AmiENEMIGA Lycra. AmiENEMIGA faja.

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

AmiENEMIGA Lycra. AmiENEMIGA faja.

El día que me metí en una faja, estoy segura, ese día murió una parte de mí. Una agradable. Lo que nació en su lugar es un regustillo amargo y un odio sempiterno hacia todas esas prendas en las que no te metes… directamente te embutes.

Os voy a contar una cosa que no debería y que, juro, es completamente cierta. Una vez me quedé atrapada en una faja Spanx en un probador de El Corte Inglés. Tenía una boda para la que iba a llevar un vestido un poco ceñidito y una amiga me instó a probar con una de esas combinaciones moldeadoras de la marca que han hecho archiconocida famosas como Beyoncé o Kim Kardashian. Y allá que fui. La verdad es que son bonitas… como minivestiditos de pilingui interiores, con su encajito y todo. La dependienta me dio una talla en función del tallaje que suelo usar y me dijo que no me preocupara si me costaba entrar, que era lo normal. Vale. ¿Y salir? Pensé que tendría que llamar a los bomberos. No, ahí estoy exagerando. Lo que pensé es que tendría que ser rescatada por la pobre dependienta que tendría que romper el elástico con unas tijeras. Yo emergería como Hulk de entre los pedazos de lycra rotos, gritando y sudorosa y, encima, tendría que pagar la pasta que vale la faja. Porque, coqueta… baratas no son.

hulk“¡¿¿¿Noventa pavos por faja???!”

Para presumir hay que sufrir, dice mi madre. Pues yo debí presumir mucho porque la broma me costó cuatro sesiones de fisioterapeuta porque, en mi fuga de la faja opresora, me monté un tendón del cuello y estuve enganchada durante semanas, como tocando una melodía eterna en un violín imaginario.

Lo digo en serio… las fajas las carga el diablo.

Por si alguien se lo pregunta, finalmente compré la combinación absolutista, pero tuve que devolverla porque se marcaba demasiado en el vestido. Al final… me puse otro trapo, claro. Uno que me permitiera llevar ropa interior que no fuera un campo de concentración.

Años después, cuando debí olvidar la horrible sensación de quedar atrapada (eso que ni para adelante ni para atrás), me compré otra faja de la misma marca. Esta vez… faja de cuerpo entero. Es una especie de body de tirantes que llega hasta la rodilla. Lo primero que pensé es… ¿y si tengo que ir al baño? Bueno, parece que los fabricantes ya habían pensado en ello, pero se les olvidó incluir el concepto de dignidad. El caso es que… aunque odio el proceso de meterme en ella (de modo que sólo la saco a pasear en casos de extrema urgencia…) es muy práctica. El día que se rompa organizaré un entierro.

¿Entonces? ¿Estamos o no a favor de las fajas? Estamos, pero con cautela. Una prenda que, sin cita previa, viola un espacio vital muy íntimo (donde preferirías que, en lugar de un montón de tela elástica recia incrustada estuviera alguna parte del cuerpo de, por ejemplo, Milo Ventimiglia) es una amiga peligrosa. Recuérdalo. Y no tomes a la ligera el consejo que te voy a dar: nunca te la pongas más de unas pocas horas. El efecto secundario es que tus tobillos desaparecen hasta nueva orden.

faja“SOCORRO”

¿Por qué hacernos estas cosas a nosotras mismas? Por vanidad, supongo, pero si hay que buscar un culpable en todo esto es, sin duda… la lycra. Lycra, que putarraca eres. Lo primero que hay que saber sobre este tejido es que, como el animal print y el keroseno, hay que manejarlo con mucho cuidado porque… la puedes liar muy parda. Insinuar es mucho más elegante que mostrar y no queremos tampoco que un vestido deje a la vista nuestra cadena de ADN. Hay muchos horrores asociados a la lycra: efecto butifarra, pezuña de camello, marcador de hoyuelos.

Al final claudicas, te dejas seducir por el canto de sirena de un vestido de lycra, de una faja de cuerpo entero y demás tormentos “para estar guapa” y pasas toda la noche escondiéndote, buscando una pared para poder desincrustar cosas de tus nalgas con disimulo y… ¿no es mucho mejor ponerte ese otro vestido con el que estás tan cómoda? Cuando una prenda es confortable y te hace sentir bonita… has encontrado el nirvana. Sonríes, te ríes, no te preocupa sentarte, moverte, bailar. ¿No es mucho más lógico?

Así que aprendamos la lección: para presumir, no hay que sufrir, solo hay que sentirse una misma dentro de una prenda que te haga sentir sexi, que te deje moverte (tengo un vestido que me encanta pero con el que solo puedo mover los brazos como un “Playmobil”… y es el mal), con el que seas tú misma sin necesidad de ser nadie más y te veas capaz de hacer cualquier cosa. Las prendas poderosas son, definitivamente la clave. Como esas bragas con las que te sientes un ángel de Victoria’s Secret, sin necesidad de que tu cuerpo sea como el suyo; como ese jersey que te hace unas tetorras impresionantes; como esos zapatos de tacón tan cómodos que, con su sonido sobre el pavimento, te hacen sentir tan segura de ti misma. Dejemos el sufrir para cosas que, lamentablemente, no podamos evitarnos.

Así que… recuerda:

Fajas y lycra.

A FAVOR: Te plantas un vestido de la muerte y vas divina

EN CONTRA: Las fajas oprimen. La Lycra marca. Te sientes como un choricito del infierno. Y no hace falta.

CONSEJO: Busca tu estilo, ese en el que te sientes guapa y cómoda a la vez. Las fajas mejor para casos extremos como… la boda de esa amiga a la que sabes que va a estar tu ex o si has quedado a cenar con Milo Ventimiglia.

esto-es¿Eso es una faja?

DANGER DANGER; FIRE! Ten en cuenta a la faja para las noches de pasión. No es solo que no sean la ropa interior más sexi del mundo… es que se quitan con esfuerzo. Y no queremos que el momento álgido de la noche (ven y verás, que me quito esta prendita tan pequeña y te enseño un regalo) se convierta en un entrenamiento militar.

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