Los quince años de Sexo en Nueva York y la coqueta media.

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Los quince años de Sexo en Nueva York y la coqueta media.

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En 1998, año en el que comenzó la emisión de la serie que se convertiría en uno de mis fetiches, yo no sabía ni de su existencia. Tenía 14 años y estaba muy preocupada por convencer a mi madre de que me comprara de una puñetera vez unos pantalones de campana y no ser la única de la clase que no los llevara. Bueno, en eso y en que los Backstreet Boys se quitaran más la camiseta en sus conciertos. (Ya apuntaba maneras).

Beta Coqueta en plena adolescencia, vestida a la terrible moda de finales de los noventa, pensando en los Backstreet Boys con cara de obsesa.
Beta Coqueta en plena adolescencia, vestida a la terrible moda de finales de los noventa, pensando en los Backstreet Boys con cara de obsesa.

Allá por el año 2002, vi por primera vez uno de sus capítulos; uno en el que Charlotte se compra un vibrador rosa con forma de conejito y se hace adicta a su amiguito a pilas, con el que no hay que tener citas que puedan resultar un fiasco y que es 100% eficiente. Seguro que las fans de la serie saben a cuál me refiero.

En un par de años me convertí en una completa friki de la serie y desarrollé verdadera obsesión por los cócteles, los bolsos de mano y… los Manolo’s. ¿Qué quedábamos todas en el chino a cenar? Allá me iba yo con mis sandalias de tacón y mi clutch, haciendo que mis amigas se partieran de risa. Cabronas son un rato, pero es pa’ quererlas.

¡Mira! ¡Sarah Jessica Parker a punto de ser devorada por una flor mutante!
¡Mira! ¡Sarah Jessica Parker a punto de ser devorada por una flor mutante!

Yo trabajaba por entonces en un videoclub de viernes a domingo, lo que me dejaba poco tiempo para salir de fiesta hasta altas horas de la mañana. Pero mi amiga Aurora venía a recogerme a la salida del trabajo con su Opel Corsa gris, salíamos a cenar y después, en casa, veíamos capítulos de Sexo en NY sin parar, poniéndonos finas a chucherías y pipas con sabor barbacoa. Esos años engordé mucho… no sé por qué.

Además de con los kilos, me quedé con algo más: amor (con hache y todo, de lo grande que es) por la serie. La asocio a un rato con las chicas y cuando me siento a ver algún capítulo siempre termino llamando a mis coquetoamigas para lloriquearles entre carcajadas que las echo de menos a rabiar. Seguro que no soy la única. Es ver un par de capítulos y sentir la necesidad de arreglarse y salir con las chicas a tomar una copa. Pero… ¿qué tiene la serie para que signifique todas esas cosas para nosotras?

No, no es real. Cuando la veo, por más que quisiera, no pienso: mi vida en imágenes. Lo más lejos de la realidad. Yo me paso la vida en una oficina ultra fea, con una moqueta terrorífica que se come los clips que se nos caen al suelo y a la que hay que dar ofrendas humanas de vez en cuando para aplacar su ira. Y si yo intentara meterme alguno de los modelitos que llevan, probablemente lo reventaría como Hulk o parecería un redondo de ternera. Poco sexy lo de parecer carne envasada (apúntatelo, Lady Gaga, para la próxima).

¿Mi oficina o El Resplandor? Mi no tener claro...
¿Mi oficina o El Resplandor? Mi no tener claro…

El caso es que da igual Nueva York, Madrid, Valencia, Vigo o Cáceres. No importa el lugar, siempre habrá un grupo de chicas reunido alrededor de unas copas, despellejando a los hombres, hablando de sexo y estallando en carcajadas. ¿O no es lo que hacemos cuando nos reunimos? ¡Venga! No os hagáis las duras ahora. Cuando yo quedo con mis amigas, la palabra más utilizada se refiere a genitales masculinos y no es políticamente correcta. Si a Aurora la llevaran a la tele a hablar, sonaría un continuo pitido.

Y claro, nuestra vida es bastante menos glamourosa que la de Carrie, Samantha, Miranda y Charlotte. Nosotras no tenemos un vestidor lleno de modeluquis de firma ni nos agobiamos por no poder reservar mesa en el restaurante más cool. A decir verdad, solemos llevar vaqueros y siempre cenamos en el mismo sitio, donde bebemos vino turbio antes de los gintonics. No hay estupendas copas de Martini, ni filigranas de cítricos en nuestros combinados. Es todo más de andar por casa, pero… ¿qué importa? Porque nosotras nos convertimos entonces en las protagonistas de nuestro propia serie.

A pesar de que dejamos para las que se lo puedan permitir los outfits de marca, las conversaciones no son tan distintas a las que tienen las chicas de Sexo en Nueva York. Los escarceos sexuales de las solteras de la pandilla (cuéntanos más, decimos con cara de viciosa), las confesiones de las demás (“mi novio me ha regalado por navidad un centro de planchado”), los comentarios subidos de tono sobre algún mozalbete (vente pa’aca con ese culito para partir nueces!), los eventos sociales que planeamos (que el 95% de las veces implican que yo termine desnudándome y/o Jazmín queme algo) y moda… (de moda más bien poco. Ellas critican mis bolsos y después alcanzan el climax). Hablamos sobre todas esas cosas, sí, pero sobre todo hablando del amor. Buscar el amor, mantener el amor vivo, dejar de querer, enamorarse… son cosas que monopolizan casi todas las charlas de un grupo de amigas. Porque no tenerlo nos agobia, mantenerlo joven y fogoso es un trabajo a jornada completa y ¿qué cosas hay más bonitas que enamorarse como una auténtica soplapollas?

Eso me hace pensar en “En los zapatos de Valeria” y en sus chicas: Valeria, Lola, Carmen y Nerea. También son cuatro, como las protagonistas de la serie y también tratan abiertamente el tema del sexo, ponen a caldo a los hombres y hablan sobre el amor. Valeria porque se le escapa de las manos; Lola porque aunque finge que le da la espalda, no puede alcanzarlo; Carmen porque está enamorada como una niña y Nerea porque, en el fondo, le sigue siendo ajeno. No, no creo que mis novelas sean costumbristas y reales como la vida misma, pero pienso que podemos vernos reflejadas en ellas.

Me han preguntado muchas veces si no he pretendido hacer de esta saga un Sexo en Nueva York a la española. Bueno, son cuatro chicas, sí, la prota es escritora y soy una gran fan de la serie, pero no creo que haya sido un calco. En realidad, la idea original tenía cinco personajes. A Marga, la hippy, me la tuve que dejar por el camino para poder abarcar todas las historias y no enredar tanto la trama hasta no aclararme ni yo. Además, la idea inicial no tenía nada que ver. Pero apareció Víctor y de pronto la historia inicial no tenía sentido y él pedía más y más atención… (que yo con gusto le daría a raudales de darse el caso de ser real)

A este Víctor le daba yo... toda mi atención. Ejem, ejem.
A este Víctor le daba yo… toda mi atención.
Ejem, ejem.

Lo único que me importaba cuando me sentaba a escribir, era que cualquier coqueta pudiera sentirse identificada con alguno de los personajes. Ya estaba harta de historias irreales que nunca tenían que ver conmigo. Exactamente lo mismo que busca Valeria en su libro: una historia real. Y si no real… verosímil.

Y al final, ya sean las chicas de En los zapatos de Valeria o las de Sexo en Nueva York, hacen lo que hacemos todas. Sentarse con unos combinados a rajar como buenas marujas, a veces pasando por alto parte de la narración para llegar a la parte más interesante (llena de palabras malsonantes y detalles escabrosos).

Porque nos encanta hablas sobre lo maravilloso que es el amor cuando se alcanza y de lo interesante y duro a la vez que es averiguar en primera persona, si lo del príncipe azul es solo cosa de cuentos.

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