La música ha formado parte de mi vida desde que tengo memoria. Mi madre canta muy bien y siempre añade a los olores de comida recién hecha y su colonia de lavanda, el toque de alguna canción antigua; casi todos mis recuerdos de la niñez en adelante están teñidos de notas musicales. Lo bueno de las canciones es que hay una para cada momento. Da igual el tono… siempre hay una.

Quizá puede pasar desapercibido detrás de otros de los rasgos de mi carácter, pero siempre he sido una persona nostálgica. De las que se zambullen en recuerdos a menudo, se pueden poner bastante sensibles contando una anécdota y que incluso se emocionan, lágrimas incluidas con aquello que el tiempo mantiene, extravía o coloca en su lugar. Por eso, mis listas de canciones están llenas de temas… ciertamente nostálgicos y cada uno tiene un recuerdo adherido: a veces mío, a veces de alguna de las historias que inventé un día y que echó a andar sola plasmada en papel. No son recurrentes. Supongo que a todos nos pasa: durante una temporada repites hasta la extenuación una canción para abandonarla durante meses y recuperarla mucho después.

Sin embargo… hay una especial. Una que solo escucho en una situación… pero que escucho siempre en esa situación. La canción es “Let her go”, de Passenger, la ocasión, el tren, de vuelta desde mi Valencia natal a mi Madrid adoptivo. Y no hay ni una vez que esta canción no me duela.

No diré que no fue difícil dejar a mis padres, mi casa, mis amigas y todo mi mundo al completo al marcharme a Madrid, pero lo hice ilusionada. Era el momento de desplegar las alas y crecer. Hacía ya meses que los planes del futuro monopolizaban las conversaciones de las quedadas de cerveza y cacahuetes y las cenas de chicas. Nos encontrábamos en un momento de nuestras vidas en el que todo parecía demasiado inestable… hasta los sueños. Pero teníamos edad de que nos parecieran posibles y… por eso mismo, porque no creímos que fueran imposibles, peleamos por ellos.

El día que llegué a Madrid con mis padres para quedarme, no lloré. Al menos no lo hice delante de ellos. Ellos tampoco lo hicieron delante de mí. Nos despedimos en el portal de la que fue mi primera casa, un piso compartido que años después sería mi escenario mental para la casa de Martina, Amaia y Sandra. Óscar, que en aquel momento llevaba unos pantalones demencialmente anchos y con el que ya planeaba nuestra boda, me cogía de la cintura y yo agitaba la mano con una sonrisa, rezando mentalmente para que el coche de mis padres desapareciera de mi vista pronto y pudiera llorar. No lo sabía, pero después de aquella despedida ellos lloraron durante días. Se les quedaba la casa vacía. Se marchaba la pequeña. Y todos sabíamos que ya no volvería para quedarme nunca más.

Es ley de vida. Los hijos se marchan de casa de sus padres y el orden (o desorden) que durante muchos años fue rutina, se restablece. El hogar en la que creciste sigue siendo tuyo… pero ya no lo es.

Tengo la tremenda suerte de tener una pandilla de amigas de las que odian el teléfono (como yo) pero con las que siento que el tiempo no ha pasado. Jazmín sigue siendo nuestra rusita, aunque ya haya dejado de cortarse el flequillo ella sola. Vega, la rubia que se come las sobras de la pizza de todos los platos. Paula, la que considera que las gafas le dan poderes. Raquel ha sido mamá, pero nada ha cambiado tampoco con ella… sigue pensando que es más alta que yo. Laurita sigue teniendo pies de bebé y mi hermana pequeña sigue estando pirada… menos mal. Lucía sigue soñando con recorrer el mundo entero. Alma será mamá pronto. Pero las tres Marías y Aurora están lejos, creando hogares lejos del que fue suyo. Casi todas, incluyendo las que ahora se mueven por los mismos lugares que nos vieron convertirnos en adultas, saben bien lo que es marcharse. Entienden esta nostalgia de la que hablo. Y seguro que tú que me estás leyendo, también.

La nostalgia no es una cuestión que afecte únicamente al camino de vuelta. La nostalgia se palpa también cuando llegas.

Siempre vislumbro a mis padres esperando en la estación con carita de ilusión… la misma que pongo yo, aunque no me veo. Por trabajo voy menos de lo que debería. A veces tengo la suerte de que mis sobrinos también vienen a recibirme y entonces, es fiesta y terriblemente triste a la vez, porque han crecido, están mayores, han aprendido a silbar o a contar o a cantar o a escribir… y yo me lo perdí. Y necesito apurar el tiempo para sentir que cuando me voy, no se les olvidará que tienen una tía en Madrid, medio loca, que se tiñó el pelo de verde, que lleva un gato tatuado en un costado y cuenta historias absurdas sobre los dos gatos gigantes que tiene en casa.

El coche se desliza con suavidad entre ese tráfico en el que nunca me acostumbré a circular y cruzamos una Valencia que, aunque me digan lo contrario, huele a mar hasta en la estación. Pasamos relativamente cerca del barrio en que crecí, de mi colegio, de la primera casa de mi hermana y pronto nos desviamos en la carretera, justo junto a su actual casa, para entrar en el pueblecito en el que viví mis últimos ocho años en Valencia.

Mi instituto, la rotonda en la que una vez casi me caí de la moto en la que me llevaba una compañera (a espaldas de mis padres), el videoclub en el que trabajé, la cabina en la que quedábamos la pandilla antes de ir a cenar al chino, la cervecería que cerramos tantas veces, la otra rotonda, la de los botijos, donde una vez a mi hermana y a mí nos asustaron unos tíos disfrazados de trogloditas y la cuesta que con la bicicleta te dejaba muerta morida.

La casa de mis padres sigue oliendo exactamente igual que el día que la dejé, abrazada al cojín en forma de flor que me regalaron Aurora y María en mi cumpleaños de los veintidós. Mi padre carga mi maleta, aunque yo no quiera. Mi madre hace muchas cosas a la vez y farfulla desde la cocina. Y los recuerdos de las noches entrando a hurtadillas, las tardes de domingo viendo la tele, las entradas y las salidas, los “hija mía, si se cae el techo no hay peligro de que te pille a ti debajo” de mi madre y la hamaca en la que me he echado las mejores siestas de mi vida, me rodean. En esta ocasión ya no es la nostalgia de saber que allí la vida siguió su curso sin mí lo que me encoge… es la sensación de que el tiempo pasa tan rápido que da vértigo.

Así que cuando me voy, cuando de pronto estoy haciendo la maleta de nuevo y tengo prisa por marcharme para no llorar (porque siempre me voy con ganas de llorar) y no ver llorar a mamá, siempre lo hago con la sensación de que he perdido algo que debería ser mío. He perdido una ciudad que está minada de recuerdos y que sigo teniendo a pesar de todo… pero que se siente extraña, como si notara que has hecho tu vida en otro sitio y estuviera celosa.

Hace poco, mi marido y yo volvíamos de una boda en el coche y le pedí, por favor, que se desviara para cruzar la zona de Cánovas porque, como cantaba Carlos Goñi en ‘Lecho de rosas’, “Cánovas brilla y le ciegan las luces… parece Sunset Boulevard”.

  • Cada vez que paso por aquí, tengo ganas de llorar. – le dije. – Valencia es tan bonita que quiero llorar.
  • Algún día haremos las paces con la ciudad.

Él. Óscar. Míster Coqueto. Mi marido. Tan poco dado a los discursos románticos… tan poco nostálgico en el día a día… dio en el clavo. Y comprendí que esta nostalgia, este tipo de nostalgia, no es mío. Es de muchos. Y, quizá porque mal de muchos es consuelo de tontos, así pesa menos.

En realidad, estoy a un paso de mis padres, de las calles de mi infancia, de mis amigas. A poco más de hora y media en tren de alta velocidad. A tres horas y algo en coche. Dos vidas de hombre y una de perro en autobús, pero ese es otro tema.

Mi gente tendrá casa en Madrid cuando quiera y, con una sonrisa enorme y orgullosa le presentaré, a quién no los conozca aún, a la familia que hice aquí. Pero la nostalgia es la nostalgia. Por lo que fue, por lo que ahora es más difícil, por lo que no será más.

Así que cuando me suba en el tren de vuelta y escuche “Let her go” de Passenger, volveré a sentirme tonta, pequeña, emocionada. Y volveré a pensar en lo mucho que me quieren mis padres, que me dejaron marchar pese a los esfuerzos que supuso; en mi hermana y mis sobrinos. En mis amigas. En mi vida allí, que quedará de nuevo en standby a la espera de que la nostalgia me pueda de nuevo y vuelva… pero ya nunca para quedarme.

Mi lista de canciones para los ataques de nostalgia

This Post Has 13 Comments

  1. Ay Elisabet, como no, ya me has hecho llorar de nuevo! Siempre la música, a donde quiera que vayas te sigue como si supiera exactamente en qué momento la necesitas, y a veces, hasta sin buscarlo te encuentras escuchando esa canción! Falta menos para conocerte y tener alguna canción que me lo recuerde para siempre ❤️

  2. Te leo siempre y nunca te escribo lo que pienso pero es que este post me ha revuelto por dentro, siento lo mismo que tú cuando vuelvo a casa… Has plasmado perfectamente ese sentimiento, pero sí, mal de muchos consuelo de tontos.
    Una valenciana que vive en La Rioja.

  3. Una vez más me emocionas y me haces sentir. …y es verdad que sin apenas darnos cuenta el tiempo pasa a una velocidad tremenda y da vértigo. .. hoy me siento nostálgica!!!! Muacks

  4. Hermoso. Gracias por expresar en palabras lo que a veces muchísimos sentimos pero no podemos decir. Cierto es que a veces se siente nostalgia hasta estando en el mismo lugar, con la misma gente, pero con los sueños lejos. Tu historia es triste pero linda, aventurera, como la propia vida. Pero sin embargo debes pensar que tu historia es la que confirma que los sueños se hacen realidad. Bendiciones Beta!

  5. Eres única …….que identificada con esa nostalgia de la que hablas…es así , tal y como describes, ni más ni menos, así. Y tu canción, la de la nostalgia, la misma que escucho siempre que vuelvo de Madrid, que también me adoptó y que abandone por volver a la nostalgia. “Ley her go” también fue mi banda sonora mucho tiempo, y ahora cuando la escucho la Estación de Méndez Álvaro o Atocha vuelven a mis recuerdos ………

  6. Mi nostalgia es mayor cuando son 14 hrs en avión y una madre que no tienen otra hija o hijo en el que apoyarse.
    La música es sábia y poderosa pero también- cuando quiere- un arma de doble filo que si no se sabe usar te deja ko en un mar de lágrimas .
    Pero sin música – sin embargo- la nostalgia sería solo pena y los recuerdos solo momentos sin alma .

  7. Lo sabía, iba a leerlo y soltaría la lagrimilla!!!! Todos los momentos importantes tienen su banda sonora, esa q solo conoces y reconoces tú cuando suena, me encanta, es mágico como una canción hace q tu corazón se encoja de emoción. A los 21 me fuí de mi Premia de Mar natal, a un pueblo a 1 hora de distancia, pero parece q haya un mundo entre los dos, ahora vuelves y todo a cambiado, pero como dices tú, pasas por las calles y todas tienen recuerdos de la infancia y la adolescencia y siempre acompañadas de canciones.
    Es un placer leerte y sentirse identificada en muchas cosas contigo, como si tuviera una amiga al otro lado de la red que refleja en un texto muchas de sus emociones Gracias por seguir escribiendo estos post, sabía q me haría fan, has acertado en retomarlo

  8. Precisamente hoy! Ayer me invadió a mi esa nostalgia que tan magistralmente describes. Ayer, que me reencontré con tanta gente que conocí en mi adolescencia y tanto hemos cambiado…

  9. La música siempre forma parte de nuestras vidas en las nostalgia , la alegría en todas las ocasiones nuestras vida contigo he conocido muchos cantantes que no conocía y que me encantan ahora !!! Siempre me haces llorar me atragantas tienes una forma de expresar los sentimientos y plasmarlos increíble !!! Gracias por compartir con nosotras siempre estos sentimientos tan tuyos Eli!!! Eres increíble coño yaaaa❤️

  10. Contigo es imposible no sentirse identificada. La nostalgia… ese sentimiento que muchas veces gusta y otros tantos escuece y hace daño. Irse de casa de nuestros padres por unos motivos o por otros siempre duele, dejamos atrás una época para dar comienzo a otra nueva. Desde aquí en el anonimato, yo me marché por que murió mi madre y se que jamás podría estar en una casa donde ella ya no estaría, sí deje a mi padre solo, pero me lo debía, me debía mi luto, mi tiempo, mi nostalgia por no tenerla, y dolio tanto… Tanto, que creí no poder volver a escuchar música, por que como dices siempre hay canciones para cada momento, para cada situación… “Mi pequeña gran revolución” …como la adoro!!!

  11. Madre mia… no sabes cuanto te entiendo… yo deje mi Murcia para venirme a vivir a Vitoria… casi 800 kilometros… yo no solo lloro al venirme… que me dices de cuando vienen a visitarte y se van??? El vacio que dejan… muchisimas gracias por tus palabras, me encanta leerte…. un abrazote enorme

  12. Ojalá supiera expresarme, aunque sea la mitad de bien, de como lo haces tú.
    Me han emocionado mucho tus palabras y me veo reflejada en ellas aunque de manera distinta. Tu nostalgia es pasajera, sabes que cuando vuelvas, aunque la vida de cada persona siga su curso, y puede que haya cosas que hayan cambiado, todos seguirán allí esperándote con los brazos abiertos, a hora y media de camino.
    Lo jodido es sentir nostalgia por alguien que sabes que no vas a volver a ver, ya que no existe un medio de transporte que te lleve a ese lugar idílico donde algún día esperamos reencontrarnos con nuestros seres queridos.
    Siento haberme puesto tan melancólica, me has tocado la vena sensiblera.
    Disfruta de esos momentos, y atesóralos bien, porque hasta que no te faltan no eres consciente de lo que puedes llegar a echarlos de menos.
    Un beso muy gordo.

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