Despedidas de soltera y otras maneras de demostrar que os quiero

Elísabet Benavent

Elísabet Benavent

Despedidas de soltera y otras maneras de demostrar que os quiero

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Sabéis que no soy muy de hacer crónica de a qué dedico el tiempo libre, como esa canción de Perales. Mis fines de semana constan de partes diferenciadas en las que ronco, trabajo y hago un poco de vida social con mis amigos y Mr. Coqueto. Vamos, como toda hija de coqueta. Aun así, voy a contaros mi penúltimo fin de semana en el que, emulando “Resacón en Las Vegas”, nos fuimos a Cuenca a celebrar que una de mis amigas se despide de la soltería. Cuenca City, ouuuu yeah!

El grupo de amigas que guardo del instituto es la cosa más heterogénea del mundo, pero si algo tenemos en común es que todas estamos bastante dementes. De otra manera habría sido imposible que, después de casi quince años, siguiéramos sintiendo el vínculo que nos une. Para que entendáis el ambiente que se respira cuando estamos juntas os diré que nuestro nombre de guerra es las “ladillas enfurecías”. Esas somos nosotras.

Juntando a tales ilustres invitadas, la despedida de soltera de Pol se ha convertido en uno de esos recuerdos increíblemente especiales que guardamos en el grupo. Nos faltó una, eso sí, porque con esto de la crisis Miss tetitas bonitas tuvo que emigrar y buscar trabajo en tierras más frías. Pero… ¿por qué cuento esto? Pues porque, como casi siempre que pasamos un tiempo juntas, aprendí mucha muchísima gramática parda y alguna que otra cosa sabia.

La cosa no empezó bien. Empecé cagándola de manera estrepitosa, publicando en mi cuenta de Facebook que me iba a Cuenca. MEEEEC. El destino era sorpresa, pero Pol (la novia) pudo leerlo con total tranquilidad. Una vez se hizo oficial mi cagada, fui el hazmerreír de la pandilla y con razón. Habíamos alquilado una casita de dos plantas en Nohales, junto a Cuenca y la primera noche fue todo muy clásico. Vamos: cerveza (caliente al principio, pero eso no me amilanó), pizzas y el típico juego en el que la finalidad no es ganar, sino beber hasta caer de culo. No caímos de culo, pero igual sí de cabeza en la cama y prontito, no os creáis, que la mañana siguiente tocaba diana pronto.

Después de un tazón de cereales, así, en plan sano (porque los litros de cerveza de la noche anterior ya se nos habían olvidado) nos marchamos a Uña vestidas con mallas y zapatillas de deporte. Yo quiero mucho a Pol, por eso mismo me dejé ver en público (y de día) con mallas negras. Normalmente eso lo dejo para mi intimidad, donde parecer una morcilla de Burgos no me importa demasiado siempre que tape los espejos.

Ahí todas monas y yo morcilla de Burgos.
Ahí todas monas y yo morcilla de Burgos.

Habíamos contratado con los chicos de Uñaventura una actividad de “orientación” que prometía terminar con alguna de nosotras en lo más hondo de algún precipicio, pero lo cierto es que está todo muy preparado para torpedas como nosotras y además tienen muy en cuenta el nivel desde el que partes. Tras una explicación sobre lo que íbamos a hacer (que a mí, con esa inclinación natural que tengo por la vida sedentaria me sonaba a “vas a morir de manera horrible”) y una clase de orientación con brújula (que todas entendieron menos yo, que soy de letras), hicimos las parejas.

Cara de preocupación por los buitres y las brújulas...
Cara de preocupación por los buitres y las brújulas…

El juego consistía en hacer un recorrido alrededor del pantano guiándonos con un mapa, una brújula y buscando unas balizas con las que teníamos que “cuñar” una tarjeta que probaría que habíamos superado las diez pruebas. Y había muchos buitres. Ahí lo dejo. A mí me tocó formar parte del único grupo de tres. El trío calavera: La Rubia, que durante muchos años fue famosa por un pasito de baile que ella misma bautizó como “el baile de la hebilla”; Raca, que siempre que se ríe llora a mares y no hay Dios que la convenza de comprar un waterproof fiable y… yo. Sí, yo, esa persona para la que salir a correr significa llegar a la farmacia de la avenida (a 200 metros), contener las ganas de vomitar y volver a casa porque creo que me desmayo. Bien. Salimos las primeras corriendo monte a través y encontramos la primera baliza en seguida. Subidón, subidón. Chocar de manos, gritos de guerra y creernos Amazonas. Hasta ahí bien. Luego nos perdimos pero resulta que no nos habíamos perdido… y cuando nos encontramos a nosotras mismas ya se escuchaba al segundo grupo pisándonos los talones. Mierda, y yo enganchando el foulard en cada arbusto con el que me cruzaba… y había muchos. Pero antes muerta que sencilla. Después de bajar por un terraplén y obligar a Raca a subir a un árbol para alcanzar la tercera baliza, nos metimos en las piraguas, prueba fidedigna de lo mucho que quiero a mis amigas, porque si no a buena hora me meto yo en un bicho de esos. Total, crónica de una muerte anunciada: las tres empapadas, mi cabeza llena de chichones por los remazos que me arreaban y tres accidentes tipo “Titanic” que se saldaron con muchos grititos (y Raca diciendo que había “manjares” en los bordes, en lugar de “manglares”).

"¡¡Mariquita la que sobreviva!!"
«¡¡Mariquita la que sobreviva!!»

Mientras tanto, los equipos dos y tres habían conseguido adelantarnos y aunque intentamos robarles un remo por el camino, nada. Una de las balizas se nos resistió a los tres equipos y mientras mis dos compañeras escalaban una montaña pensando que estaría por allí, las demás buscaban en sitios lógicos. Resultado: la rubia se despeñó gritando como un saco de gatos y yo vi cómo volvían a adelantarnos con recochineo. Y allí estábamos nosotras tres, escuchando a La Rubia quejarse por enésima vez de que nuestra piragua debía haber llevado tres remos porque cargaba un total de 200 kilos. Ganas de matar en aumento, pero fuimos corriendo hasta la siguiente baliza creyéndonos Usain Bolt. Tanto nos emocionamos al ver casi la meta que nos saltamos un paso y nos penalizaron. Pero debo decir que valió la pena, porque Raca, que es mamá, nos enseñó qué pasa si aprietas una teta lactante. FASCINANTE.

La del pañuelo gigante soy yo, claro...
La del pañuelo gigante soy yo, claro…

Al final no quedamos terceras con siete minutos de diferencia pero las cuartas tardaron media hora en ser vistas en el horizonte. Y… seguía habiendo buitres. Los chicos de Uñaventura fueron majísimos y dieron premios a las primeras y a la novia. Fue un detallazo.

Después de comer como hombres y beber como bellacas marchamos a por Herni, que llegaba en AVE desde Valencia. De camino, mientras Raca conducía nos pusimos a hablar sobre la vida. Hacía mucho tiempo que no coincidía con Min, la pequeña de la pandilla y no me pasó desapercibido el hecho de que la vida le había hecho dar un paso tremendo que la había cambiado. Empezamos hablando de nuestros trabajos, de lo que queríamos hacer y conseguir. Y es increíble lo orgullosa que me siento de ellas cuando se ponen serias (y cuando no también, qué narices). Le tocó el turno al tema de nuestras parejas y las relaciones en general. Se tocaron temas sensibles: relaciones fallidas de esas que se llevan contigo parte de tu candidez pero que siempre te hacen crecer.

– Ese chico se va a pasar la vida pensando en ti, Min. – le dije yo.

– Ese chico se va a pasar la vida deseando haberme querido mejor. – me contestó. – Pero yo no podía esperar a que él se obligara a hacerlo y tampoco quería quedarme sin ese tipo de amor. No pudimos hacer otra cosa.

Esta será, durante mucho tiempo, la frase más emocionalmente sensata que escucharé.

Y a partir de ese momento: una ducha, una cervecita en la terraza con un pitillo. Se van uniendo en los sofás de mimbre las que salen de la ducha. Más cervezas. Una botella de vino descorchada en honor a la novia. Risas. El típico: “pero qué frío hace en este pueblo”. Vestir a la novia (de choni, pobrecita mía…) Más vinito. Un photocall súper currado. Más cerveza. Algunos eructos ensordecedores. Risas. Tres taxis. Y… a la calle, pequeñas, que esta novia no se pasea sola.

Espera que me tome una copita, tirurirurituuuu
Espera que me tome una copita, tirurirurituuuu
¡¡Viva el consumo de alcohol!!
¡¡Viva el consumo de alcohol!!
Fijaos que me agarro de la lata de cerveza como Golum al anillo de poder...
Fijaos que me agarro de la lata de cerveza como Golum al anillo de poder…

 

"Ven pa acá, novia, que te vamos a poner muy mona... y con estilo"
«Ven pa acá, novia, que te vamos a poner muy mona… y con estilo»

Todas las que me leéis habréis ido a más de una despedida de novia. Suelen cambiar en el planteamiento porque algunas son mani-pedis o beauty parties en locales cucos, con cócteles y pastelitos (por favor, que alguien me lleve a una de esas), otras multi-aventura con paintball (y disparos en la cara, como en la mía, ¿eh Aurora?) pero al final, todas coinciden en que tanto invitadas como novia se enmoñan de vino o de gintonics y terminan dando el cante y aplaudiendo a la homenajeada como si no hubiera mañana. Esta cumplió con la tradición. Bebimos por encima de nuestras posibilidades, llamamos a Ginebra para hablar con Miss tetitas bonitas y casi la hicimos llorar, gritando como descosidas que la echábamos de menos.

Por favor, que nadie le diga a mi madre que en todas las fotos salgo con una copa...
Por favor, que nadie le diga a mi madre que en todas las fotos salgo con una copa…

Cenamos muy muy rico en El quinto pecado y nos fuimos de marcha a superar que el Athleti había perdido la Champions. Entre vino y vino y antes de terminar en aquel pub oscuro y abarrotado donde el dj cantaba, Herni y yo tuvimos nuestro momento zen. ¿Qué os cuento de Herni? Es artista, pero no porque dé el cante en las cenas, sino porque es restauradora. Por el mismo motivo que nuestra pequeña Miss tetitas bonitas tuvo que irse de un día para el otro, Herni ha decidido marcharse. A día de hoy, Herni ya está en tierras irlandesas dice que para aprender el idioma, ganar dinero, vivir la experiencia y volver pero yo creo que va a enamorarse allí de un Michael Fassbender y que no volverá más que de vacaciones. Y la entenderé, vaya, que he visto Shame y la chorra de ese tío. Pero, ¿a quién le diremos entonces que tiene las tetas como cabezas humanas? No es justo.

¡¡Lo desapruebo!!
¡¡Lo desapruebo!!

En nuestra conversación, Herni aparcó sus miedos y sus dudas para pedirme que estuviéramos tranquilas porque todo le iría bien. Y en esa charla, cuando yo la miraba dándome cuenta de lo valientes que tenemos que ser a veces, ella me dijo algunas cosas increíbles sobre mis libros. Cosas que hablan de mí, de ellas y de vosotras.

– Estamos orgullosas de ti porque nos has demostrado que se puede alcanzar lo que uno sueña. – me dijo mientras las dos nos mirábamos con un vaso de cerveza en la mano. – Y lo que más me emociona es leer tus libros, leer a la gente que te escribe y saber que has conseguido llevar lo que nosotras somos a todos tus lectores. Porque esos libros somos nosotras, tú, lo que hemos vivido desde los dieciocho años.

Y es posible que sea verdad. Lo he dicho infinidad de veces: ellas son mis musas. Me he dado cuenta de que todas somos Valeria. Y no Valeria como personaje, sino Pol, Herni, Min, la Rubia, Miss tetitas bonitas y yo. Hay miles de chicas como nosotras, que viven los mismos problemas, que sufren de las mismas dudas y que se sienten reconfortadas con el simple hecho de sujetar una copa de vino junto a una amiga. Sin ellas ¿qué somos? Sin esas compañeras de viaje que a veces le ponen la nota alegre y otras amarga. Esas que te dicen: “dios, qué mal te queda ese flequillo” pero que luego te dan mimos e ideas para solucionarlo. Sí, esas mismas hijas de fruta a las que de vez en cuando besarías hasta la asfixia (y no, Rubia, a Miss Tetitas bonitas la que le gusta soy yo, no flipes). Pues seríamos nosotras, no nos queda otra, pero nos perderíamos una parte muy dulce de la vida, que es sentirse comprendida. Hacía muchos meses que nadie me hacía sentir como ellas solo con decirme: “Debes estar muy cansada.” Lo dicen y te miran con los ojos muy abiertos y tú dices: vale la pena esforzarme, porque alguien ahí fuera me entenderá cuando escriba, alguien se acordará de sus amigas y dirá… malditas hijas de fruta, cómo las quiero. Y eso, querid@s, vale la pena. Y por eso, este pequeño homenaje de las Ladillas Enfurecías, por todas las cosas absurdas que hemos hecho en el pasado y las que, seguro, seguiremos haciendo.

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