundo puesto y tener la sangre como el dulce de leche, chatas, porque me ponen como un colador. Cuando viajé a Tailandia conté setenta picaduras solo en las piernas. En Cuba me picó uno en la cara y me pasé tres días pareciendo Mickey Rourke. Ya basta, en serio. O paráis o pensáis en ir convirtiéndoos en vampiros macizos, porque esta relación no funciona.

Aquí estoy tomándome un cafelito en Varadero.

  1. No sé qué ponerme. Esto no va de eso que nos pasa a menudo (sobre todo a las chicas, seamos sinceras) de abrir el armario y lloriquear que no tenemos nada que ponernos aunque no quepa ni una percha más. Es cuestión de pasar veinte minutos considerando qué tejido te permitirá seguir viviendo, cuál tendrán que extirparte quirúrgicamente y el mejor para provocar una fusión del núcleo en tres segundos. Ayer salí de casa con vaqueros negros y blusa de manga larga porque llega un momento en el que la única neurona que sigue en funcionamiento decide cogerse vacaciones. Yo lo que quiero es que venga el otoño de una vez por todas y combinar unos vaqueros con un jersey mono. A tomar por culo.
  1. Señora, no se puede nadar con zapatos. No sé qué pasa en verano que mantener la pedicura aceptable cuesta horrores. El otro día me metí en una piscina con las uñas pintadas de granate y salí sin esmalte en cuatro dedos. ¿Qué narices le ponen al agua? ¿Acetona? ¿Ácido? Por no hablar de lo muchísimo que se resecan los pieses al andar con sandalias. Así que, entre sudar, elegir ropa y hacerte la pedicura para estar decente, se pasa agosto sin darse una cuenta ni recuperar las ganas de vivir.

 “Mis próximas sandalias. Y a mamarla.”

  1. Gazpacho en vena. La gente dice que cuando llega el calor se queda sin apetito y mientras lo dice, yo paseo por el fondo con los ojos en blanco y levantando el dedo corazón no porque no me los crea si no porque… a mí no me pasa, cojones. Yo sigo teniendo hambre pero todo me lo como medio a disgusto porque tengo calor. Y tener calor me pone de muy mala hostia. Mientras sueño con que hace mucho frío y me tomo una sopa, ingiero cantidades industriales de gazpacho, que no es lo que mejor me sienta en el mundo, la verdad. Como hace calor no me apetece cocinar y como no me apetece cocinar, acabo comiendo cualquier cosa rápido y mal y… así termino el verano: hinchada como un botijo.
  1. Mecagüenmitialacoja. Tener calor me aplatana. Estaría todo el día tirada en el suelo, en un rincón fresquito, gimoteando y quejándome. Y no hay nada que odie más que lo que una compañera de trabajo llamaba “complaining”… la queja como forma de vida. Así que me convierto en una persona más perezosa, menos activa y más asqueada porque… ¡odio el calor! Y eso me lleva a odiarme un pelín a mí misma. Así que estoy constantemente a un paso de una mala hostia destructiva. ¿Sabéis esas imágenes publicitarias de gente pasándoselo pipa en una piscina? Pues esta soy yo:

“Soy feliz. Me encanta el verano.”

Vale. Acepto que el verano tiene cosas buenas, aunque en mi balanza interior, importan menos, sobre todo ahora que ya gasté mis quince días de vacaciones y me quedo en Madrid mientras todos colgáis fotos de vuestros pies en la playa. Por eso le tendré un mínimo respeto a esta (infame) estación del año: por las vacaciones, los baños en el mar, el terraceo cuando ya corre el aire, las sandalias bonitas, los helados y todos los restaurantes de Madrid en los que se puede reservar sin problemas porque todos vosotros, malditos, os lo estáis pasando teta.

Venga, que no queda nada… total, 50 días de verano. Mñeeeee.

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