Cómo saber cuándo pasar de ese imbécil…

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Cómo saber cuándo pasar de ese imbécil…

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¿A quién no le ha pasado alguna vez que, a pesar de saber que un tío es completamente imbécil, no puede quitárselo de la cabeza? Pero además, no es que se cruce inocentemente en tus pensamientos. No, no, es que te cae mal hasta el límite de crisparte los nervios y sería el primer nombre que propondrías para, no sé, para que hicieran fiambre ibérico con él, de lo cerdo que es. Y aun así… te pone más perra de lo que puedes soportar.

Lo sigues con la mirada, con los ojos entrecerrados, deseando que se caiga y que se rompa la nariz y todos los dientes que quedan a la vista cuando te sonríe con seguridad, pero por fi, que no se haga daño en la entrepierna, que viene siendo lo único que le salva de la necesidad de ser sacrificado (por eso de no sufrir).

Y da igual que no te lo expliques y cuántos motivos lógicos busques para quitártelo de la cabeza. Que sí, que es un pedante, que pronuncia las palabras en inglés como el gilipollas que es, que anda con aires de petulancia y cuando se ríe hace un ruidito odioso que te rechina en la cabeza como si unas uñas recorrieran la superficie de una pizarra. Pero leche… no puedes soportar lo bien que le queda esa camisa blanca, que parece que se pone sólo para provocarte. Y tiene unas manos preciosas con las que sospechas que puede hacer virguerías y cuando se sienta hay algo que se le marca en el pantalón que, por más que tu raciocinio diga que es una arruga, tú sabes que es rabaco.

Tal que así...
Tal que así…

Coqueta, creo que en este caso, esta situación que te repatea es del todo sana y se saldará con que te los chusques a la luz de la fotocopiadora o lo conviertas en el sujeto de todas tus fantasías recurrentes y después, lo olvides cuando sea convenientemente reemplazado.

Sin embargo, hay otros casos en los que esa obsesión enfermiza se convierte también en un pseudo enamoramiento y… la hemos liado. Así, sencillamente. Porque una mujer pseudoenamorada (enamoriscada, como diría mi madre) es más peligrosa que yo con la nómina recién ingresada pasando a echar un ojo a Benefit. Y él puede ser el mayor cabrón sobre la faz de la tierra, pero nosotras encontraremos la enrevesada manera de justificar sus putadas. Y hay tíos muy malos por ahí sueltos, que no sólo somos las mujeres las que sabemos ser harpías, por lo visto.

He escuchado justificar casi de todo. Y yo misma, en una vida anterior lejana en el tiempo y en el espacio, cuando habitaba otra galaxia, también lo hice. Y nos ponemos muy copleras. Eso es lo más gracioso. Y claro, en ese momento no te ríes (y a veces tardas años en hacerlo), pero cuando se supera… la de risas que te echas.

Desde el clásico “chupa, chupa, nena, que yo te aviso” con final apoteósico en aspersor, al no menos clásico “se ha ido con otra porque yo soy demasiada mujer para él, pero volverá”. Y sí, él está claro que volverá (porque el que es cabrón es cabrón, chata) pero nosotras somos rematadamente vulnerables (y gilipollas) en ese estado. El instinto de autoconservación se nos olvida cuando él arquea una ceja y dice cosas como: “Nena, ¿vienes a dar una vuelta ya o me largo sin ti?

Y mi pregunta es, ¿por qué aguantamos todo esto? Porque no somos así de gilipollas de nacimiento, lo sé. Creo firmemente que es un estado del que podemos salir con esfuerzo. Y esfuerzo propio, porque después de perdonar o pasar por alto ciertas cosas, él tiene el camino allanado para seguir destrozándonos la vida.

A veces es que ellos son unos tíos inseguros que se avergüenzan de sentirse atraídos por nosotras y no por las tías que sus amigos ascienden en el trono del “qué buena está, no hay color”. Otras, porque son unos cabrones que se odian tanto a sí mismos que es imposible que quieran a nadie. Pero, sin duda, lo que causa estas situaciones es que nosotras las aguantemos. Y hablo con conocimiento de causa porque yo también lo sufrí (en los albores de la humanidad, cuando aún se estaba asentando el invento de la imprenta).

Si saliéramos de casa con las ideas claras, no nos pasaría. Pero, ¿realmente podemos? Es una mezcla entre lo impresionables que somos en la juventud, cuando aún nos estamos formando, la presión social por caminar siempre de camino a la perfección y nuestras propias inseguridades. Pero casi siempre pensamos que tenemos que sentirnos honradas porque él nos haya escogido. Escogernos, sí, pero ¿para qué? Casi siempre para sentirse más hombres, usando las herramientas equivocadas que le definen como el gilipollas que es.

El caso es que, como escritora de novelas erótico festivas propongo un decálogo de actos imperdonables (y sus correspondientes castigos) al que poder acogernos en el caso de duda (o enajenación mental). Algo… como esto:

  •  “Chupa, nena, chupa, que yo te aviso. No te preocupes de nada”. No, cariño, tú tampoco te preocupes, porque si quieres que alguien/algo vuelva a succionar ahí abajo en esta casa, vas a tener que echar mano de la aspiradora.

Esto, coquetas y coquetos que pensáis hacerlo, es imperdonable. Porque una cosa es, leñe, que me viene de sorpresón y no puedo evitarlo (que, qué coño, ya es difícil) y otra, como soy más chulo que un ocho y a mí me da la gana, va pa’dentro. No, hijo, no. No eres chulo, eres patético. Hasta ahí llegan tus dotes de seducción: hacer las cosas a lo forajido, y huir después.

Vendetta: Mi propuesta… mejor no te la digo. Hasta he tenido que modificar la entrada. Creo que era… políticamente incorrecta. Pero vamos, que yo a un tío que hace eso, le depilaría los huevos con cera tibia, a ver si está agustico.

  • “Vamos a quedar, pero nena, si vemos a mis amigos, finge que no estás conmigo.”

Esta opción tiene muchas versiones, algunas incluso más humillantes y la verdad, no suelen pedirlo con tanta educación como en este enunciado, pero es para que os hagáis a la idea. Un tío que va de que se avergüenza de vosotras, es un mierdas. Así, sin más “es que…” que le justifique. Y seguramente la tiene pequeña, de pequeño fue gordo y le pegaban en el colegio y/o se corre con que le hagas cosquillitas en la espalda. Huid raudas y veloces. Y no miréis atrás.

Vendetta: Aunque pincharle las ruedas del coche es un clásico, no recomiendo ninguna medida que esté basada en la violencia o en acciones ilegales. Somos coquetas con estilo; esas cosas no las hacemos (pagamos a alguien para que las haga por nosotras). Pero no es la solución, en serio. La mejor vendetta posible que se me ocurre es que, a la primera muestra de que está disimulando para que no le relacionen con vosotras es montarle un pseudonúmero. Si estás tomando una copa, cerveza en la bragueta. Si estáis picando algo, plato a la cara. Si eres tú la que está comiendo, en su coche y te hace bajar más la cabeza… bocao que te crío. Y después adiós. Y no está de más decir a los que se te queden mirando algo como: “Le gusta que lo sodomicen con un pepino”.

  • Se morrea con otra delante de ti.

Qué típico. Si lo habré visto veces. Y casi siempre el modus operandi es el mismo: con los ojos abiertos y clavados en ti. Qué gena macawen, por el amor de Dios. Parece que han sufrido un ictus. Y seguro que, si estáis enamoriscadas (como diría mi madre) encontráis una justificación del tipo: lo nuestro es demasiado intenso e intenta olvidarme con otra. Pero lo cierto es que es imbécil y que el día siguiente se va a echar el mocarro delante de todos sus amigos de que se cepilló a la que fuera que besaba (aunque probablemente no lo haga) y que cuando quiera puede repetir contigo, porque te arrastras por él. Y lo digo con conocimiento de causa. Hacen estas cosas de verdad.

Vendetta: Cuando a mí me pasó, me reí. Me reí tantísimo que por poco no me meé encima en plena discoteca. Me pareció tan sumamente patético que, por más que me jodiera, no dejaba de tener gracia. Y después me pedí una copa y seguí bailando con mis amigas. Creo que por aquella época David Civera sonaba en las discotecas. No os digo más. Esa es mi propuesta. La de mi amiga “cucharita” (pongo el apodo, porque si pongo el nombre, me castra) sería: A) Mear en una copa y dárselo a beber diciendo que es malibú con piña. B) Entrar en el baño junto con la tía con la que se morrea y decirle que su ligue de esa noche tiene herpes genital. C) Abofetear al tío con una sonrisa de placer sexual en la cara. Yo esta última no la intentaría… y ella, por experiencia, tampoco creo que la recomiende.

No hace falta añadir nada más...
Vale, lo de esta foto es gratuíto, ya lo sé, pero es que no lo puedo evitar! Jajajaja!
  • La fiesta, en la cama, siempre llega a su máximo apogeo cuando tú aún te estás tomando el Martini de media mañana.

Vamos, que él se corre y tú te quedas mirándolo alucinada, pensando… ¿cómo es posible, si acabamos de empezar? Y él, en lugar de recompensarte con alguna filigrana, dice cosas como: “Joder, nena, lo siento, pero me tengo que ir porque X” Y X aquí es rellenable por lo que queráis: “Mi madre está en el hospital” (Pues no haber venido a echar un polvo). “Mis amigos me están esperando y no saben dónde estoy” (Pues les mandas un sms mientras me lo comes). “Mañana trabajo” (Y ahora mismo aquí también vas a currártelo, te lo aseguro). Y así hasta el infinito.

Vendetta: dile antes de que se vaya que no se moleste en volver a llamarte. Lola, de la Saga Valeria, añadiría algo como: “Esto (señalándose entre los muslos) no es una institución benéfica. O me satisfaces, o te largas.” Yo soy más fan de algo como: “Oye, nada, no te preocupes. Pero ya te llamaré yo, ¿vale?” Y si después le miras el pito y te ríes… mejor que mejor.

¡Ostrás, qué pequeña la tienes, cabrón!
¡Ostrás, qué pequeña la tienes, cabrón!

Estaré sumamente complacida de que me propongáis más situciones fascinantes para añadirlas a este decálogo de obligado cumplimiento. Así que, como siempre, con esto y un bizcocho (coño, que hambre sólo con nombrarlo) nos leemos pronto!

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