No voy a pedir perdón

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

No voy a pedir perdón

Hace un par de semanas me pasó algo, algo en lo que, aunque suelo hablar de pasada, nunca he entrado a profundizar. Un episodio en una tienda. Con un vestido. Con alguien. Con mi talla.

Se habla mucho desde hace un par de años del movimiento body positive. Llenamos las redes sociales de mensajes de aceptación y buenas intenciones pero me da la sensación de que todo esto no ha llegado aún a pie de calle o al menos no lo ha hecho como debería.

Antes de seguir y para evitar malentendidos aclaro que, todo lo que voy a comentar, es una opinión personal que comparto porque me nace hacerlo. Son emociones y sentimientos subjetivos. Con ello no busco nada, ni publicitar marcas ni dar mala campaña a otras de las que, por supuesto, no voy a dar nombres. Solo quiero compartir una experiencia por si tú también la viviste y esto, saber que no estamos solas, te hace sentir mejor.

Dicho esto…

Sé que aquella mujer, dependienta de una boutique de vestidos de fiesta, no quería humillarme. No era su intención hacerme sentir mal, pero lo hizo. Y lo hizo porque, en su opinión, que no tuvo ningún reparo en exteriorizar vehementemente, mi cuerpo era un problema. El objeto de las quejas, mis caderas, mi culo y mi muslos… extensible a toda mi persona poco después. Me acusó de mentir con mi talla de pantalón, me dijo que si me metía en mis vaqueros era porque tenían un tejido elástico que se daba de sí y dejó a entender que los vestidos de su tienda (de la que NO ES PROPIETARIA) no lucían con mi talla, sino con una 36 o 38.

Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que yo, con mis treintaitrés años, con todo lo que creía haber aprendido de mí misma en este tiempo, no pude hacer frente a su hostilidad y sentí vergüenza. De mí, de mi cuerpo, de mi naturaleza. Me sentí avergonzada por vestir mi piel, por la zona en la que mis vaqueros se redondea, por mis brazos, mis rodillas, mi espalda o mi vientre. De pronto, la parte más visible de mí misma, era un problema. Y eso me cabreó: no saber hacer frente a una opinión hostil con orgullo, sentirme humillada en lugar de empoderarme en mi piel y decir: “querida, no quiero tu vestido”. Me avergoncé de sentirme avergonzada. Me sentí humillada por sentirme humillada.

De camino a la oficina, después de la experiencia que, además, no era por gusto sino porque tenía un evento al que debía llevar un vestido de gala, iba pensando muchas cosas y ninguna positiva. Me preguntaba de qué servía el esfuerzo que hice durante este año para perder más de quince kilos si para los ojos de los demás mi cuerpo siempre sería un problema. Me atacaba a mí misma por no ser capaz de haber añadido diez kilos más a la pérdida, por no levantarme una hora antes para ir al gimnasio TODOS los días. Me eché en cara las tardes de cañas con mis amigos, las cenas en mi terraza, las vacaciones y hasta lo que había desayunado esa misma mañana. Tardé un par de días en convencerme de que mi error no era estar gorda, sino ser gilipollas y juzgar mi cuerpo a partir de la opinión de otros.

Pero esto no es un post en el que poner a caldo a una tienda ni un texto a través del que quejarme de que no se respeten unas tallas reales y unificadas, aunque me quejo. Es una carta para mí, para meterme en la sesera muchas cosas. Es una carta que comparto contigo por si en algún momento de tu vida has llegado a casa sintiéndote humillada por otro por ser como eres, da igual si alta, baja, gorda, flaca. Vamos a entender una cosa, entre todas… no tenemos por qué pedir perdón.

Así que, querida dependienta de boutique que no voy a mencionar porque ni mala publicidad quiero darle, no voy a pedirte perdón por mi cuerpo porque, en sus treintaitrés años, me ha dado más alegrías que penas.

Ni por mis tobillos, que no son todo lo delgados que pensé cuando era pequeña que debían ser por culpa de la maldita Barbie, ni por mis piernas, torneadas y carnosas ni por mis muslos, aunque en verano a veces me moleste el cariño que se tienen entre ellos y el roce que provocan.

No voy a pedir perdón por mis caderas, por mis nalgas, por mi cintura o por mi pecho. Por supuesto, no voy a disculparme por mis brazos, mi espalda ni mi papada.

Este cuerpo, este que a algunos les supone un problema al mirarlo, es capaz de cosas maravillosas. Gracias a él, doy buenos abrazos (no es por darme el pisto, pero soy muy buena abrazando). Mis labios han dado muchos besos en la vida, algunos de pasión, bien dados, con ímpetu y lengua y otros de ternura, acompañados de un abrazo.

Estoy agradecida a mi cuerpo, que aguanta conmigo jornadas largas de trabajo, madrugones, pocas horas de sueño, muchos cafés, meses de dormir más en camas de hotel que en la mía y aún tiene ganas de reírse, a veces por la chorrada más grande del mundo. Junto a él, cumplí muchos sueños.

Gracias también a él sé lo que es el placer. Me ha enseñado muchas cosas intensas, me ha llevado al límite y ha superado las expectativas. Es mi hogar, es mi piel, es el territorio que las manos de mi marido recorren y que disfruto y enseño solo con y a quien yo quiero.

Este cuerpo que me ha permitido nadar en muchos mares, recorrer sitios increíbles, que me ha descubierto la emoción a través de su piel de gallina y el corazón acelerado… este montón de huesos, músculos, grasa, piel y terminaciones nerviosas que sienten el sol, la velocidad, el cariño, el cansancio, el placer, el dolor, la tensión, el orgasmo y las caricias… no se merecen que pida perdón, solo que les de las gracias.

Lo único que puedo hacer, llegado este punto es pedirle perdón a él, a mi cuerpo, por no defenderle como debería, por no llevarlo por bandera y con la barbilla bien alta. Porque odiaré mi pie izquierdo, no seré muy amiga de mis brazos ni mis rodillas, pero cómo me gusta menear el culo orgullosa cuando me siento cómoda con mis vaqueros.

Y por cierto, Elisabet, solo para que te lo recuerdes cuando te pongas tonta y se te olvide: si has perdido peso, es porque te apetecía A TI, por tus razones, que no son de los demás. Si has ganados unos kilos en vacaciones es POR TI, por los gustazos que te has dado y los nervios aplacados con una oncita de chocolate (detrás de otra). De la misma manera que pierdo los kilos por elección personal, me tiño el pelo de verde porque A MÍ me gusta, me tatúo porque mi piel es mi lienzo y mi agujeré en su día la nariz porque me apeteció.

No somos presas de un cuerpo, tenemos la suerte de que nos acompañe. Lo que hagamos con él, es solo cosa nuestra, de nadie más. Ni del tío que me gritó gorda una vez por la calle porque sí, ni del camionero que esta mañana me ha silbado como si fuese un perro. Olvidemos qué le parecerá a otros. Enamorémonos de lo que es capaz de hacer y de sentir. Dejémonos claro que estos somos nosotros, sin más vuelta de hoja, sin arrepentimiento. Y el día que todo acabe de lo único que me quiero arrepentir es de no arrepentirme de nada.

Antes de terminar, sin ánimo de hacer publicidad, aprovecho a dar las gracias a la marca que, finalmente, me vistió para el evento, haciéndome sentir bonita y agradecida de lo que Dios y mi madre me han dado. Gracias, ASOS por un modelo de negocio en el que todo el mundo puede sentirse identificado, sea como sea. Gracias por el vestido, el cariño y por estar cambiando una concepción de la moda completamente anticuado.

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