Cosas que deberíamos saber sobre la vida

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Cosas que deberíamos saber sobre la vida

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Recuerdo cosas súper absurdas de mi paso por el colegio. Tengo datos almacenados dentro de mi pequeño y gelatinoso cerebro que no me sirven para nada, como que la capital de Madagascar es Antananarivo. No me jodáis, macho. Eso está ocupando espacio en mi disco duro y ni pista de conocimientos sobre cómo matar con mis propias manos sin dejar pruebas. Yo que sé, ese tipo de datos útiles de verdad para una chica hoy en día. O dónde tenemos el botón de reset para olvidar ciertas cosas. Ves, eso lo supe en un momento dado, porque bien que lo pulsé después de licenciarme para olvidar todo lo que aprendí en esos cinco años.

El caso es que, además de la educación que recibimos en colegios, institutos o universidades, debemos sumar las cositas que aprendemos en casa. Cosas como “cómo ser buenas personas” o “tratar con respeto a los demás”. Dejando a un lado esas cosas tan profundas, centrémonos en lo otro, en lo utilitario y pragmático que te inculcan en casa esperando que te sirva en tu vida adulta.

Mi madre siempre ha seguido una premisa que es que “si no sabes hacerlo, no sabes mandarlo hacer”. Eso me ha hecho poseedora de una sabiduría marujística de andar por casa (ni muy profunda ni muy liviana) gracias a la cual sé coser un mínimo, sé peinarme y maquillarme en casa, sé hacer mascarillas caseras, sé limpiar como un auténtico GEO, sé cocinar sin matar a nadie (e incluso dicen que lo hago bien), sé planchar aunque lo odie y sé muchas cosas femeninas a tope, como que las faldas sientan mucho mejor si te pones combinación debajo.

Mis señores progenitores quisieron, además, que aprendiéramos más cosas: que supiéramos conducir, que supiéramos ser independientes, que estudiáramos aquello que nos hiciera feliz (pero que estudiáramos o nos mandarían a trabajar a la pollería del barrio “El pollo criollo”) o que aprendiéramos a cambiar una rueda. Una vez mi madre nos preguntó a mi hermana y a mí qué haríamos si pinchábamos in the middle of nowhere y mi hermana, muy resuelta, le contestó que “salir del coche con el chaleco, colocar el triángulo y llorar hasta que alguien parara”. Lo secundo.

Igual deberíamos ponernos tal que así, que seguro que alguien para…

cambiar una rueda

El caso es que, entre todas esas cosas que almaceno bastante caóticamente dentro de ese contenedor que tengo sobre los hombros, echo de menos unas cuantas. Y no hablo de cosas como conocimientos matemáticos o médicos, aunque cuando escucho hablar a mi amiga María babee de admiración, sino cosas que creo que alguien debería enseñar a una mujer antes de que tomara la (kamikaze) decisión de vivir por su cuenta.

Por ejemplo:

  • La lavadora no es nuestra amiga. Es una enemiga a muerte que nos odia y que, si puede, nos hará la vida imposible. Cuidaos muy mucho de ella. Es una puta.
  • La comida que se hace rápidamente, engorda rápidamente. Cosas de la vida. De la boca al culo (y no hablo del proceso de digestión).
  • Beber sola en casa no es pecado, pero tampoco arregla tu vida. Date cuartelillo, disfruta de una birrilla, de una copa de vino o de un copazo como Dios manda, no tiene nada malo. Pero no bebas porque has tenido mal día. Eso sienta peligrosos precedentes.
  • Hay cosas que es mejor dejar a un profesional.
    • ¡Seguro que sé cambiar un enchufe porque soy una mujer independiente que lo puede todo! – eso acaba mal.
    • ¡Seguro que sé hacerme mechas californianas en casa! – eso acaba con pelaje animal.
    • ¡Seguro que puedo redecorar esto! ¡¡Voy a empezar por pintar las paredes!! (Existe la variante del papel pintado que termina igual de horrorosamente mal)
    • La gente no piensa bien de la gente. No pensarán que fue un error. Pensarán que eres una asquerosa puta egoísta enganchada al crack que quiso dejar abierto el grifo para provocar inundaciones sólo comparables con el Monzón.
    • Nunca hay suficientes armarios. Da igual que te vayas a vivir al Buckingham Palace. Cuánto más grande es una casa más toallas, manteles, cacharros, sábanas, colchas… (porque la culpa nunca la tienen tus más de cincuenta pares de zapatos, tu colección de bolsos ni la avalancha de ropa que posees, que nadie te diga lo contrario)
    • Es imposible que el del ADSL vaya a tu casa en un horario normal. Antes aparecerá a las cuatro de la mañana de un día de Navidad que esa tarde que has reservado para el tema. Es probable que sea muy amigo de la lavadora y que hayan urdido un plan.
    • La tarjeta de El Corte Inglés no te ayuda a llegar a fin de mes. Te ayuda a terminar teniendo muchas estupideces en casa y debiendo mucho dinero porque… ¡puedo pagarlo en tres meses!
    • La calefacción hay que pagarla. Y es cara. (Y el aire acondicionado también) Tu padre también lo sabe, pero no lo suele decir.
    • Si ligas o en su casa o en un hotel. No vaya a ser que se apalanque y de repente te des cuenta de que lleváis veinte años casados.

Pero… ¿qué pasa si cuando te vas de casa lo haces para vivir con un hombre heterosexual? Ay, pequeñas coquetas, muchas de vosotras ya os habréis descubierto el pastel. Y en honor a esas otras coquetas que aún no tomaron esa (kamikaze) decisión, he aquí el manual de cosas que hay que saber y que nadie te cuenta:

  • Los hombres no entienden el síndrome premenstrual: Tú puedes estar insoportable, eso nos ha pasado a todas. Y puedes pasarte el día haciéndole la vida completamente imposible a tu mejor amiga, pero en el momento que confieses que te tiene que venir la regla, ella ladeará la carita, hará un mohín y te dará un besito. “Claro, gordi, yo te entiendo.” ¡¡Pero ellos no!! Y no hablo de que, como no tienen la regla, no saben lo que es. No. Hablo de una empatía cero. Fingen que nos comprenden pero, la segunda vez que te pongas a llorar en la cocina porque no te apetece nada de lo que hay dentro de la nevera (te apetece comer algo grasiento que alguien haya traído en moto, para más señas, pero no quieres confesarlo) tu coqueto te va a montar un pollo. Y por mucho que tú contrataques explicándole lo duro que es ser mujer y que te duelan los pezones, él no lo va a entender a no ser que te dediques a suministrarle un tratamiento hormonal con nocturnidad y alevosía (y el resultado no te va a gustar)
Síndrome premenstrual
Déjame a solas con ellos, cariño, que enseguida se me pasa…
  •  Los hombres fingen que saben vestirse solos, pero lo olvidan cuando viven en compañía femenina: Me pasé parte de mi vida preguntándome por qué narices mi madre le tenía que indicar a mi padre qué ponerse. ¿Es que él no lo sabía? No, él no lo sabe aún a día de hoy y ya tiene una edad. Pero no es mi padre. Cuando yo salía con Mr.Coqueto y cada uno vivía en su casa, pensaba que era un ser independiente que sabía combinar la ropa. Creo que algo debió pasar, del tipo “me he encontrado con los Men in black y me han borrado la memoria” porque olvidó todos sus conocimientos sobre el tema en el momento en que compartimos nido. Todos los días tengo que enfrentarme a preguntas como “¿esto combina con esto?” mientras intento sacarme los ojos. No hay manera de hacerles entender que algo, por ser gris, no combina con el resto de grises del mundo. Y las camisetas sin mangas… sobre las camisetas sin mangas creo que tendré que escribir un post independiente, porque me tienen frita.
  •  Los hombres no siempre quieren sexo. La verdad es que, paradojas de la vida, suele coincidir que lo quieren cuando nosotras no y que cuando nosotras estamos on fire, ellos están cansados. El otro día, hablando del tema con un@s compañer@s de trabajo, acabó saliendo el tema de un estudio realizado por vete tú a saber qué universidad americana súper experta en súper temas, que dice que ellos alcanzan la madurez sexual a los veinte y nosotras a partir de los treinta. Así es imposible. Ellos se han pasado todo nuestro noviazgo haciéndonos creer que todo el monte es orégano y cuando tomamos la decisión de compartir el resto de nuestra vida con ellos, resulta que se acabó el subidón hormonal y tú ale, a aprender a hacer punto de cruz para canalizar la energía sexual en bordar toallas. Es de todo menos justo.
  •  El primer año de convivencia es un infierno. Y si lo piensas tiene toda la lógica del mundo. Tú vienes de tu casa, con tus manías aprendidas de tu madre (esa señora a la que, por mucho que lo niegues, acabarás pareciéndote un poco más cada día hasta la mímesis total) y él viene de su casa, con sus manías aprendidas de su madre (esa señora que puede hacerte la vida muy fácil o horriblemente difícil)Entonces empiezan las suspicacias, las “esa manía que antes me parecía adorable ahora me está tocando los cojones, querido” y al revés. Que nosotras podemos ser muy odiosas cuando queremos. ¿El consejo? Paciencia y buenas maneras. Así, poniéndome ñoña, os diré que hay un principio buenísimo para hacer que funcione mejor una pareja, y es… jamás os vayáis a la cama enfadados. Siempre un beso antes de dormir (a poder ser con lengua)
  •  Los hombres esperan que siempre durmamos con saltos de cama. El primer día que saques de paseo tu pijama de felpa con osos rosas sobre fondo azul de nubes de algodón… él no te va a mirar bien. Bueno, a lo mejor el primer día finge que estás muy mona y que le hace mucha gracia. Pero todas sabemos que llegará el día en que no estés tan mona y que al pijama de felpa sin forma (que no sólo no te hace pechos sino que te hace parecer en tu totalidad una enorme masa peluda) se le unirán pelos de loca, antifaz de maquillaje corrido que no te quitaste para acostarte y todas esas cosas tan poco cuquis que a veces tenemos las mujeres. No te asustes. Mano dura. No cedas. Yo cedí y tengo un único pijama antimorbo que no me pongo nunca por miedo a parecer el Yeti. Te conviertes en una esclava de los picardías, el encaje, el satén y cosas que no… no abrigan. Te lo digo yo.
  •  Los hombres no saben cuidarte cuando estás enferma. Cuando estabas malucha en casa de tu madre él solía aparecer con algo de chocolate y una revista de cotilleo. Qué mono, ¿eh? Pues ya puedes tener peste negra que hasta ahí llega su conocimiento de “cuidar a alguien”. Comprar cosas. Pueden comprarte el medicamento, pero no esperes que se pongan el despertador para recordarte que lo tomes. Ni siquiera te atrevas a encender la luz de la mesita de noche para tomártelo, porque si lo despiertas o refunfuña o te dice que “tienes una pinta horrible”. Ya lo sé. Tengo peste negra. Guapa, guapa, no estoy. Así que, suma a esto al principio de “algunas cosas es mejor que las haga un profesional” y… vete a un hospital, llama a tu madre o aprende a ser una espartana. Si sobrevives, serás más fuerte.

 Seguro que hay millones de cosas más, pero he aquí el fin de mi sabiduría por hoy. Por cierto: “PENE”. No lo había dicho aún y tenía ganas.

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