Haters (Gonna hate)

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Haters (Gonna hate)

Todos tenemos nuestros fans y nuestros haters, como en una especie de fuerzas ancestrales que se equilibran entre ellas, como el yin y el yang o el gym y el ñam. A todos nos encantaría ser seres maravillosos que solo despiertan sonrisas y felicidad, pero el mundo no es una película de Disney protagonizada por las gemelas Olsen (cuando aún tenían edad de ser niñas Disney), así que no podemos pretender gustarle a todo el mundo.

gemelas-olsenBien de gloss en los labios. Que no se diga.

A veces aceptar este último hecho, que no vamos a caer bien a todos por definición, es duro, pero… ¿te acuerdas de tus amigos de la guarde o de los primeros cursos del cole? Seguro que había alguno que pronto se convirtió en tu némesis, en el archienemigo de tu vida. Es una cuestión de instinto, creo. Siempre hay alguien que… sencillamente no nos gusta.

Podemos justificarnos con argumentos del tipo: “bueno, pero es que era odioso. Me robaba la Barbie veterinaria” o vete tú a saber qué, pero lo cierto es que… a lo mejor él/ella piensa exactamente lo mismo sobre nosotros. Lo dicho: dos fuerzas que se equilibran.

Supongo que lo importante es ponerlo todo en una balanza y que siempre pese más una parte positiva. Sé que suelo repetir este discurso a menudo pero, la vida son dos días. El día que aceptamos que TODOS estamos, irremediablemente, por aquí de paso, es el día que empezamos a vivir en serio. Sin medias tintas. Aquí no hay ensayos. Eso ayuda de una manera muy eficaz a poner cada cosa en su casilla de importancia. Sí, sé que es complicado. Todos nos hemos llevado disgustos por temas que, a lo mejor desde fuera, podían parecer una memez. Pero en lo referente a los haters… nena, haters gonna hate. Y hablo de la vida en general, que conste, no de las redes sociales. Al final, éstas no son más que un pequeño mundo digital a imagen y semejanza del real, donde podemos jugar a ser quienes queramos, claro, pero en el que dejamos la impronta de lo que llevamos dentro.

Además de que creo a pies juntillas en mi teoría de las fuerzas enfrentadas que equilibran el universo, también creo que hay gente que siente una predisposición natural a odiar algunas cosas o a algunas personas. A veces tenemos la buena o mala suerte de entrar en su círculo de odio personal. Y mec.

Hay haters de muchos tipos: están los graciositos, que siempre tienen algún chascarrillo con el que dejarte en ridículo; los puntillosos, que se visten de moral para hacerte creer que estás equivocado (sea lo que sea lo que has dicho o hecho); los victimistas, para los que eres el origen de todos sus males o los “jueces” que esgrimen el comentario de que no mereces lo que tienes.

cerdols“Señor juez, sé que soy un poco cerda, pero tenga piedad.”

Todos hemos tenido nuestros encontronazos. En la adolescencia aprendemos mucho sobre este tipo de asuntos pero, por naturaleza peleona o porque sencillamente es nuestro sino poner en duda los consejos de nuestros padres (como cuando tu madre de pedía que fueras recta y tú te encorvabas más, como si fueras el señor Burns jugando al limbo pero a la inversa), tardamos en asumir que lo mejor es “dejarlo estar”.

Soy poco amiga de las guerras porque siempre creo que la energía gastada y los daños colaterales nunca se compensan con la posibilidad de una victoria. Porque, además, ¿quién gana en una de esas reyertas personales? No es miedo al enfrentamiento… es economía emocional. Se aprende a tortas, como con todo, pero llega un momento en plan yedi en el que decides que no compensa que ciertas cosas te pongan el corazón en la boca. Respiras hondo, controlas el tic del ojo y la vena palpitante de la frente, te cagas en medio santoral con la boca cerrada y juras en hebreo… y ya está. Y si no, pene. La palabra pene siempre hace sentir mejor. Y si no, un resumen mental de todas las cosas por las que puedes ser feliz. Es un ejercicio extraño y en caliente bastante difícil, pero nadie dijo que esto de vivir sin ensayo previo fuera fácil. Y si no… pene. Insisto.

Vecinos, compañeros de trabajo, desconocidos, el cartero, un profesor o un falso amigo… da igual quién se haya nombrado nuestro hater personal. Lo mejor es alejarlo de la vida de uno, defenestrarlo a un rincón donde no nos haga daño. Es duro y es complicado, pero coñi, es que la vida son dos días y pasarse medio preocupada porque alguien opina que no te depilas bien las cejas, que te pesa el culo, que no te mereces tu puesto, que tienes mal gusto, que eres feo o que tu horóscopo chino es la rata y mereces un castigo cósmico por ello… pues como diría mi madre: “apaga y vámonos”.

pantojals“Dientes, dientes, que es lo que les jode”

Esto no quiere decir que las críticas nos suden el papo. Si algo aprendes con los años es que la virtud está justo en el término medio. Con las críticas se crece y se aprende mucho. Que te critiquen porque no les gustas es una cosa; que apunten a que algo está mal hecho, es otra. Hay que poner en valor este tipo de comentarios y decidir si estamos o no de acuerdo, siendo honrados con nosotros mismos y admitiendo que, oye, tampoco somos la perfección materializada. También podemos decidir que nos la sude, pero igual, en algunas de esas ocasiones perdemos la batalla contra un fallo que podemos solucionar.

También podemos utilizar un mantra: sonidos (sílabas, palabras, fonemas o frases) que, según algunas creencias, tienen poder psicológico o espiritual. A mí me sirve repetir: “Baby, haters gonna hate” como si en realidad estuviera cantando el último temazo del verano. Me doy risa y se me pasan todos los males. Menos el lunes… el lunes no se me pasa hasta que no llega al martes.

A FAVOR: Nos hacen cuestionarnos y eso puede hacernos crecer

EN CONTRA: Tocan el higo con dos manos y sin ganas de dar gustirrinín

CONCLUSIÓN: Haters gonna hate…


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