La coqueta autoexigente y otras maneras de morir

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

La coqueta autoexigente y otras maneras de morir

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A sueños extraños no hay quien me gane. Bueno, mi amiga Bea Andrés anda a la par, la verdad. Pero supongo que, como nos pasa a todas, los nuestros son los sueños que más extraños nos parecen, porque, al fin y al cabo, todo ser humano peca del egocentrismo de encontrar su ombligo muchísimo más hondo que el del resto de los mortales. Pero vamos, que lo hacemos todos. No es algo a tener en cuenta.

Una vez soñé que tenía un cuerno en mitad de la frente que usaba exclusivamente para abrir latas de piña en su jugo que utilizaba para lavarme el pelo. Todo muy lógico y cuerdo. Y no sólo llamé a mi madre para contárselo, sino que lo metí en una de mis novelas. El otro día, sin ir más lejos, me desperté en mitad de la noche asustadísima, porque creía que me habían robado la voz, como a la Sirenita. Quería gritar para que alguien me ayudara, pero no podía. Y lo primero que hice cuando me desperté fue carraspear y decir: “Uf, qué zuzto.” En voz alta.

La cuestión a la que quiero llegar es que, aunque muchas veces los sueños no son más que absurdeces producto de nuestras enfermas mentes (de ahí la cantidad aberrante de sueños erótico festivos que tengo) otras, son el reflejo de algo que tenemos metido en la cabeza y al que no sabemos darle nombre. Y no soy la única a la que los sueños extraños y angustiosos le acosan.

Ansiedades, complejos, miedos y los deseos más oscuros suelen saltar a la palestra en el escenario onírico para darnos una lección. Creo que es la manera que tiene el subconsciente de vapulearnos y decirnos que, pasarlo mal por pasarlo mal, no es una opción de vida.

Antes de ayer soñé que todo lo que podía salir mal en la salida al mercado de mi novela, se cumplía. Hoy he soñado que se me descolgaba la piel del estómago y que cuando iba a tatuarme, me pedían un poco de decencia y me mandaban a casa, porque eso no estaba para ir enseñándolo. Total y en resumidas cuentas: soy imbécil.

Y eso me ha hecho pensar en una cuestión a la que llevo un par de semanas dándole vueltas. Y con indignación, no os creáis, que yo soy muy coplera para estas cosas y parece que me ponga el traje de cola para poder acompañar la disertación con un golpe de talón que me aparte del camino los volantes de la falda cuando me vaya a dar la vuelta. Muy en plan en el punto de partida, de la Jurado.

Al grano. A lo que me refería es a algo que gusto llamar “El curioso caso de la súper coqueta” y creo que todas las féminas que me leen podrán sentirse más o menos reflejadas.

Vengo sintiendo desde hace varios años que las mujeres tenemos más exigencias sobre nuestros hombros: debemos ser mujeres independientes, trabajadoras (por cuenta ajena o empresarias, pero fuera de casa, vaya), amas de casa ejemplares, ahorradoras, coquetas, dedicadas madres que, por arte de magia están siempre estupendas, divertidas compañeras de juergas que les miman el día después, apasionadas amantes y grandísimas cocineras. Vamos, que da igual que nos pasemos fuera de casa de 08.00 a 20.00, que al llegar a casa no nos podemos permitir el lujo de dejar tirada la ropa en un rincón, obviar las pelusas que empiezan a organizarse para hacerse con el control del pasillo, tumbarnos boca abajo en la cama sin pensar en sacar la ropa de la lavadora (o respirar) o pedir comida grasienta a domicilio porque lo único que nos apetece es sentarnos a leer un libro cochino tranquilamente.

Y lo peor de todo es que no podemos permitirnos el lujo porque, en la mayoría de los casos, somos nosotras mismas las que nos exigimos todas estas cosas. Tenemos que ser perfectas. Y si no lo somos, nos sacuden los complejos, los sueños en los que alguien nos come por los pies o los remordimientos de cabeza porque “se nos ha olvidado poner una lavadora de ropa negra”.

Por al amor de Dios, ¿pero qué esperamos de nosotras mismas? ¿Por qué no nos damos cuartelillo? ¡Ellos sí se lo dan a sí mismos! Pero es que… ahí está la clave… ellos no tienen que demostrar nada. Nosotras seguimos sintiendo que sí.

Somos coquetas exigentes con nosotras mismas y, aunque de vez en cuando nos plantemos en huelga y nos dediquemos un día sólo a nosotras mismas, si aparece él con la aspiradora nos azotan los remordimientos porque “eso podría estar ya hecho” “él acaba de llegar” o “va a pensar que soy una guarra a la que le da igual que le coma la mierda”. Pues no.

"Mátame camión, que no he hecho la cena!!!"
“Mátame camión!!! Que no he descongelado el pollo!!!”

¿Dónde están nuestros fines de semana, coquetas? Nuestros días libres. Pero libres de verdad. Como cuando no estamos en casa y ellos pasan de la cama al sofá, de ahí a la cama y finalmente a la silla que hay frente al ordenador. Porque nosotras siempre tenemos que estar haciendo mil cosas a la vez para demostrar que somos independientes, adultas, responsables, trabajadoras, innovadoras y proactivas, pero además, adorables seres colmados de instinto maternal y paciencia, como si fuésemos esa madre de las series americanas que jamás lanza una ultrahostia ni una zapatilla de ir por casa del tipo “arma arrojadiza con efecto que te alcanzará allá dónde vayas”.

Tenemos que respirar hondo y darnos cuenta de que sólo somos humanas. Sólo tenemos dos manos, no podemos arreglar el mundo ni sostenerlo. Podemos hacernos responsables de las cosas a las que alcancemos. Mi madre dice que quien hace cuánto puede no está obligado a más. Y está muy bien que nos exijamos ir siempre un poco más allá, alejando las barreras y proponiéndonos ser siempre mejor. Pero con ojo, coquetas. De ahí a sentirse sobrepasada y comprar un bazoca , hay un paso.

Tal que así, pero con un arma más grande, potente y destructora.
Tal que así, pero con un arma más grande, potente y destructora.

Y creo firmemente que si una aspira a ser tenida en cuenta y tratada con el respeto y la atención que merece, tiene que empezar por sí misma. Tenerse en cuenta a una misma con las necesidades propias aunque algunas sean tan absurdas como quedar con esa amiga tuya del alma para emborracharte e ir al Bingo a gastarte los duros con lo florido y granado del hogar del jubilado (como hice yo el viernes, por ejemplo). Tener en cuenta nuestros caprichos y saber cuándo podemos abrir la mano y dárnoslos y cuando necesitamos un poco más de autodisciplina. Tratarnos con respeto desde algo tan sencillo como nuestra imagen y nuestro cuerpo. Y aprender que siempre ha habido altas, bajas, delgadas y chicas más redonditas. Que las hay rubias, morenas, castañas o pelirrojas. Que algunas tienen pecas o los labios más gruesos. Que los ojos de algunas son grandes, otros rasgados, otros almendrados y que pueden ser negros, avellana, miel, verdes, azules o grisáceos. Da exactamente igual cómo seamos si nos respetamos lo suficiente como para no hacernos sufrir sin necesidad, para entrar dentro de un esquema que alguien se ha debido inventar. Y las modas, queridas, como vienen se van.

¿O es que hemos olvidado la moda de los 80? Todo pasa...
¿O es que hemos olvidado la moda de los 80? Todo pasa…

Seamos mujeres sanas, tanto física como mental y emocionalmente. Aprendamos que todas, sin excepción, tenemos algo precioso que compartir y que, quien no quiera estar a nuestro lado para comprobarlo, tampoco merece una oportunidad para él.

Una cara bonita no es más que algo que, con el tiempo, se arrugará, descolgará o hinchará. Una talla es un número dentro de la etiqueta de una prenda de ropa. Nada más.

Hagamos una lista, coquetas. Cosas que quiero hacer pero para las que nunca encuentro tiempo. Y no va de poner “dejar de fumar” o “salir a correr todos los días”, sino cosas que de verdad nos apetezcan. Algunos ejemplos de mi lista son: 1. Encontrar todos los días un momento para mí (sólo para mí) para lo que se tercie: canturrear, escuchar música (sin hacer nada más) o ponerme esa mascarilla iluminadora que guardo en la nevera esperando poder perder veinte minutos en relajarme y que haga efecto. 2. Apagar el móvil, el Ipad, el fijo y el ordenador una tarde a la semana. 3. Intentar hacer todas las semanas algo que no haya hecho jamás.

A esto último, le llamo mi lista de primeras veces y llevo cumpliéndolo cosa de un mes. Es una tontería que me llena la cara con una sonrisa enorme y estúpida porque, ¿qué es la vida si no un sinfín de probar experiencias?

Relax, coqueta, relax, que a pesar de lo que a veces creemos, nadie corre detrás de nosotras, más que nuestra sombra.

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