El loco parto de un libro

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

El loco parto de un libro

Me lanzo a escribir este post sin estar segura de si os interesará el tema. A decir verdad… ahora que lo pienso, quizá sea uno de los más lógicos que he escrito en los últimos años. Escribir absurdeces por aquí se me da fenomenal, pero hoy me lanzo a intercalar las fantochadas habituales con información real porque, a través de redes sociales, he recibido muchas veces preguntas sobre cómo es mi proceso de trabajo.

Sé que muchas de las que me leéis estáis enamoradas de las letras y en muchos casos es posible que lo estéis en el más absoluto silencio. Os entiendo perfectamente porque me costó años decir en voz alta que me gustaba escribir, que mi sueño era dedicarme a las letras y que soñaba a través de la pantalla del ordenador. Y… después del esfuerzo que supone desnudar esa parte de nuestro yo, ¿sabéis qué recibí? Una de las primeras contestaciones, de un compañero de Mordor, fue: “que bailes y cantes en ropa interior delante del espejo no te convierte en Madonna”. Pasé mala tarde, porque soy (cada vez menos, gracias al cosmos) sensible con ciertas facetas de mi vida, pero se me pasó. Y seguí. Porque a lo mejor no era Madonna, pero me gustaba lo que hacía y lo hacía porque me gustaba.

Años después otro compañero de Mordor se mofó de mi autopublicación en Amazon y meses después, cuando entré a formar parte de la familia editorial de Suma de letras, otro aprovechó para hacer más mofa aún. ¿Dolió? Ni lo recuerdo. Buena señal. Aunque de lo que sí que me acuerdo es de que no me corté con la respuesta. Pero seguí. Porque me gustaba lo que hacía y lo hacía porque me gustaba.

¿Qué quiero decir con esto? Que por muy imposibles que parezcan las cosas, por mucho que los demás se rían de los intentos o de nuestra fe, por más que otros se limiten a esperar a que nos caigamos… tenemos que intentarlo. Porque es cosa nuestra y de nadie más y mandar el pánico a tomar por culo da un gusto que flipas.

Dicho esto… si te gusta escribir y tienes curiosidad sobre cómo se organizan otras personas, si te gusta leer y compartes esa curiosidad, si has caído aquí por error o si tienes cinco minutos para el café y nada mejor que hacer que leerme: aquí tienes mi loco proceso creativo.

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Las ideas son organismos vivos. Aparecen, crecen, maduran, usan tus dedos para hablar y cuando han pinchado tu cerebro, agujereado tus horas de sueño hasta convertirlas en un queso gruyere y se han hecho tangibles, respiran tranquilas y cierran los ojos. Son como pequeños duendes que hasta que no se ven retratados no se van. Y a veces, cuando salen al mundo real son ya tan tuyos que es imposible borrarlos de tu piel. Y de dentro.

Es curioso. No podría explicar cómo nace una idea. A veces a partir de una palabra cazada en el aire al escuchar una canción. Otras veces en el paisaje que se desliza más allá de la ventanilla del tren en el que viajas. En la historia que cuenta una amiga o una desconocida en el metro. En una tarde a solas en casa, con un vinilo y una mascarilla en la cara (de esas que provocará un paro cardiaco a Mr Coqueto si me encuentra tendida en la cama con esto puesto).

Lo que sí puedo diferenciar son dos categorías: las ideas que buscas y las que te encuentran.

A veces tienes algo rondándote la mente como un dementor de Harry Potter. Algo sin forma, como una neblina llena de letras que no llegan a ordenarse y que, harta de sentir frotando las neuronas una y otra vez con un cosquilleo desagradable, te sientas a ordenar. Te sientas y buscas la historia que hay detrás de la idea escurridiza que aún no ha germinado. Eres tú quien sacas lo que puedes de ese algo que intuyes y trabajas tirando de las ideas, construyendo un esqueleto que ir armando con argumentos, tramas y subtramas. Estas son las ideas que tú buscas.

Por otro lado están las otras… las que te colonizan por completo. Un día son una neblina, como sus hermanas, y el siguiente son casi tangibles y compactas. Y de pronto te levantas y tienes en la cabeza nombres, tramas, finales, frases, escenarios… Así de loco.

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Siempre tengo a mano mi libreta. A la pobre libreta le doy muy mala vida y me odia con toda su alma porque la llevo en el bolso hecha una porquería, escribo entre sus páginas apretando mucho el boli y a veces sin orden ni concierto. Está confusa, pero yo la entiendo.

Suelo dividir las libretas en diferentes partes durante el proceso de escritura. En un primer momento, escribo un “briefing” sobre la historia a grandes rasgos, giros, posibles títulos y personajes principales. En este documento cuento todo lo que sé sobre la historia y después respiro tranquila porque ya está todo sobre el papel.

Y llega el momento de conocer a los personajes. La cabeza se convierte en una fiesta llena de gente nueva a la que debo conocer y de la que debo hacerte íntima. Los personajes de anteriores historias a los que he cogido mucho cariño (Pablo, por favor, vete ya, en serio, esto va a terminar muy mal… conmigo con una camisa de fuerza gritando que te echo de menos, por ejemplo) tiran de mí porque, qué leches, ya los conozco, estoy habituada a entablar conversaciones con ellos y me siento cómoda. Pero tienes que librarte de esa nostalgia y echar hacia delante.

Así que empiezas a preguntártelo todo sobre los nuevos personajes. ¿Qué le gusta? ¿De dónde vienen? ¿Qué odian? ¿Cuál es su historia? ¿A dónde quieren llegar? ¿Les gusta el helado de nueces de macadamia? ¿A qué famoso chuperretearían como a un polo? ¿Cómo les gusta vestirse? ¿Qué harían con un millón de euros? ¿Son más de gatos o de perros? ¿Cuál es su zona erógena? ¿Coleccionan algo? ¿Tienen manías? ¿Cómo hablan? ¿A qué suena su voz? ¿Qué olores forman parte de su catálogo de recuerdos?

Hay quien anota todas estas cosas en un cuestionario. Yo soy más de llevarlas encima, en la cabeza y anotar solamente cosas clave que sé que necesitaré, como frases que se me ocurre que definen a la perfección a un personaje en un diálogo.

Y después… cuando ya conozco al personaje… la historia se va armando ella sola.

Las escaletas descriptivas también son muy útiles (esquema en el que haces un esbozo del contenido de cada capítulo y que sirve como guía) pero yo no lo llevo a raja tabla. Suelo hacerlo al final, cuando veo que termino el libro y tengo la sensación de no encontrarme el culo a dos manos.

Por supuesto, si voy a hablar sobre un tema que no conozco demasiado a fondo o si voy a situar la acción en un escenario que me es desconocido, es en este momento en el que inicio la documentación. Martina y Maggie son, por ahora, los dos proyectos en los que más tiempo invertí en documentación. Con Martina, por ejemplo, estudié dos asignaturas del ciclo superior de cocina (Técnicas culinarias I y Técnicas culinarias II, para más datos), me leí de cabo a rabo el libro de El Bulli, compré manuales de cocina, libros de recetas, me paseé por tiendas de ropa de segunda mano, leí dos libros sobre… uhm… un tema del que no quiero hablar por si alguien no lo ha leído y le jodo Martina en tierra firme y hablé con dos psicólogos diferentes. Y aún así… se me colaron erratas (que fueron convenientemente corregidas en las siguientes ediciones). Lo que quiero decir es que uno nunca está lo suficientemente preparado para darlo todo por hecho. La documentación es esencial y es bueno tener siempre a mano una bibliografía que apoye el proceso.

Y una buena banda sonora. Sin eso no sé vivir. Cada vez que empiezo un proyecto creo una lista en Spotify secreta donde voy metiendo todas las canciones que me apetece escuchar en ese momento. Al final, de entre éstas, sale la BSO de la propia novela.

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Los personajes se convierten, en el mismo momento en el que nacen sobre el papel, en una especie de entes vivos que viven en una segunda dimensión a la que solo accedes a través de la imaginación, así que me convierto en una persona muy despistada cuando estoy escribiendo, porque casi siempre estoy allí, en ese espacio imaginario, poniendo piedras al muro para que coja consistencia.

Los viajes en coche conmigo se convierten en un remanso de paz y silencio (y aburrimiento para el que vaya a mi lado) porque mi actividad cerebral se concentra en otra cosa. Cualquier momento es bueno para irse de puntillas a esa habitación a oscuras, calentita, cómoda y con una buena banda sonora donde bebes té y escribes sin que nadie te moleste. Puede que Míster Coqueto me esté preguntando si he comprado arena para los gatos y que yo le conteste “me alegro”.

Y no creas que mejora. Empeora. Porque cuando ya conoces a los personajes, la historia está encaminada y sabes perfectamente qué va a pasar, sufres. Con ellos y por ellos, porque eres extrañamente consciente de que eso que les va a pasar, se lo vas a hacer tú. Recuerda… me vuelvo completamente loca y es como si estos personajes existiesen de verdad y yo decidiera su suerte. Así que paso unos días malos, apenada y acongojada porque además, suele coincidir con el cierre del proyecto y… me asaltan todas las dudas. ¿Será suficientemente divertido? ¿Y romántico? ¿Hablará de cosas que las lectoras sientan cercanas? ¿Se sentirán identificadas? ¿Les enamorará el personaje masculino? ¿Les caerá bien la protagonista? Y no se piensa en las críticas en general porque, baby, haters gonna hate y hace mucho tiempo que eso ocupa su no-lugar en mi mundo y no me preocupa. Lo que realmente me angustia en ese momento es que decepcione a las personas que se acercan al libro con ilusión y ganas.

Así que invierto al menos el 75% de mi energía emocional en cada proyecto y, durante meses, me dejo a merced de la historia, lo que me convierte en una persona bastante extraña y en una loca del coño.

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Cuando pones el punto y final a una historia; cuando escribes la última palabra; cuando empiezas a despedirte de sus personajes… empieza el rock & roll.

Para mí las correcciones es uno de los momentos más bonitos del proceso. Cuando lo he compartido con algunos amigos, suelen mirarme con cara extraña porque todo el mundo da por hecho que revisar es un coñazo pero… es un proceso mediante el cual limas las superficies que no han quedado suaves y das brillo a algo que salió de tus dedos. Es reconfortante.

En esta parte del proceso lo mejor es tener ayuda. Es mi consejo. Si te gusta escribir, si has ideado una historia, le has dado vida a sus personajes, has vivido a través de ellos durante meses, has descubierto cosas que no conocías y tienes entre manos un manuscrito terminado… hazte con un lector cero de confianza. O dos. Y pídeles que te digan todo aquello que no les encaje, que no les guste y que te marquen en rojo las erratas. Y antes de dárselo, revísalo bien. Léelo un par de veces entero, sin prisa, dándole tiempo a que repose y tú puedas haberte distanciado un poco de la historia para verla con más perspectiva. Sé autocrítica. Sé exigente contigo misma. Pídete siempre el mayor esfuerzo y no te contentes con menos porque siempre puedes dar más.

En este momento es importante que una sepa asumir la frustración porque encontrarás alguna que otra piedra. Cosas que te gustaban y que, por unanimidad, los demás opinan que no encajan. Cosas que no te gustaban que ves necesarias. Opiniones de lo más diversas. La evidencia de que te has equivocado en algunos puntos. No pasa nada. Los demás no son los culpables. Recuerda que has sido tú quien ha buscado lectores cero de confianza. Respira hondo. Todo tiene solución. Y es hora de darle brillo.

En mi caso, el proceso es: edición (mi editora lo lee y me devuelve el texto con sus impresiones, yo aplico los cambios o le doy una vuelta a lo que no termine de ver claro), corrección ortotipográfica (un corrector profesional le da una vuelta completa al texto para que no se escape ninguna errata, cosa que creo que es imposible porque siempre, siempre, siempre, se escapa alguna cosilla y se me manda de nuevo para que yo acepte los cambios), galeradas (me envían el texto ya maquetado para impresión y lo reviso de nuevo de principio a fin) e… imprenta.

Después llega la fase de pánico en el túnel, pero sin Silvester Stalone organizando el cotarro. De pronto te martillea la idea de que no le has sacado partido a la idea, de que hay una cosa que cambiarías si pudieras, que bla bla bla bla. Yo sueño que me peleo con los personajes, que me caen cajas de libros encima, que se me olvida escribir… pero es normal. Cuando llega ese momento solo hay que respirar profundo. Y en mi caso pasar por aquí para escribir un post de 2300 palabras sobre el proceso creativo para distraerme un poco del pánico en el túnel. Si al menos viniera Milo Ventimiglia vestido de bombero…

Por cierto. Pene.

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