Las grandes mentiras del género masculino

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Las grandes mentiras del género masculino

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“Hoy es día de post”, eso es lo que he pensado cuando me he levantado de la cama. Uhmmm. “Y yo en bragas”, ha sido el segundo pensamiento. Y no porque fuera en paños menores, que lo iba, sino porque no se me ocurría de qué hablar.

Como todas las mañanas de agosto, mi compañera (y sin embargo amiga) Cristina y yo hemos ido a comprar el desayuno. Íbamos hablando del diseño de cejas y esas cosas, cuando de pronto… me ha dado la clave para post de esta semana. ¡Gracias Cris, porque siempre me das unas ideas de la h****a! Aclaro que ella me ha dado la idea del post para evitar malentendidos sobre el origen de mis ideas.

Al ajo.

Todos sabemos la diferencia entre el bien y el mal. Bueno, todos menos los psicópatas, los sociópatas, los amorales y mis gatos. Y ahí andamos por la vida, en el límite del bien y del mal como cantaba La frontera allá por el año 89.

Queremos ser buenos, pero a veces podemos y otras veces al menos lo intentamos. En este proceso de pasar por la vida tratando de hacerla lo más sencilla posible para todos (o al menos esto es lo que tendría que ser nuestro motor vital, la verdad) nos valemos de pequeñas triquiñuelas. Algo así como las pantallas de bonus en el videojuego de Sonic al que estaba enganchada en la década de los noventa (madre, la perra que me ha dado con esto del remember). Una de esas triquiñuelas son… las mentirijillas. Algunas necesarias; otras piadosas y algunas inexplicables, las mentiras a veces nos facilitan la vida y otras veces la complican. Desde luego, es la salida más rápida, la chuleta en el examen, el atajo. Lo que pasa es que dicen que tienen las patas muy cortas; vamos, que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.

Dicho esto… hombres del mundo. LO SABEMOS. Sabemos que mentís y para más inri… sabemos cuándo, cuánto y casi siempre por qué. Algunas veces os montamos un pollito bueno y otras tantas nos hacemos las tontas por no dejaros en evidencia, porque nos dais ternurita. Pero saberlo… ¡vamos! Tenemos un jodido detector. Lo que pasa es que, además, hay veces que preferimos la mentira a la cruda realidad.

He aquí el catálogo de mentiras más comunes del género masculino.

Yo no me masturbo

Claro que no, mi vida. Tú y tu colita tenéis una relación basada en el absoluto respeto y la convivencia pacífica. ¿Pero a quién queréis engañar? Os tocáis, como todo el mundo. Y no os vais a quedar ciegos ni se os va a caer, palabrita. A ver si os creéis que nosotras no lo hacemos. Y por si ahora algún iluminado osa preguntarse por qué nos mosqueamos cuando descubrimos porno en el historial de navegación, diré que no es el porno, es el tipo de porno. Ojito.

La puntita nada más

Eh… cuéntame otra. ¿Qué interés va a tener alguien en meter la puntita nada más? Eso que nos mira amenazantes no va a contentarse con saludar y lo sabemos. Si cedemos es porque queremos, no porque nos engañéis, que conste en acta.

Te prometo que no duele

Vamos a hacer una cosa. ¿Lo hacemos al revés? Porque no tendremos pene, pero hay numerosas hortalizas con forma fálica que nos pueden servir. ¿Te gustaría que te enseñara por dónde amargan los pepinos, mi amor? Pero tú no te preocupes, que prometo que no duele.

¡Sí duele, patán! Que en las películas porno sea todo tan sumamente sencillo no implica que la realidad sea igual. Aunque ahora que lo pienso, supongo que el problema principal es el visionado masivo de porno en vuestra adolescencia. En vuestra cabeza el mundo es un lugar donde las secretarias siempre quieren montárselo con su jefe (por el amor de Dios, ¡¡¡qué puto horror!!!) nos encanta comer pirulos y el orgasmo femenino no existe o se consigue con pollazos en la frente. Gracias industria porno mundial por joder las relaciones sexuales de medio mundo. Aunque bueno, no es que Disney haya hecho mucho por nosotras tampoco. Un día de estos tengo que dedicar un post a las princesas Disney (gracias por engordar nuestras expectativas de romance, hijas de fruta).

Ese vestido te queda genial

Y tú sales tan contenta de casa (porque aún no se han inventado los espejos de tres dimensiones, quien lo haga se forra). Esa mentira puede acabar de muchas maneras: que ese vestido se convierta en tu preferido y hagas el ridículo en todos los eventos sociales de tu vida, que te cedan el asiento en el metro recurrentemente cada vez que te lo pones o que un día te saquen una foto con él puesto. Y ese día que se esconda… porque arde Troya.

La única mujer para que tengo ojos… eres tú

Si lo acaban con un “mi amor”, puñetazo.

Ah. Vale. Entonces aquel día en la cola del cine cuando mirabas maravillado el bamboleo de las tetazas de aquella tía que no llevaba sujetador (ni lo echaba de menos) era por fines científicos. Qué mala cabeza la mía. Siempre se me olvida lo de tu tesis sobre “la parábola del movimiento en pechos enormes de tías sin sujetador”. Cretino.

Esta mentira además es absurda. Tener pareja no nos vuelve ni ciegos ni tontos. Yo sí miro a otros tíos. Mirar no es pecado, leñe, pero con disimulo, joder. Y no es que sea una cerda, que Mr. Coqueto forever. Debe ser que soy estéticamente muy sensible y Andrés, Milo, Jamie, Matt, Henry… son como un buen Kandinsky.

Ni en El Prado había visto yo tanta maravilla junta!
Ni en El Prado había visto yo tanta maravilla junta!

Chupa, chupa, que yo te aviso

Hijos de perra…

Estoy saliendo

Para aclarar dudas que puedan surgir, me refiero a cuando le llamas para preguntar si va a tardar mucho. Él te dice que ya está de camino y el resultado es que los dos os coméis la cena fría y que le odias un poco más que ayer, pero menos que mañana. ¿Es que no os dais cuenta de lo absurdo que es? No vais a conseguir hacer un boquete en el espacio – tiempo para poder llegar a tiempo y hacer la mentira creíble. No tenéis un Delorian. Y no, tampoco vamos a creer en ataques de Godzila, dementores, arcas de la alianza o que habéis tenido que ir al Monte del destino a destruir el anillo de poder, porque todo el mundo sabe que el anillo para gobernarlos a todos, encontrarlo, atraerlos y atarlos a las tinieblas… lo tiene mi madre.

Maldita ciencia ficción.

"Cari, te juro que... eso que salía yo del curro y un dementor que ha venido a preguntarme la hora. Y nos hemos líado, que si el Caliz de fuego, que si la piedra filosofal... ¡tienes que creerme!"
“Cari, te juro que… eso que salía yo del curro y un dementor que ha venido a preguntarme la hora. Y nos hemos líado, que si el Caliz de fuego, que si la piedra filosofal… ¡tienes que creerme!”

Sólo me doy cuenta cuando adelgazas.

Y cuando me pongo como una cerda, no, ¿verdad? Claro. Debe ser algún defecto genético de tus ojos de elfo, que sólo están preparados para detectar pérdidas de peso. No cuela. Cabrones. Y que conste que sé que da mucho miedo decirle a una mujer “cari, creo que estás cogiendo algún kilito”. Pero debe haber algún término intermedio entre la mentira y la Guerra de los Rose. Os reto a buscarla.

¿Yo? ¡Claro que no me pongo tus cremas!

Vamos a ver, churri, que llevas un pegote de mascarilla en la frente. Sí, esa mascarilla de arcilla rosa que criticaste hasta la saciedad cuando te dije que era infalible para aportar luminosidad a la piel. Ahora sé que detrás de tus chistes a lo “como todo lo que te pongas haga efecto a la vez vas a parecer un gusiluz” había inquina y envidia. Mis cremas son mías y las quiero más que a mi madre. ¡No las toques! (Es mentira, mamá, yo a ti te quiero por lo menos, por lo menos, igual que a la hidratante)

Vengo directamente el gimnasio

Pues vas a tener que cambiar de aftershave porque apesta a cerveza, maldito cabrón.

No es que nosotras no contemos alguna que otra mentirijilla piadosa (¿nuevos estos zapatos? ¡Qué va! ¡Si los tengo desde que terminé la universidad!). Quizá lo justo sería dedicar un día de estos un post a las que decimos nosotras pero… ¡al enemigo ni agua! ;P

 

 

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