Los complementos y el hombre perfecto.

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Los complementos y el hombre perfecto.

cabecera-complementos

Hola Coquetas!

Llevo días dándole vueltas a la idea de confesar una vez por todas lo que mi oscura mente esconde. Sí, sí, Beta Coqueta tiene un lado perverso con ideas malignas que la hacen reír entre dientes en la más absoluta soledad. No, tranquilas, no tengo desequilibrios mentales (o al menos no muchos)  Sólo es que de vez en cuando me planteo cosas que al menos Mr. Coqueto clasifica como pérfidas. No es que tenga un plan para dominar el mundo (aún).

Es solamente que a menudo tiendo a pensar que los hombres son como los complementos. Así, a lo bruto. Seguro que alguna más lo ha pensado. Y no. No estoy hablando de las alitas de pollo que puedes añadir a tu menú de hamburguesa y patatas, si no a la moda. Sí, los hombres son como un bolso o unos zapatos. ¿O no es verdad que nos quedan bien o mal, según cómo seamos?

Es simple. A una chica como yo, de metro setenta a la que le gusta calzar tacones le hace falta un hombre alto y además de espalda ancha, muy masculino. Eso nos hace parecer delicadas aún estar subidas en unas magníficas plataformas o a esas maravillosas flatforms que tanto se han puesto de moda y por las que seguro me dejaré seducir este verano. Y claro, si mides un metro cincuenta olvídate de buscarte un Andrés Velencoso que decore tu vida, porque lo cierto es que parecerás recién sacada del país de Liliput. Mejor eso déjanoslos a las grandes, que buena cuenta daremos de él. (Ahora que lo pienso su novia podía aplicarse el cuento y cederlo, ¿no?)

He aquí las pruebas del crimen...
He aquí las pruebas del crimen…

A lo que voy, que es que nombro a Velencoso y me pierdo.

Puede que a quien me lea le parezca una verdadera barbaridad, pero lo cierto es que muchas veces las mujeres mejoramos o empeoramos en función de quién llevemos de la mano, del mismo modo que lo hacen ellos. Todo comunica, como un buen accesorio añadido a un LBD (que, por si me leen mis amigas, aclararé que significa Little Black Dress, no una nueva droga de diseño).

Explicación gráfica sobre el LBD
Explicación gráfica sobre el LBD

La semana pasada una gran amiga mía me invitó a un café para premiar mi fidelidad y de paso poder desahogar sus penas. Mientras yo le daba vueltas a mi frapuccino desnatado (cuyo propio nombre ya es una auténtica contradicción en sí misma) ella me hablaba de su último desengaño amoroso. Era una historia tristemente común. Se conocieron en una fiesta y al momento saltó una chispa que tardó más bien poco en prender en los dos. Tanto prendió que en la segunda cita tuvieron que quitarse toda la ropa y revolcarse por el colchón para intentar apagar las llamas. Ejem, ejem. ¿Y qué pasó entonces? Lo que las películas de Disney con las que crecimos pasaban por alto: el príncipe cogió el caballo y a galope… desapareció en combate. Ni llamó, ni contestó un mensaje ni hizo el menor caso a un comentario de Facebook. Ella pasó página dispuesta a no acordarse ni de su nombre en el plazo de una semana; la vida ya es suficientemente complicada por sí sola como para ponerse a indagar los motivos que hacen a un hombre ignorarla a una. Pero… abracadabra, que lo encontró una tarde por el centro cogido de la mano de otra chica. Él se ruborizó y ella pasó de largo, mirándolo, sí, pero sin muestra alguna de interés.

El hombre, perro del Hortelano por naturaleza, no pudo evitar llamarle y explicarle que tenía una relación tormentosa con su novia de toda la vida a la que le daba pena abandonar y que si no se lo había dicho antes, había sido por vergüenza y remordimientos.

Y así se encontraban en ese momento. Que sí, que no, que caiga un chapuzón que rompa los cristales de la estación. Era evidente que el tipo no valía la pena, al menos no como el hombre con el que hacerse vieja y colgajosa como un Shar Pei, pero habíamos empezado ya con el “es que es tan guapo”, “es que tiene tanto estilo”, “es que me encantan los hoyuelos que se le marcan en las mejillas cuando se ríe” y todas esas tonterías que nos creemos las mujeres cuando en realidad nos hemos encaprichado de un hombre y queremos que nuestras braguitas acaben dentro de su bolsillo (a poder ser rotas).

La cuestión es que no encontraba las palabras adecuadas para decirle que aquel pimpollo era un tipo seguramente aquejado de Síndrome de Peter Pan y, mientras paseábamos tras el café frente a unos escaparates se me ocurrió el símil perfecto. Me paré, la cogí del brazo y llevándola hasta la vitrina le señalé unos preciosos salones de tacón alto en tonos vivos, de firma y muy caros.

– Son preciosos. – me dijo anonadada, con las manitas pegadas al cristal.

– ¿Los ves? Pues son como tu ligue.

– ¿Mi ligue es como un zapato? – se quejó riéndose.

– Sí. Escucha. Son unos zapatos preciosos, ¿verdad? Realmente bonitos, pero, mira el tacón; deben ser muy incómodos. Además el color es complicado de combinar con tu fondo de armario; es probable que te canses de ellos muy rápido y terminen abandonados en un rincón. Y mira el precio… ¿no crees que te saldrían demasiado caros?

Esa es la terrible verdad. Buscamos al hombre perfecto de la misma manera que buscamos ese complemento it de la temporada que, siendo barato nos haga salir airosas de cualquier compromiso social. ¿O no nos encaprichamos igual de los hombres que de los accesorios? “Es que esos zapatos son tan monos”, “es que tienen tanto estilo”, “es que me encanta cómo quedan con mi vestido”, cuando lo que queremos en realidad es que nos hagan parecer estilosas y estilizadas y nuestras braguitas acaben en casa de algún caballero.

La mayoría de las veces ese hombre por el que perdemos el norte es alguien que no nos es cómodo, que desentona con el resto de nuestra vida y que además, nos saldría muy caro.

Ay, coquetas, con la moda y con los hombres, el truco está en mantener la cabeza fría.

Con algunos tíos, deberíamos probar esta opción. (Aunque se me ocurre otra parte del cuerpo a enfriar)
Con algunos tíos, deberíamos probar esta opción. (Aunque se me ocurre otra parte del cuerpo a enfriar)

Y, total, las modas cambian, lo que hoy está in, mañana estará out y aunque pasadas las décadas podamos rescatarlo porque volverá a estar de moda, no existe el complemento inmejorable como tampoco encontraremos jamás al hombre perfecto (Velencoso vive lejos, dicen). Así, que se apliquen el cuento ellos y dejen de exigir la perfección femenina, porque tampoco existe (Adrianna Lima es un holograma).

Perfección, ja. Ni falta que hace.

Fdo: los hoyuelos celulíticos de mis muslos.

Share this post

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on print
Share on email