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Hay algo calmante en la rutina. Algo que se siente en la piel, en los pulmones, que llega al centro del pecho y te dice: “tranquila, estás en casa”. Pasamos muchas horas soñando con esa imagen de postal, con esa instantánea instagramera del pelo al viento, un atardecer y la playa más paradisiaca del planeta, pero en ocasiones se nos olvida todo lo que podemos hacer, cada día, por vivir la vida. 

A veces creo que dejamos pasar días y días sin vivir en absoluto. Lo leí en algún sitio, ahora mismo no recuerdo dónde, pero ahí está, es cierto. ¿Y si nos preocupamos por vivir un poco, al menos, cada día?

Un ramo de diez euros comprado en esa floristería de toda la vida. No son las flores, no son los diez euros, es lo que se respira al entrar, ese oxígeno un poco espeso, húmedo, que lleva notas de olores de infancia a tu nariz. Y se activan los sentidos. E imaginas que esa mujer que espera sentada al fondo del local, en una silla de mimbre, fue la fundadora del negocio, que hoy en día lleva su nieta. Quizá todos los días se lleven a casa un par de flores y que su casa huela así, como ellas. 

Y al llegar a la tuya, ese ramito pequeño y colorido no solo vestirá el rincón al que lo destines: también estará cargado de historias y cada semana puedes inventar una diferente.

Dedicar una hora del sábado a leer una revista, un libro, el periódico. Sé que muchas de las personas que me leéis tenéis que hacer encaje de bolillos con vuestro tiempo pero… permitíos el placer de estar completamente a solas en vuestra cabeza durante una hora. Respaldaos en vuestra pareja, en la familia, en los amigos. Es solo una hora, pero los beneficios de respirar hondo y no tener más obligación que aquello que te apetezca hacer, se notan durante toda la semana. 

Escríbele una postal a tu madre, a tu mejor amiga, a ti misma. Y mándala. Deja el móvil un rato, reencuéntrate con tu caligrafía, ríete si te tuerces escribiendo, compra un sello. ¿Has recibido últimamente una postal o una carta que no fuera publicidad o del banco? Esa alegría genuina y analógica no puede compararse a un whatsapp. 

Sueña. Permítete soñar. Compra una hucha, escríbele un destino con rotulador indeleble y planea el viaje. Pelea por aquello que quieres conseguir. Ríete tú de los que se ríen de ti por soñar, pero no despegues los pies del suelo porque el mañana puede guardar cosas fantásticas, pero hay que vivir el hoy con ilusión, que se escapa. 

¿Y si vivimos un poco más fuera de las pantallas? ¿Y si nos permitimos “olvidar” el móvil en casa? Dime… ¿qué te gustaría hacer en realidad mañana, el sábado, esta tarde, en diciembre? Sin inercia. Con iniciativa. ¿Por qué no llevamos a cabo la revolución de escucharnos más hacia dentro?

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