Los 10 grandes tabús de la vida coqueta

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Los 10 grandes tabús de la vida coqueta

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La vida está llena de cosas. Algunas son guachis y otras no. De algunas se habla mucho y de otras, no tanto. Así somos. Hemos hablado de lo humano y lo divino hasta el desfallecimiento, pero parece que, al final, lo humano es demasiado escatológico para nosotros y solemos dejarlo de lado en pro de acabar idealizando la vida. Y claro, las mujeres somos las que salimos peor paradas en esto, porque como dice Luzu en su videoblog, los hombres buscan en las mujeres todo aquello bueno que ellos no tienen… (con su consiguiente presión social)

Yo les entiendo, que conste, porque nosotras también buscamos en ellos todas aquellas cosas que nosotras no tenemos. Por ejemplo: pelo en el pecho y pene. (Perdón, es que el pelo en el pecho me pone y a veces dejo a mi subconsciente escribir por mí. Lo del pene sé que me lo perdonáis) El caso es que ellos quieren que seamos seres candorosos (sin pelo en el pecho y sin pene si son heteros) bajados del cielo con nuestras alitas divinas. Suelen obviar por el camino que nosotras somos tan humanas como ellos y, por lo tanto, pecamos de algunas cosas que no entran dentro de ese perfil divino que se nos ha otorgado. ¿Nos idealizan? ¿Nos divinizan? ¿O es que la sociedad, como ya he dicho alguna vez, nos va empujando cada día más hacia la obligación de ser perfectas? Pues ya lo siento, ¿eh? Porque sería genial ser perfecta y no tener que preocuparse por nada, pero resulta que las mujeres tenemos que vérnoslas con cosas mucho más terrenales.

¿Por ejemplo?

  • Dolores femeninos. Como bien dice mi sabia amiga Tone, tú puedes llegar al trabajo y confesar que tienes una migraña horrible, una gastroenteritis o el dengue; todos te comprenderán y serán dulces contigo como si fueses un gatito bajo la lluvia (si es que no son una pandilla de hijos de la gran pi pi pi pi el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura, inténtelo de nuevo más tarde). Pero no te atrevas a decir que lo que te duele está más al sur y se concentra en tu vagina. “Me duele el coño como si me estuvieran metiendo una aspiradora a toda potencia.” No, no puedes decirlo, pero es la definición que más se acerca a esa horrible sensación. Lo siento, señores, pero por mucho que quieran hacer creer los anuncios de tampones y compresas, no nos sentimos felices, no nos apetece bailar espatarradas en bragas y tacones y no nos preguntamos a qué huelen las nubes. Sólo nos duele la vagina, la tripa y los pezones. Gracias.
  • Las mujeres tenemos pelo en el cuerpo. Me parece fenomenal que la moda sea ir depilada. Estupendo, soy la primera que se ha apuntado a lo de la depilación láser. Pero, no hay que llevar las cosas al límite. Porque un día él mete la mano por el camal del pantalón, nota que rasca un poco y… le falta arrancarse la camisa como Camarón. ¿Y qué decir de su obsesión por la depilación íntima? “Oye, chato, ¿te has depilado alguna vez con cera caliente un tejido blando?” Pero no puedes llevar cortafuegos controlados, tienes que ser un desierto, porque ellos lo han visto en el porno y les hace gracia. No hay derecho. Porque desde que nos hemos levantado, hemos tenido que lidiar con imbéciles e imbécilas por doquier y lo último que necesitamos es encontrarnos con otro en casa al que un pelo trastoque el sentido común (si es que tiene).
  • Las mujeres tenemos ano. Y vamos al baño, claro. Por favor, sin sinónimos como “hacer de vientre” que es aún peor. Yo prefiero hacer caca, así, en plan fino y si no “irse de baretas como la tía Enriqueta montando en bicicleta”. Eso último es cosa de valencianos, que no andamos muy bien del tiesto. Pero vamos, que es lo mismo. Y el caso es que para algunas cosas sí se acuerdan que tenemos ano, los muy pornoadictos. Sólo se acuerdan cuando hacen una visitita a Pornotube, al parecer.  Pero para el resto de las cosas en el mundo que no tienen que ver con su mórbido placer, carecemos de ello. Por lo tanto, nosotras no tenemos derecho a ciertas cosas. Nuestro cuarto de baño no puede sino oler a rosas cuando nosotras salimos. Creo que hasta esperan que cuando se abra la puerta y nosotras salgamos se escuchen arpas celestiales y nos acompañe un haz mágico de luz. Y lo contrario es, para la mayoría de ellos, causa de sorpresa y estupor. Claro querido, convierto la comida que digiero en amorosos suspiros…
  • Tenemos gases. Claro, como no tenemos ano, no tenemos derecho a sufrirlo, pero mira por donde. Ya puedes haberte visto en la tesitura de que tu señora suegra te llene el plato de garbanzos hasta arriba, pero Dios nos salve de que se te ocurra tirarte un pedo. Y si te lo tiras, tiene que ser mono. Un pedito de bebé. Y claro, si ya es más sonoro que los suyos… cágate lorito. O bueno, no te cagues, recuerda que no tienes ano.
  • Existen los pedos vaginales. Es una cosa que pasa y que no podemos evitar. No hay intencionalidad. No es que nosotras estemos encantadas con esos sonidos que emite nuestro cuerpo cuando menos te apetece o que podamos controlarlos, pero tenemos que aceptarlo. Si entra aire, tiene que salir. Y no sale por otro sitio. Sale por el mismo por el que tú lo metiste, chato. Y ni se te ocurra preguntar, en ESE momento algo como “¿eso ha salido de ahí o de detrás?” porque hasta el juez más estricto consideraría tu muerte como justificada.
  • Las mujeres tenemos apetito sexual. En realidad todo el tema de la mujer y el sexo es un completo tabú. Pero nosotras sentimos también la llamada de la jungla y también nos duele físicamente no seguirla. Y no hay nada de malo en ello. No somos como muñecas Barbie, somos seres vivos con instintos tan animales como los de ellos, pero parece que la historia no nos ha dado tregua sobre el tema. Ellos tuvieron derecho de pernada y nosotras… derecho a jodernos.
  • Nosotras también vemos porno. Y, ya puestos, añado: señor@s director@s del porno “femme friendly”, el cometido del porno es ser gráfico, explícito y excitante. Para ver escenas de gente acariciándose con luz bonita, ya nos ponemos Crepúsculo. (O el anuncio de KH7 de Bigas Luna!)

  • … y nos masturbamos. Porque hemos aprendido a solventarnos la vida. El sexo es más agradable, así que no tienen por qué sentirse amenazados. Y un dato más: los juguetes están a mano, son efectivos (nunca fallan), siempre les apetece en el mismo momento que a nosotras, no pueden dejarte embarazada y además, no podemos enamorarnos de ellos y que después nos destrocen el corazón. Pragmatismo femenino.
  • Las chicas pensamos en sexo y fantaseamos. Y a veces fantaseamos con cosas que no nos gustaría hacer ni pagándonos y con gente a la que, en la vida real no tocaríamos ni con un palo. Y eso no quiere decir que seamos unas frescas y unas guarras. Eso quiere decir que tenemos deseos e imaginación. ¡Y las risas que nos echamos a vuestra costa!
  • Sangramos una vez al mes y no morimos. ¿Cuántas veces habéis escuchado la broma de que “no es posible fiarse de alguien que sangra una vez al mes y no muere”? Porque en mi oficina tuvo una temporada de bastante recurrencia. Jodo. Qué pesados son. Y todos ju ju ju ju, riéndose como neandertales mientras nosotras les mirábamos, café en mano, con ganas de hacérselo aspirar por las fosas nasales. Y el caso es que, si algún día se te ocurre decirle a tu jefe “tengo la regla y me encuentro mal” verás que te trata como si estuvieras aquejada de fiebre amarilla, malaria, peste negra, lepra y sífilis… todo junto. Volvemos entonces al punto número uno en una especie de parábola espacio temporal. ¡¡Señores!! ¡¡Que no pasa nada!! Miren, es sólo que el óvulo no fecundado se desprende de las paredes del útero arrastrando tras de sí… cosas chuscas. (Hasta ahí mi sabiduría sobre el cuerpo humano, gracias).

Mientras los hombres se dan cuenta de todas estas cosas y las asumen, aquí seguimos nosotras. Y debo confesar que, como es lo que hay, he decidido buscar la manera de “disfrutarlo”. De vez en cuando saco a pasear los tampones que guardo por si acaso en el bolso para ver cómo se comportan ellos. Tampax… su criptonita.

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