Placeres prohibidos

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Placeres prohibidos

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Hasta el último momento, ese momento de sentarme delante de la hoja en blanco (con el tazón de leche desnatada sin lactosa que la dieta dicta que debo ingerir en este preciso instante) he dudado sobre el tema del post de hoy. No estaba demasiado segura pero luego, mientras andaba por el pasillo de la empresa, con su horrible enmoquetado azul y pensaba en la mejor manera de exterminar a la raza humana (trabajar aquí me pone de muy buen humor, como podéis comprobar) se me ha ocurrido dar la vuelta a la tortilla y hablar de todas esas cosas que nos hacen tremendamente felices y que tendemos a ocultar. Son lo que gusto de llamar: los placeres prohibidos o placeres culpables.
Algunos de estos placeres los callamos por no evidenciar nuestros puntos débiles, otros por no demostrar nuestras rarezas. Los restantes… porque son de todo menos políticamente correctos.
Creo que a estas alturas de la vida, todos hemos visto la película Amelie. Es una de mis preferidas. Me quedo encefalograma plano con sus increíbles colores, con los cuidados diálogos y con esa voz en off que, por favor, pido desde ya que sea la que narre los acontecimientos de mis sueños; así tal vez, si vuelvo a soñar que me tatúo un par de gambas en el brazo, el sueño será menos bizarro y más “cultura pop”. Al menos de eso podré presumir.
En fin, volviendo al asunto, no sé si recordaréis que, durante la presentación de Amelie, cuentan que le encanta hundir la mano en los sacos de legumbres o partir el caramelo de la crema catalana con la cucharilla.

https://youtu.be/ZzfCX1g904Q

Cultivar pequeños placeres, lo llaman. Bueno, yo les doy un nombre más perverso, pero al fin y al cabo hablamos de lo mismo.
Lo que voy a hacer ahora es enumerar todos los pequeños placeres culpables que he ido coleccionando con los años. Esto quiere decir que NO TODOS SON MÍOS, por si acaso, que luego va corriendo por ahí el rumor de que si soy una viciosa, que si me gusta la marcha… sin ser yo nada de eso. XP

Guarrindongadas en la cocina
No, no me refiero a fornicar sobre el mármol de la cocina, mentes enfermas. (Sí, yo también me he puesto a imaginarlo después de leer el título, pero tengo que disimular y fingir que soy una señora de bien). Me refiero a hacer cosas como calentar un vaso de leche con colacao y mojar dentro un trozo de tortilla de patata del día anterior. Lo confieso: esa es mía. Pero las hay para todos los gustos: beber el caldo de las aceitunas (maldición, sigo hablando de mí) mayonesa a cucharadas (esta ya no soy yo, que de imaginarlo me están dando arcadas en la oficina, lo juro) o un bollo de leche con leche condensada y jamón york. Ole, ole y ole.
Pero, ¡qué coño! Disfrutemos, leche. Que lo que no mata, engorda. ¿Qué más dará que ingiramos algo que haga las dos cosas a la vez?
Y si no conocéis las guarrindongadas de Robin Food, ¡no os lo perdáis!

Quitarse el sujetador
Sí, quitarse el sujetador forma parte de unos de los pequeños placeres más grandes de esta vida, sólo comparable con quitarse la braga faja que se te está clavando en las ingles. Creo que en los hombres el equivalente es quitarse los calzoncillos y dejar que la chorra y sus pequeños acompañantes colgones, vivan en libertad. Así que todos entendemos ese placer. Ese… “oh dios!” Que te pone la piel de gallina cuando lo único que has hecho es quitarte una prenda sin fines eróticos. Y si después las coges y las mueves del sitio en el que han estado castigadas a estar erguidas todo el día, más gusto aún.
Primo hermano de este placer está el de quitarse el tanga. Ahí lo dejo.

Escuchar música verbenera
A todo el mundo le dices que te encanta la música alternativa, que los festivales son tu segunda casa y hasta se te puede ver en Malasaña los fines de semana engrosando las bandadas de hipsters que sobrevuelan el lugar. Pero mírame a los ojos y dime que nunca te pones música horrible y la disfrutas con una sonrisa. ¡No me jodas! Que no digo que no nos guste escuchar Love of lesbian, pero leches, que todo el mundo se baila luego Ave María en las bodas como si no hubiera mañana.
Algunos me dirán: claro, con dos copas te bailo hasta “No soy un Superman soy un hombre sincero que te quiere enamorar”. Claaaaaro, porque el alcohol ¡desinhibe! ¡¡Ya estamos culpando al pobre alcohol!! Que si me he follado a Pepito por su culpa, que si baile Sarandonga porque él me empujó a hacerlo… ¡vamos a ver! ¡Que las botellas están ahí tan tranquilas en los bares! Somos nosotros quienes vamos a molestarlas. Aceptémoslo.
Así que acepta que si bailas Bisbal dando patadas voladoras en una boda será porque un poco sí que te gusta.

"Tú has disfrutado bailando Ave María (cuándo serás mía) y LO SABES!!"
“Tú has disfrutado bailando Ave María (cuándo serás mía) y LO SABES!!”

Criticar a alguien que te cae mal
Oh, dios, eso es la repanocha. Cercano al límite con el placer carnal. No voy a extenderme. Todos conocemos bien este apartado. Y los hombres que no me vengan ahora con eso de que “que malas sois las mujeres” porque he visto a tíos despellejar de una manera tan sobrehumana que me he sentido en un aquelarre.

Rascarte la entrepierna aunque no te pique
Vale. Aquí hay dos variaciones: rascarte la entrepierna porque sí, con tu pijama puesto, con efectos relajantes o rascarte la entrepierna porque sí, con tu pijama puesto, con efectos eróticos contigo mismo. Vamos, que si haces esto (según me cuentan) o te duermes o… acaba en paja. Así, hablando mal y pronto.

Gustos raros con los famosos
Sí, esos deseos carnales hacia personajes públicos que te resultan inconfesables. ¿Cómo qué? Pues no sé, Francis Lorenzo, David Civera, Ozzil… he escuchado de todo. Y el mío, claro, que es cuanto menos sorprendentes: a mí me parece sexy Iker Jiménez. Ale, seguro que ahora os cuesta menos confesar los vuestros.
Y es que al final, el atractivo sexual no es algo que se base en nada objetivo. Hay hombres guapísimos desde el estricto sentido estético de la armonía pero que no dicen absolutamente nada. Y luego llega un tío normal, se arremanga la camisa y dices… madre de Dios, pero qué sexy eres! Y nos da igual que mida menos que nosotras, que tenga problemas incipientes de alopecia o tenga los ojos como si lo estuviera sodomizando Nacho Vidal. El caso es que nos gusta porque nos sale de las entrañas. Pero lo callas, porque, siendo sincera, es mucho más entendible para el resto de la humanidad que te guste Andrés Velencoso (que me gusta y mucho, no vayamos a confundirnos) que el hecho de que Iker Jimenez te seduzca televisivamente cada vez que dice: “hay quien dice…”

Sí, las comparaciones, efectivamente, son odiosas.
Sí, las comparaciones, efectivamente, son odiosas.

Quitar espinillas
Conozco algunos raros especímenes que no se sienten atraídos hacia la eliminación de una espinilla, pero son los menos. Queda muy bien que tú en público digas eso de: “ay, no, qué asco, odio quitar granos”. A nadie le gustan los granos, pero, coño, que quitarlos es un pequeño placer. Y da igual si en el momento del fusilamiento granístico sufres un horror horrible, porque cuando desaparece dirás… “¡¡pero qué bien me lo he pasado!!”. Otro placer bizarro, ¿qué le vamos a hacer?

Enamoramientos bizarros
Sí. Ese que estás pensando, que sólo has confesado a dos o tres personas de confianza porque en realidad hasta a ti misma te horroriza haberte enamoriscado de semejante muestra humana. Se sienta con la barriga encima de la mesa, se viste con el orto, no es simpático, parece sacado de una peli de terror de los cincuenta y le gustan cosas que a ti sencillamente te horrorizan. Pero a ti te late el corazón a doscientas mil pulsaciones con solo que su pulgar te roce la muñeca. Es así. Y es que, debajo de este caparazón superficial bajo el que nos escondemos, existe una persona que se enamora de una sonrisa, de la manera en la que alguien cuenta una historia o de las cosas que te despierta, que hacen las paces con la persona que escondes en tu interior. Si estos enamoramientos caen o no caen por su propio peso, es una cuestión en la que no voy a entrar.
Como estas, dos mil. Seguro que vosotr@s ahora mismo estáis pensando en alguna barrabasada que os encanta y que no confesaríais ni bajo amenaza de sodomización con una berenjena. Pero, ¿sabéis? Si lo confesamos acaba siendo mucho más divertido. Reírse de uno mismo y de sus rarezas en una de las cosas más sanas del mundo.
Y así nos enfrentamos al resto de la semana; regocijándonos en nuestra humanidad. Sí, coquet@s, que somos human@s y nos podemos permitir ser más raros que un perro verde. Si no, ¡qué aburridos seríamos!

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