1ª Parte del final alternativo

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

1ª Parte del final alternativo

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Me siento con la obligación de hacer aclaraciones. Lo primero: decir que, aunque estaba muy segura de este final cuando lo escribí, al releerlo, con todo lo que sé ahora de la historia entre Valeria y Víctor, no he quedado satisfecha. Es posible que en esta versión me mantuviera más fiel a lo que yo creía que sería la realidad en una relación entre dos personas como ellos, pero ahora, al leerla, me ha dejado una sensación inquietante en la boca del estómago.

Con esto quiero decir… si eres una de esas coquetas que quedaron 100% contentas con el final de la Saga Valeria, es posible que prefieras no leerlo. Yo, desde luego, respetaré esta opinión. .

Como ya expliqué en redes sociales, esta es la primera parte de las seis que componen este final alternativo. La segunda la publicaré cuando cumpla el reto de llegar a 2.500 coquetas en Twitter.

¿Cosas que hay que saber antes de leerla? Bueno, el final alternativo comienza en el momento en el que Víctor y Valeria vuelven de su viaje a Valencia. Al principio os dará la sensación de que los primeros párrafos ya los habéis leído, pero tienen otro matiz diferente al de la novela. Aquí empieza la otra historia. Había dos finales posibles. Habéis leído uno, este es el otro.

Aviso: En la televisión, cuando van a emitir imágenes muy fuertes siempre dan un aviso. Este final no es fuerte, pero sí que cabe avisar de que puede resultar muy triste. A mí, cuando lo escribí me dejó un regusto melancólico, como esa película en la que, a pesar de que los personajes han tenido una vida feliz, sientes que siempre les faltó algo.

No digo más. Aquí lo tenéis. Primer capítulo del final alternativo de Valeria al desnudo.

La realidad

                 Cuando me desperté, los dedos de Víctor se deslizaban entre los mechones de mi pelo suavemente. Me resistí durante unos segundos, negándome a despertarme ya. Teníamos que irnos, volver a Madrid, a la realidad. El mundo real donde querer a alguien como yo quería a Víctor no significaba que pudiera ser. Y allí, en Madrid, todo sería como siempre. No habrían más baños de noche en el mar, ni noches abrazados. No compartiríamos nuestro tiempo ni veríamos ponerse el sol con las manos cogidas. Lo único que habría sería una mudanza y madurar.

Finalmente me incorporé; él hizo lo mismo. Sin decirnos mucho, nos concentramos en preparar nuestras cosas para salir después de desayunar.

Cuando Víctor se metió en el cuarto de baño para darse una ducha, yo estaba sentada en el suelo, doblando ropa y metiéndola como podía en una única bolsa de cartón. En cuanto escuché el agua caer, no pude pensar en otra cosa.

Cerré los ojos y me acordé de la sensación de compartir una ducha con él. La piel de los dos resbalando mientras nos abrazábamos, el vello de su pecho, sus manos fuertes repasándome entera. No sé decir si me equivoqué o no tomando aquella decisión, como con otras muchas. Lo único que sí puedo decir con certeza es que no me arrepiento.

No había mucho vaho en el baño; yo ya sabía que el agua no estaría precisamente caliente. A Víctor le gustaban las duchas frías. Y allí, tras la mampara, estaba él, con los antebrazos apoyados en la pared y la frente sobre ellos, cabizbajo.

Me desnudé sin pensarlo y cuando entré me abracé a su cintura, apoyando la cara en su espalda. En un rato, no nos movimos. Cuando lo hicimos, sólo fue para abrazarnos.

–          No es justo. – dijo.

–          En el fondo los dos sabemos que sí lo es.

Y fueron las únicas palabras que se dijeron allí dentro.

Hubo muchas cosas dentro de aquella ducha, pero ninguna fue sexo. Hubo besos. Hubo abrazos y hasta sollocé. Pero no convertimos aquel recuerdo en algo sórdido que terminar en un orgasmo. Creo que los dos estábamos despidiéndonos; Víctor por si todo terminaba malográndose. Yo porque me iba, pensando que nunca podría volver a confiar en él. Querer sin confiar… no es posible.

El viaje hasta Madrid lo hicimos casi en silencio. Probablemente no cruzamos más de cuatro frases. Yo me dormí y Víctor condujo sin ni siquiera escuchar la radio. Cuando pasamos de largo Arganda del Rey, me desperté. Había soñado con cosas tristes.

Víctor no encontró sitio para aparcar en mi calle, así que paró en doble fila, detrás de unos coches estacionados en batería. Yo no hice amago de salir del coche y él tampoco. Cuando por fin dejé de esperar algo por su parte y fui a abrir la puerta, Víctor tiró de mí, me envolvió en sus brazos y me besó. La historia de lo nuestro había siempre igual: yo esperaba algo por su parte y cuando ya dejaba de hacerlo, él se decidía. Aun así, fue el beso más bonito que nunca, jamás, nadie podrá darme. Era un beso desesperado al que intentamos aferrarnos los dos durante unos segundos. Un beso de despedida sin saber si era la despedida.

–          Ya está. – le dije apartándome de mala gana. – Dejémoslo ya. Esto nos destroza, Víctor.

No contestó.

Cuando llegué a mi casa y antes incluso de abrir la puerta, no pude evitar llorar. Me convencí a mí misma de que era la última vez que lo hacía; al menos por Víctor.

Apoyada sobre la madera fría de la puerta, me decidí a entrar, secándome las lágrimas. Al meter las llaves en la cerradura, me sorprendí. Recordaba muy bien haber cerrado la puerta con dos vueltas cuando me fui de allí el jueves por la noche, así que no pude sino asustarme cuando se abrió a la primera. Pero mi casa es muy pequeña y pocas cosas pueden esconderse del primer vistazo, desde la entrada.

Bruno estaba sentado en la butaca. Frente a él, un cenicero lleno de colillas y una taza de café vacía. En su cara… un gesto indescifrable. El corazón me saltó en el pecho de una forma que jamás me habría imaginado.

Cerré a mis espaldas y me pregunté por qué narices tenía todo que ser tan complicado. ¿Por qué tenía que ser yo tan niñata? Aquel viaje había terminado por no dejar absolutamente nada claro. Y ahora Bruno. No se lo merecía.

–          Hola. – dije.

–          Hola. – contestó.

Le eché un vistazo a la casa tratando de encontrar alguna pista que me dijera cuánto tiempo llevaba allí esperándome, pero todo estaba tal y cómo lo dejé, incluyendo la ropa que me quité a última hora para cambiarme.

Dejé la bolsa en el suelo y vagabundeé por allí dentro, esperando que dijera algo. Pero tardó tanto en hacerlo que casi estuve a punto de tomar yo la iniciativa. Yo, que me creía bien lista, había sido pillada de una forma deplorable y, para añadir leña al fuego, venía con el rímel corrido.

–          Vine el sábado. – dijo por fin – Vi la copia de tus llaves que guardaba en mi casa y cogí un avión a las nueve de la mañana porque… te notaba rara. Pensé que te exigía demasiado pidiendo que vinieras a vivir conmigo y que tenía que estar a tu lado en los últimos días, para ayudarte. Para hacértelo más fácil. Y cuando llegué no había nadie. Sorpresa. – y lo de sorpresa lo dijo con dolor. – Así que… aquí me quedé. Porque, como bien pensé, no ibas a estar fuera eternamente.

–          ¿Llevas dos días esperándome?

–          Básicamente… sí. – dijo revolviéndose el pelo, dejando caer levemente la cabeza.

Bufé. Tranquila, Valeria. Para bien o para mal, aquello iba a solucionarse. Me recriminé que hubiera tenido que pasar aquello para aclarar las cosas.

–          Necesito decirte algo antes de que empieces a justificarte… – dijo jugueteando con sus dedos. – Sé que le quieres y eso… sé que has debido estar con él y sé, porque te conozco, que no ha salido bien. Mírate.

Me dejé caer sobre un cojín frente a él, en el suelo.

–          Por un lado pienso que ojalá todo con él fuera más fácil, así yo terminaría aceptando que me has dejado y tú serías feliz. Por otro, creo que lo que se merece no es eso, sino que le des una lección, que marches conmigo a Asturias y que… – se frotó las sienes. – Yo qué sé, Valeria. No lo sé. Pero tú y yo no nos merecemos lo que él nos hace. Tú también lo tienes claro.

–          Sí. – asentí. – Pero no sé si…

–          Conozco bien la historia, Val. Él va y viene y ahora espera que lo dejes todo por él. ¿Ha sido bonito el fin de semana? ¡Claro! Es que Víctor es así… te baja la luna y el día siguiente se enrolla con otra en una discoteca. No puedo creer que estés tan ciega.

–          No estoy ciega, Bruno, pero no puedo evitar sentir las cosas que siento.

–          ¿Le quieres?

–          Claro que le quiero. – le contesté resuelta a ser completamente sincera.

–          ¿Os habéis acostado este fin de semana?

–          Sí. Llevamos un par de semanas haciéndolo.

Escuché a Bruno maldecir. Bien. Bravo, Valeria, en tu carrera masoquista y autodestructiva has terminado por arrastrarlo a él, a la persona que quiso hacer tu vida más fácil. A la única persona que te ha querido sin dramas.

–          ¿Te ha jurado amor eterno? – preguntó con sorna.

–          Sí. – le dije. – Sí lo ha hecho.

–          Él puede darte todas esas cosas. Promesas, palabras grandilocuentes de amor infinito… pero no puede darte algo tan fácil como… seguridad.

–          Lo siento. – musité.

–          ¿De verdad lo sientes?

–          Sí.

–          Pues dime qué tengo que hacer, Val. Los dos sabemos que tú preferirías estar segura de que es conmigo con quien quieres estar.

–          Sí, pero porque la vida contigo es muy fácil, Bruno, a pesar de todo. La única decisión difícil que me has planteado es la de marcharme contigo.

–          ¿Lo ves? – me dijo convencido. – ¿Es que prefieres pasar la vida inmersa en el drama?

–          El drama es que para mí sea tan difícil la idea de dejarlo todo por ti. Eso es contra lo que luché durante los últimos meses porque, como has dicho, yo quería más que nadie que esto saliera bien. Pero es que no puedo.

–         Si necesitas tiempo, te lo daré.

Me froté la cara.

–          Lo que necesito es estar sola. Completamente sola. – le contesté. – Necesito olvidarme de Víctor, de ti, de Adrián… ha sido todo como una avalancha desde que me separé y lo único que aspiro a tener es una vida tranquila.

–          Yo puedo dártela. – insistió.

–          Una vida tranquila con alguien que me enloquezca, Bruno. Estuve diez años con Adrián y ya sé lo que es…

Bruno se levantó. Yo también. Nos encontramos cara a cara.

Bruno alargó la mano y la metió entre mi pelo. Después me acercó a su boca y nos besamos. Su beso, siempre lánguido pero contundente, me catapultó a unas sensaciones bien conocidas con él: una mezcla de cariño, pasión y confianza. ¿Quién no quiere sentir algo así en una relación de por vida? Sin dramas, sin torturas, sin algo demasiado intenso.

–          Dime que no has sentido nada. – dijo al separarnos. – Y te juro que tiro la toalla.

Y no pude abrir la boca, porque cuando Bruno me besaba sentía cosas distintas, cosas que no había sentido nunca y cosas que… parecían sabias.

–          Sólo… – dije apoyando la frente en sus labios – dame un par de días. Necesito unos días para pensarlo.

–         Te daré esos dos días, pero despídete después. De mí o de él. Pero hazlo.

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