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Durante una época a mi mejor amiga le dio por querer competir con todas nosotras al Sing Star. Yo la quiero mucho, pero la pobre se cree que canta bien. No hay manera de hacerle ver la realidad. Mariuchi, no te enfades, que esta conversación ya la hemos tenido muchas veces.
La cuestión es que, de aquellos maravillosos años, guardo el recuerdo de las canciones con las que solía empeñarse en jugar. Una era la que da nombre al título de este post. El Arrebato. Que no digo que no, oye, que el cantante me cae simpático, pero… vaya, que no. Que no puedo yo escucharla más.

Pero me venía muy bien para empezar este post porque, como siempre, mi cabeza da vueltas del revés y encuentro algún tipo de placer maligno en relacionar cosas que entre sí no tienen nada que ver. Esta vez es esta frase con… la amistad. Sí, la amistad. Vale, ya podéis oficialmente pedir que tome algún tipo de medicación para controlar estas idas de olla. Os entenderé.

Este pasado puente, como ya sabréis (porque doy mucho el coñazo en las redes sociales, más que nada) viajé a Ginebra con unas amigas para ver a Miss tetitas bonitas, que vive allí desde hace dos años. Y lo cierto es que tenía muchas ganas de pasar unos días con ellas, allí, lejos de Madrid, de Valencia y de todas aquellas cosas que nos acompañaron durante los años de instituto y universidad. En mi última visita en casa de mis padres sufrí un ataque de lo que la gente suele denominar “crisis de los treinta”, que no se parece en nada a la fobia de que aparezca un tres en las velas de cumpleaños, desbancando al dos. La crisis de los treinta es mirar hacia atrás y darte cuenta, de pronto, que los últimos diez años de tu vida han volado tan rápido que… casi no has podido hacerte a la idea de que tenías que disfrutarlos como una loca. Y tiendes a preguntarte… ¿lo habré hecho bien? ¿Malgasté minutos, horas? ¿Seguirá el tiempo pasando a esta velocidad?

Cuando se lo conté a Pol, Jaz y Miss tetitas bonitas todas sonrieron como si conocieran la sensación. Y es que a nuestras espaldas acumulamos ya la década que todo el mundo dice que es la mejor de la vida. ¿Y sabéis cuál es mi conclusión después de este viaje? Que no me lo creo; me niego. Me queda por delante mucho más y mejor.
Cuando tenía veinte años y viajaba con ellas era casi siempre al apartamento de los padres de alguna de nosotras. Eran viajes muy divertidos, locos, intensos y low cost. No es que ahora tiremos la casa por la ventana. Nos tendríais que ver en un supermercado suizo, flipando con los precios, como marujas, contando francos para ver si nos llegaba en metálico por no tener que sacar la tarjeta. El caso es que aquellos viajes de la veintena, eran los que tocaban en el momento y son parte importantísima de mi vida y de mis recuerdos. Ya sabéis que opino que las cosas que vivimos son las que nos hacen ser como somos. Y en esos viajes la conversación siempre se centraba en chicos, un futuro incierto, sexo y… poco más.
Diez años después, lo que encontré cuando nos sentamos a beber una cerveza tras otra fue muy diferente. Eran cuatro mujeres charlando sobre el futuro, que empieza a ser tangible, que habían peleado por conseguir lo que querían y que, conseguido o no, estaban contentas. Ahora las conversaciones versan sobre nuestros trabajos, los recuerdos, las personas que somos y si algún día querremos ser madres. Todo ha cambiado pero… para mejor. ¿Por qué?

Prueba gráfica de que el efecto de la cerveza sigue siendo el mismo después de cumplir los treinta.

Prueba gráfica de que el efecto de la cerveza sigue siendo el mismo después de cumplir los treinta.

Bueno… por eso mismo que me hace pensar que no he dejado atrás la mejor época de la vida, sino que paso página dispuesta a hacer de las siguientes décadas algo aún más especial.
Adiós a las tardes de pipas en un banco, pasando frío que, aunque tenían su encanto, pasamos soñando con ser mujeres cosmopolitas que quedan a tomar una copa de vino. Copa en la mano charlamos sobre las cosas que nos molestan de nuestros trabajos y de aquellas que más orgullosas nos hacen estar. Ellas son una de esas cosas que me llena de orgullo. Poder estar rodeada de mujeres como ellas, fuertes, valientes, divertidas, inteligentes y fieles. A algunas les cuesta un poco dar el paso de decirte “te quiero”, pero lo lees en su cara la mayor parte de las veces. A otras lo que les cuesta es levantarse de la cama, mientras que alguna tiene problemas para todo lo contrario y decide que las siete de la mañana es buena hora para bajar de la litera, dejar caer el móvil, preparar café, darse una ducha, leer recetas de cocina en francés y no sé cuántas cosas más. Jaz, te faltó montar una mascletá en la habitación.

Paradita de media mañana para tomar vino caliente o cómo gastarse casi veinte euros en cuatro vasitos de plástico.

Paradita de media mañana para tomar vino caliente o cómo gastarse casi veinte euros en cuatro vasitos de plástico.

Otra cosa buena de la treintena es que, a pesar de formar parte de la que ya han llamado la generación perdida, hemos dejado atrás eso de salir de casa con cinco euros en el bolsillo y tener que hacer botellón a morro para poder tomar una copa. Que sí, que probablemente deberíamos ahorrar y que a ninguna nos sobra un céntimo, pero vale tanto la pena abrocharse el cinturón el mes siguiente por poder sentarse en una coctelería cuca una noche y tomar copazos en condiciones…

Aquí probamos el efecto de beber queso. Es parecido al de la cerveza, pero con más triglicéridos.

Aquí probamos el efecto de beber queso. Es parecido al de la cerveza, pero con más triglicéridos.

¿Y qué más? Mucho más. Porque atrás quedó la inseguridad de la postadolescencia. Un día nos prometimos que seríamos buenas con nosotras mismas y que siempre nos trataríamos con respeto y hoy, ya interiorizado, hemos aprendido a querer y apreciar hasta los defectos. Sí, sigo teniendo una talla 44 y mi tripa ya no está como lo estaba a los dieciocho, pero es porque la sabiduría se tiene que acumular en alguna parte y en las mujeres lo hace en forma de celulitis (quien no se conforma es porque no quiere).
Entonces… ahora que somos personas más seguras, mujeres que están más cerca de ser quienes quisieron ser, que tienen por fin fuerza para intentarlo… ¿debemos pensar que lo mejor quedó atrás? De eso nada. Ahora empieza lo divertido. Cada año que pase será una oportunidad de conocer la heroína que llevamos dentro.

Y desde aquí, quiero aprovechar para decir lo orgullosa que estoy de ellas. De Miss tetitas bonitas, que cogió la maleta y se marchó a Ginebra para poder trabajar de lo que le gusta y que estoy segura de que es la mejor. De Pol, que ya es jefa de un equipo y a quien nadie puede quitar esa sonrisa que la hace tan especial. De Jaz, que aprobó unas oposiciones a la primera, que superó todas las dificultades que se le pusieron por delante para terminar siendo la más madura emocionalmente, a pesar de ser la más joven. De RacaPaca, que nos devuelve la fe en la humanidad siendo una súper mamá, capaz de ser mujer, profesional, madre y amiga 10. De Guchi, cabezota como ella sola, que pronto será doctora en historia. De Herni, que se marchó a tierras irlandesas a ser valiente y empezar desde el punto que a ella le diera la gana y que tiene unos cojones bien plantaos. De María, médico, mujer, mejor amiga, fuerte y que de pronto descubre lo maravillosa que es. De Aurora, que vive en Grecia, que coge la vida por los cuernos y que sigue sonriendo pase lo que pase. De las chicas del cole, Moreno, Luci, Alma… cocos, científicas, emprendedoras, valientes. De Alba, que ha vuelto a creer en el amor y que tiene todas las puertas de la vida abiertas. De Tone, que pasa su verano ayudando a quienes más lo necesitan. De mis amigas de la universidad, de las Sin Filtros, de las chicas del equipo Aumente… y de vosotras, que cada día, a través de las redes sociales me hacéis llegar vuestras historias y que miráis de cara a la vida cada mañana, sin miedo.
Gracias a todas por demostrarme que cada día puede ser mejor que el anterior. Gracias por ser todas esa mujer en la que tanta fe tengo.

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