3ª Parte final alternativo Saga Valeria

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

3ª Parte final alternativo Saga Valeria

Lo prometido es deuda! Aquí está el tercer capítulo del final alternativo de la saga Valeria. Después de este, sólo quedará un capítulo. Iré contándoos cuándo lo publicaré.
Espero que lo disfrutéis, aunque no sea el final oficial ni sea feliz.
Un abrazo y gracias por vuestro apoyo a todas.
Elisabet

Carmen.
Carmen siempre quiso ser directora creativa de una agencia de publicidad. Siempre… hasta que fue madre. Nadie supo en qué momento la Carmen profesional se doblegó a la Carmen madre, pero lo triste es que tuviera que hacerlo. No me malentendáis. Sé lo que significa ser madre y nada puede igualarse a esa sensación que, siempre, compensa. Es sólo que una se para a pensar y llega a la conclusión de que por culpa de la conciliación nula en nuestro mercado laboral, el mundo de la publicidad se ha perdido a alguien como Carmen.
Cuando hablamos del tema ella le quita importancia. “Soy feliz como estoy”, dice. Y sé que lo dice de una forma completamente sincera. Carmen no se ha dicho nunca demasiadas mentiras a sí misma. Desde el momento que aceptó su segundo embarazo, ha trabajado duro para construir su propio mundo para ser feliz. Es feliz en su trabajo en las horas en las que está allí, pero cuando el reloj da las dos, se le cae el ratón del ordenador de la mano y se va a casa a disfrutar de su otra vida.
Su segunda hija, Ana, nació un miércoles a las tres de la tarde y fue uno de los bebés más bonitos que he visto en mi vida. La apodamos “la manzanita”, porque nació sonrosadita como una fruta madura. Como la pareja joven que eran, Borja y Carmen se dedicaron a disfrutar de sus dos niños con pasión… tanta pasión que, aunque los dos pusieron medios, Carmen (que debe ser la mujer más fértil sobre la faz de la tierra) se quedó embarazada de nuevo cuando Anita tenía año y medio. Y nació Eva; la tercera. Cuando fuimos a verla al hospital anunció que Borja se haría una vasectomía en breve pero tuvieron que retrasarlo por una cuestión de agenda y… aún les dio tiempo para concebir al cuarto, Jaime.
Siempre que voy de visita me quedo completamente fascinada con el orden con el que han gestionado la crianza de sus cuatro hijos. Cuatro, ¿eh? Que es fuerte. Carmen dice que la hora del baño es como una cadena de montaje de automóviles.
– Paso de uno a otro sin saber ni siquiera el que tengo entre las manos. – nos comenta con una sonrisa. – Niño, niña, ¿qué más da? ¡¡Tráeme otro, Borja, que estoy en racha!!
Pero miente. Es una madraza espectacular. He aprendido mucho de cómo lo ha hecho con sus niños. Nunca los ha tratado a todos por igual porque opina que cada uno tiene un carácter diferente y unas necesidades propias. Y son los niños más educados, encantadores y cariñosos que he conocido nunca, a pesar de que ella se queje porque nunca se les ocurre una buena. Y Carmen sigue siendo una persona inteligente, independiente y sensata que no ha olvidado cómo hablar de cosas ajenas a sus hijos.
Borja se ha cortado la coleta y se ha retirado del ruedo. Dice que cree haber hecho suficiente ya por la continuidad de la raza humana y todas le damos la razón. Cuando no está lo llamamos “torero” y jaleamos a Carmen diciéndole que se casó con un miura. Ella se descojona y con la boquita pequeña nos da la razón y siempre sazona la respuesta con alguna anécdota. Sí, Borja, anécdotas como la del día que dejasteis a los niños con tu madre con la excusa de “salir a cenar” y ni siquiera llegasteis al restaurante. Está muy bien eso del ascensor, sí señor.
Y cuando la veo sentada en el suelo, jugando con sus cuatro hijos, sonrío con una ternura indecible. Esos niños aún no lo saben, pero cuando sean mayores se darán cuenta de que tuvieron la suerte de tener como madre a una de las mejores personas que conozco. Y cariñosa. Mi Carmen; la que siempre me dijo todo aquello que yo necesitaba saber, aunque escociera.
Cuando siento nostalgia, sigo llamándola y es su voz la que siempre me reconforta y la que me recuerda, sin tener que nombrarlo, que tomé la decisión adecuada. De otra manera, mi estabilidad emocional siempre habría pendido de un hilo.

Nerea
Nerea olvidó hace mucho tiempo la idea de casarse en una boda digna de una princesa y un caballero andante con armadura de Dior. Olvidó la idea en el momento en el que decidió que iba a vivir con Jorge por más pragmatismo que romanticismo.
– Es un coñazo tener dos pisos. Mira, nos mudamos y punto.
Las demás nos quedamos con la boca abierta. Siempre imaginamos que Nerea tomaría la decisión de compartir su día a día con alguien como quien se sube a una carroza tirada por caballos blancos ataviados de adornos de cristal de Swarovsky. Hay que joderse, la muy hippy, qué calladito se lo tenía.
He de ser completamente sincera y decir que temí que todo aquello fuera demasiado para Jorge. Cosas de la vida, fue demasiado para ella. Vivió durante tres años en un piso que ningún interiorista como Víctor diseñó, lleno de cámaras de fotos y pósters de películas clásicas, adaptando sus peculiaridades a las de Jorge. Pero un día se cansó del pasotismo de su novio y volvió a alquilarse un estudio para ella sola. Sola hasta que apareció Fra, un italiano guapísimo y muy divertido que la enamoró haciéndola reír y que se la llevó de vacaciones a la Toscana. De aquel viaje volvió siendo un poco más Nerea la hippy que Nerea la templada. Y hasta hoy. Sigue fiel a su collar de perlas, pero ya no parece el mismo, porque muchas cosas alrededor de él han cambiado. Lola dice que ha pasado de ser una relamida a ser boho, a lo ex amiga de Paris Hilton que ha dejado de ser mala.
Un año después de empezar, Fra y ella decidieron que se abrirían a la posibilidad de que la naturaleza les diera un hijo. Así, a lo hippy también. Y claro, no tardó en quedarse embarazada porque, según nos contó, después de meditar un rato cada tarde hacen el amor como conejos. Ale, ya lo he dicho. Pero ojo a la expresión, “hacer el amor como conejos” porque dice mucho de esa Nerea que aún es incapaz de decir “follar”.
A su niña le pusieron nombre de flor: Jazmín. Es rubia, rolliza, tiene los ojos verdes y le encanta correr desnuda por la playa mientras grita de alegría. Y Nerea la mira y se le iluminan los ojos (mientras a nosotras se nos iluminan mirándole el torso al bueno de su novio).
Sigue creando bodas de ensueño para la gente que las quiera. En el empeño e ilusión que le pone a su trabajo se intuye a la antigua Nerea, a la que siempre le hizo ilusión imaginarse de blanco (y no por lucir un vestido ibicenco). Ella dice que lo ha superado y que no tiene sentido agarrarse a esa necesidad.
– No tengo que referenciarme con una de esas bodas, porque ya me he encontrado. No lo necesito.
Pero la conozco y sé que, nostálgica, se pregunta qué habría sido de sí misma si no hubiera dejado que se diera el cambio, si se hubiera mantenido en su castillo de hielo y hubiera terminado casándose con alguien como Daniel.
Y la respuesta es que, Nerea, la de ahora, hubiera terminado por derretir todo aquello porque con el tiempo lo único que importa es aceptar que lo que nos hace felices no tiene por qué parecerse a lo que escribiríamos en nuestro cuento. Y eso nos lo ha enseñado a todas la vida con el curso de los años.

Lola
Lola… ¿qué decir de ella? La señora sin compromiso. Otra que tal calza. Quién la ha visto y quién la ve.
Lola se despertó una noche de manera agitada y tomó una decisión: se iba. Se iba o terminaría por ahogarse. Era demasiado pedir para alguien como ella tener una relación seria y echar raíces para siempre en un solo lugar.
Rai cogió la noticia lo menos a pecho que pudo, pero aun así fue un drama que se sumó a las dudas que tenían entonces sobre su relación. Y vinieron los “tú es que no me quieres”, “vete y sigue engañándote a ti misma”, “no haces más que hacerme daño” y… vamos, el llanto y el rechinar de dientes. Una hecatombe.
Cuando los ánimos se aplacaron, Lola tomó otra decisión. Rai iba a licenciarse en un año. Esperaría ese año. Y después, los dos se irían, si es que seguían juntos.
Y sí… siguieron juntos y volaron.
Recuerdo la cena de despedida en Madrid. Fue horrible. La celebramos en el salón de mi casa, justo antes de alquilarla. Nada más reunirnos todas alrededor de la mesa baja de la salita, nos echamos a llorar. Todas. Sin excepción. Y así pasamos el resto de la noche, brindando por todas las cosas que habíamos hecho juntas, por la historia que teníamos detrás y haciéndonos promesas llenas de lágrimas. Nos prometimos vernos cada dos semanas Carmen, Nerea y yo; máximo una vez al mes. Y a Lola al menos una al año.
– Tendrás que venir tú, Lola. Tenemos que ser realistas y ya no podemos viajar a lo loco. Yo soy madre y ellas lo serán algún día. – dijo Carmen.
Seré sincera y diré que, cuando todas se marcharon de mi casa, lloré mucho más aún, creyendo que jamás cumpliríamos todas aquellas cosas que habíamos prometido y que decíamos adiós, irremediablemente, a los mejores años de nuestra vida.
Gracias a dios, me equivoqué. Al menos en algunas cosas. Cosas fundamentales.
Lola ha vivido ya en Francia, Rusia y Canadá, donde parece que Rai y ella se están empezando a acomodar muy mucho. Hace un par de años, cuando acababan de mudarse a Canadá y después de una bronca brutal, Rai y ella decidieron que lo mejor era dejarlo estar y hacer cada uno su vida. Rai tenía veintitrés años y ella treinta y dos. La crisis del capicúa, la llamó Lola. Ellos no la superaron. Se separaron pero, a pesar de que acordaron mantenerse alejados, siguieron siendo amigos. Él volvió a España, hizo su vida, salió con sus amigos, conoció a otras chicas y ella hizo lo propio, ampliando su chorbo-agenda con un anexo “internacional”. Ninguno de los dos quiso hundirse en una ruptura que a los dos los dejó tocados.
Por eso, un año, dos meses y cinco días después, Rai y Lola volvieron a verse, a besarse y después de una noche completa de pasión a lo Lola (lo que creo que significa mucho juego erótico de poder) decidieron que nada de lo que hubiera fuera de aquellas cuatro paredes podría llenarles jamás. Fue muy romántico, como en esas películas de las que Lola siempre se reía. Rai cogió un avión de un día para el otro, sin casi equipaje, y se presentó en casa de Lola para decirle que nunca podría querer a otra persona. Siguen juntos desde entonces y… no sólo eso. Hace un par de meses, las tres y nuestros respectivos volamos a Las Vegas para ver con nuestros propios ojos cómo Lola, (sí, Lola) se casaba. Y no fue un numerito. Bueno, un poco sí lo fue, pero fue legal. Una boda legal también aquí. Llevan unas alianzas negras de no sé qué extraño material con una inscripción dentro que reza “Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas”. El romanticismo by Lola.
Pero de niños ellos dos me temo que bien poco. Ella se niega. Dice que con tenernos a nosotras pariendo hijos como animales de granja, es suficiente. Es una pena que se pierdan sus fabulosos genes. Me encantaría verla criar, pero tengo suficiente con escuchar los cuentos que les cuenta a la “chiquillería” cuando viene y todas paramos nuestra vida para reunirnos como antes. Caperucita roja, según Lola, era una buscona que andaba de discotecas con quien no debía y que consiguió que un macarra se comiera a su abuela. Y es genial, tal y cómo lo ha sido siempre y siempre seguirá siendo.
Sé que ya me ha perdonado por la decisión que tomé.
La echo de menos, como a las demás. ¿Cómo no iba a hacerlo? Pero tengo a mi lado a una persona fantástica que me ha enseñado a aparcar la nostalgia por “aquellos maravillosos años” y a construir mi vida tal y cómo la quiero ahora. Y la quiero con ellas lo más cerca posible. Por eso y no por ninguna otra cosa, he aprendido a usar Skype. Para poder verla un ratito cada día y que me cuente, con su escandalosa lengua, que ha hecho guarrerías sobre la nieve o que Rai la ha vuelto a pintar desnuda. Ay, mi Lola. Da igual cuánto hable de ella o cuándo diga sobre ella. Lola siempre es MÁS.

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