Pros y contras de reproducirse

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Pros y contras de reproducirse

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Lo primero que quiero aclarar es que, a pesar del todo siempre un pelín frívolo (juas, juas, un pelín, dice) de estos post, este está escrito con todo el respeto del mundo por todas las madres del mundo. Sois unas valientes.
Empecemos.

Voy a ser completamente sincera. Hace dos años estaba convencidísima de que quería ser madre y que quería serlo antes de los treinta. Mr Coqueto siempre me increpaba porque, según él, el tema de la frontera de la edad era autoimpuesto por algún tipo de manía persecutoria mía. Quizá a día de hoy deba darle la razón; pero que nadie se lo diga que luego se pone muy petulante.
El caso es que han pasado años y yo me encuentro en la frontera. Vamos, que en julio cumplí los veintitodos y… la cuestión de los niños cobra fuerza. Estoy en ese punto de inflexión en el que todas las parejas se encuentran alguna vez. ¿Queremos niños? Sí, los queremos. ¿Los queremos ya? La Beta de hace dos años diría un sí rotundo y os mandaría callar a todos. La de ahora pseeeee…. No lo tiene tan claro.
Encontrándome donde me encuentro, abordando la decisión de la maternidad (o de delegar la maternidad a otro rango de importancia que la empuje un poco más lejos en el calendario) estoy muy atenta a todo lo que sucede a mi alrededor. Y a mi alrededor, pequeñas coquetas, ha habido una explosión de natalidad (propia de mi edad, dice mi madre que exige más nietos). Y estoy viviendo tan de cerca embarazos, partos, postpartos, lactancias y bajas de maternidad, que empiezo a aprender cosas inquietantes. La sinceridad hormonal, la he bautizado yo.
Así que la toma de esa decisión tan sumamente importante se ve reducido a una lista de pros y contras de lo más heterogénea. Paso a resumirla.
Contras (y de estos hay muchos)

El parto.
Mi primera referencia sobre ello es mi madre, que me dijo una vez que es lo que más duele en el mundo y que no hay absolutamente nada a lo que se pueda comparar. Bien, madre, bien. Pero ahí no se acaba. No. Parece ser que, además de lo evidente del trauma de que te salga una cabeza humana (pequeña, sí, pero cabeza al fin y al cabo) por el grijander, todo lo que lo envuelve pasa a ser algo desquiciante, como esa pesadilla que tuve una vez en la que yo era Leonardo Dantés. Se pasa miedo, me cuenta una cercana coqueta madre reciente que prefiere quedar en el anonimato. Y me cuentan que lo único a lo que puedes agarrarte en ese momento es al candor de las enfermeras, que por lo visto son las únicas que sienten piedad por ti. Por lo demás, eres un parto más y como están acostumbrados a asistir muchos (es su trabajo diario)… no van a tener un trato de favor contigo, ni te van a dar mimitos mientras se te dilata el chichi por encima de sus posibilidades. He cometido el error de ver un parto en Youtube, por cierto. Además, miles de manos te tocan e introducen cosas dentro de ti: sondas, enemas, vías, termómetros, dedos. Por el amor de dios… ¡yo antes de eso necesito al menos que me inviten a cenar!

Tu chichi va a abandonar el anonimato en 3, 2, 1...
Tu chichi va a abandonar el anonimato en 3, 2, 1…

Te cambia completamente la vida. Para siempre.
He visto afirmar esto a mucha gente y casi toda no lo hace con ojos brillantes de ilusión. Mi madre la que más, que dices: joder, mamá, ten piedad, que eso que te cambió la vida “para siempre” (léase con terror) soy yo. Pues nada.
Tengo amigas mamás recientes a las que he visto más después de dar a luz que en los dos años anteriores; que de pronto salen a cenar con el resto y hasta se toman una copa pero… son las menos. Está claro: no vas a tener la misma disponibilidad para tus amigas, esas con las que pasas tan buenos ratos. Podrás estar con ellas, sí, pero no pasar fin de semana sí, fin de semana también, tirada en un sofá jaleando a cada tío bueno que sale en la tele, diciendo “pene” a gritos y bebiendo directamente de una botella. Porque eso lo hacemos todas, ¿no?
No vas a poder cogerte un pedo mayúsculo porque… joder, que eres madre. Tal y cómo soy yo cuando me bebo una copa fijo que me descogorcio o me olvido al niño en alguna parte.
Adiós a las cenas fuera de casa por la simple y llana razón de que “no me apetece cocinar”. Pues te jodes. O la de “tengo antojo de sushi”. Pues te jodes. Porque el niño tiene que comer bien, tiene que bañarse (y no lo hace solo) y tiene que dormir. Adiós a los fines de semana románticos (al menos yo, que a los presuntos abuelos los tengo a 360 kilómetros de casa, maldición). Adiós a gastarme en cremas lo que gasto. (Que es poco, claro que sí, mi amor, no te creas nada. Todo lo que hay en el tocador… dos durillos). Adiós a pensar en ti, a mimarte y darte tiempo. Tiempo. Esa es otra cuestión.

Dar de mamar.
Hay quien dice que es una experiencia íntima entre el bebé y tú y yo siempre lo creí así (menos cuando tienen dientes ya para comer bocadillos… ahí es inquietante). Pero dejando de lado esa experiencia hablemos claro: GRIETAS. Grietas en los pezones. Y no hablamos de que en la cama a tu compañero se le vaya un poco la mano con la fuerza y des un brinco del susto. No. Hablo de grietas en los pezones. Por el amor de Dios. ¡¡En los pezones!! Además de que duelen, las tetas se te caen y pierden todo tipo de sentido erótico. La más mínima atención a tus pechos te recordará a tu faceta de madre, no a la de “ay, por Dior, qué gustirrinín”. Y no lo digo yo, que conste, que me lo ha dicho una madre reciente.

Íntimo y especial decías...
Íntimo y especial decías…

Las cosas buenas del embarazo quedaron atrás.
Una embarazada tiene una luz especial. Le brilla el pelo, la piel le resplandece. Está guapa. Y después del parto, en palabras textuales de una lactante: “ya has perdido el lustre del embarazo. Si tenías granitos, te vuelven a salir. Si tenías pelo, te vuelve a salir. Y ya no estás embarazada… ahora estás sólo gorda.”
Bien. Prosigamos.

Zona cero.
No es que le dedique muchos mimos, atenciones y adoración a esa parte de mi cuerpo por donde va a salir una cabeza humana, pero me gusta como está. Nos conocemos bien; han sido muchos años para tratarnos y hemos establecido una relación cordial y afectuosa. Las dos sabemos lo que queremos y nos comprendemos. A veces es un poco mandona y no entiende que cuando estoy en el trabajo no puedo hacerle caso, pero se hace querer.
Dicho esto… y transcribo otra vez textualmente la opinión de una mamá reciente: “durante tres semanas al menos, ni te lo reconocerás. Lo que estaba arriba, estará abajo y viceversa. Literalmente, habrá cosas que no te encontrarás. Sí, todo vuelve a su sitio pero… tarda. Y a veces te haces pis encima. Que nadie te mienta.”
Recapitulemos… pezones agrietados, zona cero, kilos de más, sashimi destrozado, pérdidas de orina…

Almorranas
¡Bien! ¡Venga! ¡Fiesta!

No dormir
Porque el niño y tú no os conocéis. Eso necesita su tiempo y, además, el niño llora porque quiere cosas que no sabe pedir. Y tú eres su madre. Cantimplora andante, por cierto.

Visitas en casa
No sólo visitas, no. Tu hogar mancillado, plagado de hordas de gente que pulula por allí, comiéndose tu comida, bebiéndose ese alcohol que tú no te puedes beber, ensuciando y diciéndote cómo criar a tu hijo. “Aquí hace demasiado calor, destápalo” “Ahora demasiado frío, por favor, ¿es que no lo notas? Tápalo” “Come mucho” “Come poco” “Lo coges demasiado en brazos”. Qué bien. Y paradojas de la vida… no suele ser esa gente, sino tú, la que se levanta cada veinte minutos por la noche porque hay un bebé berreante que demanda atención.

Adiós al sexappeal durante un buen tiempo
Eres madre, acéptalo. Es posible que durante un tiempo incluso a tu marido/pareja le cueste un poco quitarte ese título por un ratito para darte lo tuyo. Y citadas muchas de las anteriores cosas… no sé yo si al pobre de Mr. Coqueto le apetecería dado el panorama.

Tiempo, ¿dónde estás?
Porque da igual que tengas la necesidad de escribir, que tengas que entregar un informe o que te apetezca darte una maldita ducha. Ahora todo el universo gira alrededor del hecho de que eres madre. Y ya no sólo importas tú. Divide ahora algo que ya no sobraba.

Creo que voy a cosérmelo...
Creo que voy a cosérmelo…

PROS

Eres madre.
Has traído al mundo una nueva persona. Viene sin nada, lo único que tiene es a la gente que le espera. Y viene en blanco. Es, sin duda, el motivo más importante para esforzarte en ser siempre un poco mejor.
Y a pesar de ese esfuerzo un día te sonríe, dice mamá, se ríe cuando escucha tu voz, se tranquiliza sólo cuando tú le arrullas y… no existe nada más en el mundo que tú y él. Absolutamente todo lo anterior ha valido la pena. Incluso que tu chichi no se parezca en nada a su anterior yo.

Entonces…
Entonces tiempo al tiempo. Dejad que me lo piense un poquito más… tengo que dialogar con mi cuerpo a ver qué opina él. Mi chichi no está de acuerdo y la lencería fina de mi cajón tampoco, pero creo que podremos llegar a un entendimiento… espero.

Agradecimientos:

A C.H, mamá reciente, MADRAZA pero sincera, a la que no le gusta llamar a las cosas por otra cosa que no sea su nombre. Gracias por ese salero que tienes. Te echamos de menos!

A Maitena, por sus fabulosas viñetas.

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