Preparadas para tragar mentiras

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Preparadas para tragar mentiras

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Creo que todo empieza con Disney. Nos sentábamos delante de la televisión con la boca abierta, tarareando las canciones de las películas y queríamos ser como Ariel en la Sirenita, o como Aurora en la Bella Durmiente. Carne de cañón. Bien hemos salido para lo que podía haber sido. Películas en las que el final feliz es una boda en la que pajaritos o un bogavante son parte de la ceremonia… ¿debo añadir algo más? Crecimos creyendo que no importa si alguien te miente sobre quién es, como en Aladdin, siempre y cuando te quiera. Vaya tela… Lo dicho, qué bien hemos salido. Aunque yo debía estar ya un poco tarada de pequeña, porque mis películas preferidas eran Bitelchús y Quién engañó a Roger Rabbit, donde la espectacular Jessica Rabbit se dejaba ver con un vestido de lentejuelas de agárrate los machos y dos pechugas como para hablarles de usted. Yo creo que a esa tierna edad ya sabía que mi futuro era estar jamona.

Y el caso es que con Disney no termina, porque… joder, para acabar de arreglarlo, la industria nos metía por los ojos a Barbie, una muñeca con el cuerpo de una mujer de proporciones imposibles que, si fuera de carne y hueso, no podría ni siquiera andar. No sé cómo no estamos todas como unas putas regaderas. Y ale, a vestirlas con drapeados, trajes de fiesta y zapatitos de tacón porque… esa es otra, las Barbies venían ya de fábrica de puntillas, como si su sino fuera andar siempre subida en unos tacones. Y luego nos preguntan qué nos pasa a los mujeres con los zapatos, de dónde nace nuestra obsesión y por qué tratamos siempre de acercanos a una perfección que nos frustra.

Y a partir de ahí, suma y sigue. Tenemos aprehendidas tantas cosas que nos vienen de cuna y que mamamos de todas partes de una manera inevitable, que es normal que pensemos que muchas de ellas son verdades del universo que no hay que poner en duda. Empezando por el refranero popular y pasando por temas tan prosaicos como el orgasmo, el deseo sexual o la primera vez.
Pues hoy me he levantado con ganas de quitarle el polvo a algunas de esas cosas y demostrar que, al menos la gente que conozco, ya no traga con esas cosas, aunque a veces nos pesen demasiado en la cabeza.

Piensa mal y acertarás
Si piensas mal siempre no sé si acertarás, pero vas a terminar solo y tarado. No se puede andar siempre por la vida esperando de los demás lo peor. Y no es que yo me levante todos los días con un humor estupendo, queriendo a todos los seres vivos que pueblan el cosmos. Ni de coña. Hay días que mi propia respiración me molesta. Pero lo que no podemos hacer es esperar que los demás siempre nos decepcionen y andar por la vida sin esperanza. Lo primero: no creo en la decepción, sino en la mala gestión de nuestras propias expectativas. Lo segundo: si siempre pensamos mal, ¿qué somos, moralmente superiores? No, de eso nada.
La vida está llena de unas cosas y de otras. Por ejemplo, cuando tuve el accidente de coche y el hijodelagranputa que lo provocó se dio a la fuga sin esperar ni siquiera para comprobar que yo estaba bien, pararon varios coches solamente para prestarme ayuda. Me dejaron sus móviles, me ayudaron a colocar los triángulos y se ofrecieron a echarme una mano en lo que necesitara. Eso, señores, es el equilibrio que rige el cosmos. Una de cal y otra de arena… ¿o tengo que pensar que esa pareja joven que salió del coche en plena autopista para preguntarme si estaba bien quería algo? No quería nada más que ayudar. Así que… primer mito muerto. Si siempre piensas mal, la cagarás.

Los hombres tienen más deseo sexual que las mujeres
¿Alguien me puede explicar de dónde narices sale esta afirmación? Porque hay tíos que tienen el mismo apetito sexual que yo delante de Jesulín. Vamos… ninguno. Estas cosas del generalizar me ponen a mí la pepitilla un poco sensible.
Siempre he pensado que este tipo de afirmaciones terminan por tener coartada la libertad sexual de una mujer. Porque, si a alguien le dices que lo normal es que no le pique, cuando le pique se va a sentir cuanto menos extraño. Ya llevamos demasiados años a expensas de una sociedad patriarcal que nos ha tratado como a niñas que necesitan tutela, primero del padre, después del marido… y no es real. Si somos buenas para salir de casa a ganarnos la vida, somos buenas para hacer gala de las necesidades de nuestro cuerpo sin avergonzarnos. No somos sujetos pasivos del sexo: somos protagonistas de nuestra propia sexualidad y sanseacabó.

La primera vez tiene que ser especial
Sí, con pétalos de rosa, velas y música ambiente. No me jodas. Lo de los pétalos de rosa me da especial alergia. Yo lo tendría claro: van todos al suelo y luego coges la aspiradora y lo dejas todo como estaba. Pero claro, a los diecisiete (la edad media a la que se pierde la virginidad en España según un estudio de la marca Tampax) una tiene muy implantado en el cerebelo ese imaginario en común que termina construyendo Hollywood en nuestras cabezas, donde las sábanas jamás dejan que se vea un pecho o una cacha (una tiende a pensar que la ropa de cama es decente por naturaleza) y no existe ni la celulitis, ni los pelos mal puestos y mucho menos los pedos vaginales. Ole, ole, ole.
La primera vez que te acuestas con alguien en toda tu vida, es la primera vez que haces algo muy íntimo, pero esperamos demasiado de ello. La única idea que tiene que rondar tu cabeza en ese momento es la certeza de que lo haces porque quieres, no porque nadie te haya presionado. Y da igual si eres la única de tus amigas que aún lleva el precinto puesto o si él tiene muchas ganas de meterla en caliente. A veces no nos damos cuenta de que tenemos el poder, como quien tiene el anillo forjado por el señor oscuro en el Monte del Destino. Que sea cuando a ti te salga del papo, chica, que pocas libertades nos quedan ya en esta vida.

Lo que no mata, engorda.
¿Por dónde empiezo? A ver…
– El sexo ni mata ni engorda (a no ser que te pases encerrado en una habitación de hotel cinco días sin comer ni beber, dándole ahí matraca, teniendo alguna cardiopatía)
– Los besos, los abrazos, los cumplidos, sonreír, ser amable, pedir las cosas por favor, saludar, dar las gracias y todo lo que viene siendo ser educado y persona, no animal de granja… ni mata ni engorda.
– Los zapatos bonitos ni matan ni engordan.
– Mi madre ni mata ni engorda (aunque cuídate muy mucho de no pisarle el fregao y no tirar migas, que luego vienen hormigas)
– Leer ni mata ni engorda.
– Un pene ni mata ni engorda.
– Milo Ventimiglia ni mata ni engorda (aunque bien que me lo comía yo para comprobarlo)

Te vas a quedar para vestir santos
Pero… pero… pero… ¿esto qué es? ¿Vestir santos? ¡Mas vale vestir santos que desnudar gilipollas! Mira que yo me casé a los veinticuatro años, pero vamos, vamos, vamos… ¡porque me salió del toto! Aquí cada uno decide lo que quiere hacer con su vida, porque sin eso poco nos queda. Por eso: si no te quieres casar, no te cases. Si te quieres casar, cásate. Si quieres tener hijos, tenlos. Si no, no los tengas. Si quieres acostarte con hombres, hazlo. Si quieres hacerlo con mujeres, también. Cada uno es libre de decidir. Y si eres una chica de treinta y tres años y todas las navidades te dicen que te vas a quedar para vestir santos o se te va a pasar el arroz, diles que tienes quince amantes y ninguno tiene queja de tu punto de cocción. Eso o: “pues tú eres fe@”, que quieras que no, siempre viste.

Podría seguir hasta el infinito, pero creo que por hoy ya está bien. Y sin más dilación: PENE, en mayúsculas, purpurina, arcoíris por detrás y unicornios flotando a su alrededor.

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