La banda sonora de mi vida

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

La banda sonora de mi vida

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Odio los espectáculos musicales. Soy de esas rancias que, cuando todo el mundo se pone en pie para cantar y hacer la ola, se queda sentada o ya está fuera. No hablo de conciertos, claro. En los conciertos lo doy todo como buena loca del coño. No, yo hablo de musicales como los de los teatros de Gran vía. Y sé que estoy en minoría, que la mayor parte del público que ha visto El rey león ha salido encantado, pero yo… no. Salí encantada de poder salir y dejar de ver a tíos disfrazados de gacela haciéndole los coros a una tía disfrazada de mono. ¿Qué le vamos a hacer? Es el ciclo sin fin…

La cuestión es que a todo el mundo que me conoce le extraña bastante esta animadversión mía por los musicales, porque no concibo mi vida sin música. Pongo banda sonora para todo y me parece que cada momento merece un tipo de música en concreto. Por eso asocio a casi todos mis amigos una canción, porque probablemente viví algo grande con ellos mientras sonaba.

Al escribir tampoco me olvido de la banda sonora; mis libros dan fe de ello. Los personajes suelen tener un gusto musical muy similar al mío (por no decir el mismo). Justo el pasado sábado lo hablaba con mi amiga Alba: hay gustos musicales que ayudan a construir esa parte del personaje que no alcanzas con las descripciones o los diálogos. Es esa imagen que los demás tenemos de ellos por cosas que no se dicen abiertamente, sino que hablan por sí mismas. El gusto musical siempre me ha parecido uno de esos detalles. Y que conste en acta que no soy intransigente con la música que le gusta a los demás, por lo que tampoco me gusta que se rían de mis placeres culpables musicalmente hablando. Sí, tengo a Mónica Naranjo en el Ipod, ¿y?
A Víctor le gustaban los Kings of Leon, a Valeria Adele; Álvaro escuchaba música clásica en el coche; Silvia adoraba el acústico de Metallica y a Gabriel igual le daba Bob Dylan, The Cure o Coheen & Cambria. Y (atención, pista) a Hugo le gustan Los Rodríguez, a Nico Lana del Rey y a Alba Zaz.
¿Y todo esto a qué viene? Bueno, he divagado un poco, pero donde quiero llegar es a que, si lo pensamos, nuestra vida está plagada de elecciones musicales que definen cada paso. Tenemos nuestra banda sonora que además está en continua metamorfosis, como un ente vivo que camina a nuestro lado. Respira, madura y siempre nos dibuja una sonrisa. Creo que aquellas canciones que marcaron nuestra existencia podrían contar la historia de nuestra vida, así que hoy… lo voy a intentar conmigo misma.

"A ver por dónde sale esta loca del coño ahora"
“A ver por dónde sale esta loca del coño ahora”

Mamá, quiero ser artista.

Mi madre canta muy bien. Tiene una voz dulce, melosa y entonada que siempre ha reinado en la cocina de casa. Yo no sé cocinar si no tarareo o escucho música, porque creo que, por muy utilitaria que sea a veces la tarea de prepararse la comida, parte de aquello que sentimos va a parar al plato. El caso es que a mi madre le gusta la copla (otro de mis placeres culpables) y como buena coplera, se ha cantado en la cocina la discografía completa de Concha Piquer (madre). Discografía que, por supuesto, yo también sé. Y aunque me encanta hacer bizcochos con ella mientras cantamos Cinco Farolas o Sin embargo te quiero, es una canción de Isabel Pantoja la que más recuerdo. Yo soy esa. Y no porque la cantara por casa y a mí se me quedara grabada… no.
A los tres años yo era algo así como la versión reducida y gordita de un showman. Vamos, que si una cena de navidad se ponía aburrida, arriba de la mesa que iba Elisabet a cantar “Yo soy esa“. De vez en cuando aún me lo recuerdan y yo sonrío, porque… genio y figura. No puedo negar que tengo una parte muy folclórica dentro; es esa que me empuja a querer y aborrecer con la fuerza de los vientos y que me da salidas del tipo “contesto mal y me voy dando la vuelta al vestido de cola más digna que un caballo cordobés”.

Pero claro, the show must go on, así que tuve que variar mi repertorio. Y ahí salió mi vena descarada para terminar cantando delante de toda la familia “Sola” de Olé Olé, versión “niña que no sabe que lo que está canturreando es la historia de una tía a la que llama un desconocido y que termina abriéndole la ventana para que se la jinque sin compasión”. Igual son este tipo de cosas las que me empujaron a escribir cochinadas…

Prosigamos.

La edad del pavo

Nunca somos conscientes a la tierna edad de trece años, que eso que defendemos con uñas y dientes como las canciones más bonitas del mundo, llegarán a darnos vergüenza ajena en algún momento de nuestra vida.
Aunque antes de la adolescencia, viene la PRE-adolescencia, que es ese momento en el que te crees que ya eres mayor y mientras juegas con las Barbies cuentas con los dedos los años que te quedan para que tu madre te deje ponerte rímel. Al menos así fue en mi caso. Es una edad en la que crees en el amor platónico, porque del sexo sabes poco y mal y no te parece que sea fundamental. Crees que cogerse de la mano y darse un beso en la mejilla es el sumun del romanticismo y entonces… llega Laura Pausini y te canta “Se fue”. ¡¡Ya no responde ni al teléfono!! ¡¡¡Pende de un hilo la esperanza mía!!! Nunca pensé poder perder así la cabeza… por él. Y ahí estás tú, pensando en el chico que te gusta, con la cara apoyada en el puño y mirada soñadora, porque lo has visto en algunos videoclips y es lo que toca.

Pero… ¿cuánto duran los amores platónicos? Toda la vida o hasta que llega el subidón hormonal. Porque ayer eras una niña que se pintaba las uñas de rosa a escondidas y hoy eres una mozalbeta de andares desgarbados que quisiera tener más tetas y pintarse los labios con la mayor cantidad de gloss posible. Y… enciendes la tele un día y te encuentras a cinco tíos como cinco soles, ligeritos de ropa y entrados en la veintena (por no hablar de los abdominales) cantándote “Quit playing games with my heart”. No es ningún secreto que durante años yo quise ser la entregada esposa de Howie Dorough, uno de los integrantes de los Backstreet Boys (al que mi marido apoda “el mono Montoya”) que me sacaba la friolera de 11 años. Así lo quería yo: experimentadito. Que me viniera ya educado en los quehaceres matrimoniales y me hiciera muchos hijos. ¿Con qué narices estaba yo pensando? Bueno, está bastante claro con qué parte de mi cuerpo.

Y después siguieron marcando mi vida temas como “Everybody” y demás éxitos de mis queridos BSB (y queridos por mis amigas también, que nadie se deje llevar por su silencio, que una de ellas cuyo nombre no voy a desvelar (Laura) besaba todas las noches una foto de Nick Carter que tenía en su mesita de noche y otra, cuya identidad voy a preservar en el anonimato (María), nos hacía ver en bucle las escenas de Live in Concert en las que cantaba Brian Little.)

Ahora que lo pienso, nuestra obsesión por los BSB fue de lo más sana. Podría ser peor...
Ahora que lo pienso, nuestra obsesión por los BSB fue de lo más sana. Podría ser peor…

En realidad creo que cualquier canción con una melodía aceptable que hablara de amores imposibles y dolorosos era éxito asegurado para nosotras. De ahí que mi amiga Laura y yo nos pasáramos una tarde lluviosa escuchando sin parar “Private Emotion“, de Ricky Martin con Meja mientras comíamos chocolate con galleta y… llorábamos. Que nadie me pregunte más porque mi vergüenza ajena ha debido borrar los detalles.

Rebelión en la granja

Cuidado, cuidado, que me hago malota.” Creo que todos tenemos una de esas épocas de reafirmación personal, casi siempre en la post-adolescencia. A cada uno nos da por una cosa y a mí, en concreto, me dio por querer ser siniestra. Me paseaba con unas botas negras indescriptibles, medias de rejilla rotas, faldas largas y toda vestida de negro. El maquillaje os lo podéis imaginar. Lo que es discreto, discreto… no. Mi pobre madre hasta me regaló un pintalabios granate oscuro de Bourjois.
Y con esta época vino mi gusto por lo oscuro con el que debo confesar que aún convivo. Mi película preferida era El Cuervo y la canción que me ponía la piel de gallina “Your sweet 666” de HIM. Y juro que de vez en cuando aún me pongo ese disco para escribir, porque sirve de catalizador. Igual que la versión de Marilyn Manson de “Sweet dreams”. ME ENCANTA.

"Ale, mamá, me voy al insti, que ya me he puesto mona."
“Ale, mamá, me voy al insti, que ya me he puesto mona.”

Y aprovecho este brete para contaros algo sobre las canciones y escribir. Creo que alguna vez ya he contado que tengo unas listas de reproducción preparadas con canciones según el tipo de momento de la historia en el que estoy inmersa. Tienen títulos como “moñas de todos los tiempos”, “hot”, “triste” o “inspiración” que es un “miscelánea” de toda la vida. A veces una escena a la que quieres dotar de cierto dramatismo… no sale. No hay manera, por más vueltas que le das. Para esos casos siempre hay una canción que te lanza de lleno en esa sensación en la que quieres regodearte. No diré las que me sirven a mí, porque son la parte más oscura de mis “guilty pleasures”.

La universidad, el amor y otras locuras

De mi época universitaria recuerdo pocas canciones y muchas juergas, de esas en las que no importa qué puñetas suene. Una es “Noche de sexo” cuya letra me sé de principio a fin y que es culpable de que siempre que me digan “Hola, ¿qué tal?” yo conteste “soy el chico de las poesías”. Es una de esas canciones que se convierten en un himno del desenfreno del botellón y que te da más risa de la que puedes soportar.

Pero hablando ya en serio, esos años me suenan a The Kooks, sobre todo con su “Sofa Song”. Carpeta bajo el brazo, un café en la máquina y el enésimo cigarro mientras repartes el curro del siguiente proyecto de Realización Audiovisual. Algo así.
Y de esos años es también mi primer y único amor, el de verdad, que me suena en sus primeros años a Ben King cantando “Stand by me”, de la que Mr. Coqueto y yo tenemos nuestra propia versión. ;P

Marcharse a hacerse adulto

Cuando me marché a vivir a Madrid tenía veintitrés años recién cumplidos. Lo hacía con mucha emoción: otra ciudad, otra gente y vivir por mi cuenta por primera vez. El piso compartido, las primeras responsabilidades… y la melancolía de estar lejos de casa. Esta época se llenó de canciones como “Stand By“, de Extremoduro, con la que lloraba a moco tendido porque cuando decía “deja entrar a los ratones para tener quien le espere” me preguntaba si cuando yo volviera alguien me esperaría también a mí.
Y para que la distancia se me hiciera menos pesada, mi amiga Aurora me mandó una canción: “Big girls don’t cry”, que cantábamos en su coche a grito pelao siempre que yo volvía de visita a mi tierra. Y mira tú por dónde… ¿quién salía en el videoclip de esa canción? Uhm… me suena que algún tío bueno. #Pene

"A ver, chocho, que ya te he dicho que no me toquetees demasiado que la Beta se va a mosquear."
“A ver, chocho, que ya te he dicho que no me toquetees demasiado que la Beta se me va a mosquear y la hemos líado.”

Pero el himno de mi melancolía es y será siempre “Mediterráneo“, de Serrat, donde viven los recuerdos de mi niñez, como dice la canción. Estoy segura de que cuando nos marchamos lejos de lo que queremos parte de ese símbolo de nuestra tierra que guardamos dentro, se viene con nosotros.

Podría seguir y seguir con las canciones de mi boda o las que me acompañaron en los primeros años de trabajo en Mordor, pero mejor os dejo con todas aquellas que me inspiraron para escribir mis primeros libros.
Con este link a mi cuenta de Spotify me despido, no sin deciros que he añadido una tracklist con las canciones que aparecen en este post (y alguna más) y que pronto habrán más, porque se acerca mi próximo proyecto. Empieza la cuenta atrás.

betalacoqueta (si no entra con este link, buscadme dentro de Spotify como Betalacoqueta)

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