Historia del amor de tu vida

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Historia del amor de tu vida

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Qué cosas tiene la vida. Tú siempre has sido de morenos. Es así, una tendencia en tu vida. El primer chico del que te colgaste tenía el pelo como el tizón y, cuando pasaron los años y entrasteis en la temida adolescencia, una buena mata de entrecejo del mismo color. Y siempre, todos, han sido morenos. Porque te gusta, tal y cómo te gustaría tener ese color natural que intentas todos los meses con mezclas alquimistas caseras.
Pasan los años. El colegio y el adiós al de las cejas prominentes. Hola a los nuevos compañeros de instituto. Ese cuelgue por uno que, no es precisamente moreno pero que te parece tan buen chico que te toca la patata. Sí, te toca la patata, se la come y después te la devuelve masticada. Eso a los dieciséis escuece. Y pasa a la lista negra hasta los veintisiete, año en el que descubres que no es mal chico. A los veintinueve ya lo cuentas entre tus amigos.
Pero el caso es que viene de cara la selectividad y te encoñas de ese chico que no te conviene en absoluto y que, si viera tu madre, provocaría gritos y no de regocijo. Y él tampoco te trata bien. Y luego el otro, que tampoco. Y el siguiente, que menos aún. Y el niñato ese que te encuentras una noche, que se convierte en el cáncer de tus relaciones y que arrastras demasiado como para confesarlo.
Vas a entrar en la universidad, ingenua pero un poco rebotada, porque tienes ganas de que algo salga bien y no termines escaldada otra vez. Que los tíos son una mierda es el comentario general de esas tardes con las amigas en las que, por creeros ya mayores, cambiáis la coca cola y las pipas por un café, de los que te sienta fatal de los fatales o una cerveza, que por muy guay que quede en tu mano, sigue sin gustarte y te hace arrugar el labio. Y no, la Coronita casi no se puede considerar cerveza, vaquera.
El primer día de clase estás sentada esperando, mirando las caras que te rodean, preocupada por si tu ropa será la adecuada, por si harás amigos y sobre todo, queriendo sentirte integrada. Él entra y no se parece en nada a lo que siempre te ha gustado, pero algo tiene… No sabes qué es.
Llámalo coincidencia, llámalo destino, camináis juntos por un pasillo, rumbo a la que va a ser vuestra aula y te mira, te mira, te sonríe y a ti te hormiguean hasta los dedos de los pies. ¡Pero si es rubio! Da igual. Y resulta que al final te pide que seas su compañera de prácticas.
Un mes después es imprescindible y, aunque no te acuerdas bien, crees que te besó en la cola del ropero de aquella discoteca. Se ríe alto y estridente, le gusta Operación Triunfo y dentro de sus pantalones caben dos como él, pero… te hace sentir especial. Tanto que un día te hartas de todo y decides que le vas a besar tú, porque no te gusta quedarte esperando que las cosas sucedan porque sí. Y él responde y mientras te abraza en la estación, devolviéndote el beso, deja pasar un tren… y otro… y otro. Y tú vuelves a casa pensando que ese es el comienzo de lo que siempre estuviste esperando. ¿Y si es él?
Tienes dieciocho años. No sabes cómo funcionan aún las relaciones. Lo único que sabes de éstas es lo que ves en tus amigas, que están igual de perdidas que tú. La mayoría seguís vírgenes y puras… no digo más. Y esa relación se te resiste, porque sois más amigos que otra cosa, aunque os encante besaros a escondidas, cuando no os ve nadie. Pero se cruza otra. Y lo desmonta todo, lo vuelve del revés; y para más “tócate las pelotas” él te considera su mejor amiga y te cuenta con pelos y señales cada despropósito de esa nueva relación que tú no entiendes y que, por más que sabes que caerá por su propio peso, no cae.
El día que lo ves desmoronarse por algo que no vale la pena, te das cuenta de que le quieres más de lo que quieres confesar. Y tienes dieciocho míseros años, por el amor de Dios. ¿Qué sabes tú de gestionar eso? Él sigue ahí. Va y vuelve y termina siempre contigo, dándote un beso, diciéndote que es complicado. Y a ti te parece tan simple como que te abrace y no vuelva a nombrarla.
La vida sigue. Ellos siguen. Él con ella, ella con su novio. Él se equivoca. Tú sufres.
Aprendes muchas lecciones. El tequila no arregla las cosas, a veces vale la pena reírse a carcajadas cuando en realidad quieres llorar y nunca, nadie, merece que te calles cosas que te harán explotar si las contienes. Y así un día le cuelgas el teléfono a él, al que no se parece en nada a lo que te gusta y al que no sabes por qué sigues tolerando ciertas cosas. Y no sólo le cuelgas, sino que le pones en su sitio con una madurez que ni siquiera sabías que poseías. Ale, “te voy a hacer pasar hasta por el agujero del pendiente”, le prometes antes de colgar, porque tienes dieciocho y dentro de ti vive una tía muy farruca.
El día que te confiesa que está enamorado de ti, hasta te ríes. Estáis sentados en el muro bajo de un jardín precioso. Dentro toda tu familia celebra la boda de tu hermana y él te mira y te dice que te quiere. Y no os besáis porque ninguno de los dos quiere estropear el momento. Lo que no sabéis es que, ese mismo día seis años después, volveréis a sentaros en ese muro vestidos de novios y como marido y mujer.
Y descubres que el amor es mucho más bonito de lo que esperabas, aunque no se parezca a las películas. Y te das de tal manera que hasta descubres tu cuerpo con sus manos y no las tuyas.
Crecer juntos no es fácil y a veces el otro sufre. Tienes la mala suerte de ser una gilipollas redomada y hacerle pasar por cosas que no merece. Y él aguanta. Lo tiene tan claro que te asusta. Eres tú, te dice. Y mientras deseas que eso sea verdad, te mueres de miedo de que se cumpla. Nos meten en la cabeza ideas sobre lo que la vida debe ser, sin ser conscientes de que la vida es para cada uno como cada uno quiere que sea.
Así que un día se arrodilla delante de ti con un anillo y tú te echas a reír, porque mira qué eres bruja, llevas hasta la manicura preparada. Y le dices que sí y os ponéis a preparar una boda. Y la boda, dios, la boda a veces os saca de quicio y os enfadáis y hacéis las paces. Y llega el día y a él ni las palabras le llegan a la garganta cuando te ve llegar a su lado. Estás preciosa, te dice en el altar, pero está tan nervioso que suena a reproche y os da la risa.
Todo el mundo dice que el día de tu boda será el más feliz de tu vida, pero sólo es la puerta a lo que será el feliz resto de tu vida. Y a veces será duro. No es fácil querer tanto a nadie.
Os prometéis cosas, como bañaros en todos los mares del mundo y cumplir vuestros sueños. Nueva York, República Dominicana, México, San Francisco, Las Vegas (y estáis tan locos que volvéis a casaros allí, solos, riéndoos a carcajadas porque Elvis os oficia una boda en spanglish vestido con una americana dorada), Los Ángeles, Isla Mauricio, Tailandia… y lo mejor es que da igual el destino, porque estáis cumpliendo la promesa y fabricando recuerdos.
Y cumplís vuestros sueños. Él lucha duro y tú te descubres un día, henchida de orgullo, admirándolo por lo que es, por quién es y por cómo quiere ser. La admiración es la base de todo gran amor en la vida. Y un día cumples tu sueño y lo que más te alucina es ver cómo le brillan los ojos cuando presume de ti.
A pesar de eso, nadie es perfecto y a veces te recriminas a ti misma ser tan tonta, tan inmadura y volátil. Sólo quieres que el universo te perdone por las veces que te equivocas en no dar lo que merece. Y vivir muchos años, junto a él, para poder devolverle las cosas que te hace sentir, las sonrisas que te arranca, los planes, las cosas bien hechas, las carreras por el pasillo huyendo del otro y cruzando los dedos para que te pille, los besos, la ilusión, las charlas de matrimoniadas metidos en la cama, abrazados con la luz apagada, los sueños, los arrumacos, los masajes, los detalles sin fin, las llamadas, las fotos, el placer, el amor, las miradas y, en resumen, esa increíble sensación de melancolía y amor (con hache, de lo grande que es) cuando tienes que salir de la cama antes que él, le das un beso de despedida y en sueños te dice: “Te quiero, mi amor”.
Dios… gracias por ponerlo en el camino.
Y esto es el amor.

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