Primer capítulo

Un cuento perfecto

1 Érase una vez...

Has roto con tu pareja. Quizá incluso odias tu trabajo. Es posible que te pases los días suspirando por cosas que jamás podrás pa­gar. ¿Los kilos de más del verano se han juntado con los de Navi­dad? No te preocupes. Y tampoco si no llenas el sujetador. Si las sillas de las terrazas te aprietan las caderas. Si tu madre nunca aprueba lo que haces… y lo que no haces, por supuesto. Si le diste tu corazón a ese idiota. Si sientes que te has casado de por vida con la hipoteca. Si tu jefe es un maldito psicópata. Si sospechas que te engañan, que te van a despedir, que has metido la pata.

¡¡No pasa nada!! De verdad. Te lo prometo, no pasa nada. Y aún te diré más: si te frustras y hasta te amargas viendo en la te­levisión, las revistas y las redes sociales lo maravillosa y fácil que es la vida de algunos, te diré un secreto: no lo es. Lo que pasa es que las cosas resultan siempre más complejas cuanto más de cer­ca las miras. Yo, por ejemplo, que lo tenía todo y lo eché a perder por lo que puede parecer el sencillo hecho de calzarme unas zapa­tillas de deporte y salir por patas… ni lo tenía todo ni lo eché a perder. Hazme caso. Te lo digo desde el corazón. Ni nada es tan grave ni la vida se acaba. Solo… se abren nuevas posibilidades.

Mira, deja que te cuente un cuento, ¿vale? Uno que al principio también parecerá perfecto. Érase una vez una princesa moderna. No tenía un castillo ni suspiraba apoyada en la celosía de un mirador desde el que se veía todo su reino. No peinaba sus cabellos largos, larguísimos, con un cepillo hecho de esmalte, oro y crines de caballo. No esperaba que el príncipe azul la sal­vara de la malvada bruja.

Aunque… me niego a que mi madre no cuente como bruja.

Lo que quiero decir es que, de alguna manera, los cuentos de princesas siguen estando vigentes en un rincón, en ocasio­nes microscópico y otras veces enorme, de nuestras cabezas. Ya no hay príncipes a caballo ni pajaritos que nos ayuden a ves­tirnos para la cita donde ellos se enamorarán de nosotras para que por fin seamos felices (vaya tela… a veces cuesta creer que nos hicieran creer que la vaina iba así), pero seguimos creyendo en cuentos. En leyendas. Y nos han convencido de que queremos ser princesas.

Échale un vistazo a Instagram. ¿No tienes? Bueno, tampo­co te vayas a abrir una cuenta para comprobar esto. Pero… segu­ro que sabes a lo que me refiero. Vidas perfectas. Vidas de lujo. Fotos en las que casi se puede acariciar esa nebulosa fantástica de las vidas de ensueño. Purpurina, brillantina, cada cabello en su sitio. Sí, en las redes sociales, muchas veces, se vende una perfec­ción irreal que nos empuja a buscar algo que en realidad no exis­te. Ahora las niñas quieren ser la versión 3.0 de la princesa del cuento, con su bolso de marca, sujetando un café que vete a saber por qué es de color rosa, al borde de una piscina infinita en Tahi­tí. No suena mal, que conste. Yo también quiero…, pero la dife­rencia es saber que detrás de esa foto no hay una vida perfecta. Solo… una vida.

Lo digo con conocimiento de causa. No, no soy influencer ni youtuber ni modelo, pero de alguna forma me he sentido ob­servada, examinada, juzgada. ¿Cómo? Bueno, yo vivía (atrapada, más bien) en otro cuento de hadas, más a la antigua, que no siempre reluce tanto como parece. Yo nací en una familia de postín. Yo nací con tres apellidos y un imperio hotelero adheri­do a ellos. Yo nací y a mi bautizo fueron hasta miembros de la Casa Real. Yo nací condenada a ser princesa en un cuento que no me creo, pero nunca nadie se preguntó en qué creía Margot.

Sé que tuve un millón de oportunidades que otras perso­nas no tienen al alcance de la mano, pero… déjame contarte este cuento a mi manera.

Érase una vez una mujer que lo tenía todo y un chico que no tenía nada.

Érase una vez la historia de amor entre el éxito y la duda. Érase una vez un cuento perfecto.
Y solo tú decides cuál es su final.

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